Miqueas

Antiguo Testamento | 7 capítulos | 105 versículos

Mi

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Capítulo 1 de 7

Capítulo 1

1 Palabra de Yahveh que fue dirigida a Miqueas de Moréset, en tiempo de Jotam, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá. Sus visiones sobre Samaria y Jerusalén.

2 ¡Escuchad, pueblos todos, atiende tierra y cuanto encierras! ¡Sea testigo Yahveh contra vosotros, el Señor desde su santo Templo!

3 Pues he aquí que Yahveh sale de su lugar, baja y huella las alturas de la tierra.

4 Debajo de él los montes se derriten, y los valles se hienden, como la cera al fuego, como aguas que se precipitan por una pendiente.

5 Todo esto por el delito de Jacob, por los pecados de la casa de Israel. ¿Cuál es el delito de Jacob? ¿No es Samaria? ¿Cuál es el pecado de la casa de Judá? ¿No es Jerusalén?

6 «Voy a hacer de Samaria una ruina de campo, un plantío de viñas. Haré rodar sus piedras por el valle, pondré al desnudo sus cimientos.

7 Todos sus ídolos serán machacados, todos sus dones quemados al fuego, todas sus imágenes las dejaré en desolación, porque han sido amontonadas con don de prostituta y a don de prostituta tornarán.»

8 Por eso me lamentaré y gemiré, andaré descalzo y desnudo, lanzaré aullidos como los chacales, y lamentos como las avestruces;

9 porque su herida es incurable, hasta Judá ha llegado, ha tocado hasta la puerta de mi pueblo, hasta Jerusalén.

10 ¡No lo contéis en Gat en... no derraméis llanto! ¡En Bet Leafrá revolveos en el polvo!

11 ¡Toca el cuerno, habitante de Safir! ¡De su ciudad no sale la que habita en Saanán! ¡Bet Haesel desde sus cimientos ha sido arrancada, desde la base de su emplazamiento!

12 ¿Cómo podrá esperar el bien la que habita en Marot? Porque ha llegado el mal de parte de Yahveh a la puerta de Jerusalén.

13 ¡Unce al carro los corceles, habitante de Lakís! (Tal fue el comienzo del pecado para la hija de Sión, porque en ti se encontraban los delitos de Israel.)

14 Por eso tendrás que devolver la dote a Moréset Gat. Bet Akzib será una mentira para los reyes de Israel.

15 ¡Aún te traeré al conquistador, habitante de Maresá! Hasta Adullam se irá la gloria de Israel!

16 ¡Arranca tus cabellos, mésate, por los hijos de tus delicias, ensancha tu calva como la del buitre, porque lejos de ti van deportados!

Reflexión del capítulo 1

El libro se abre con una escena de tribunal cósmico: el Señor sale de su morada y desciende, y bajo sus pies los montes se derriten como cera y los valles se hienden. No es una amenaza abstracta, sino el Dios vivo que viene a pedir cuentas. El profeta señala el origen del mal con una pregunta que no admite evasivas: el delito de Jacob es Samaria, el pecado de Judá es Jerusalén. Las capitales, que debían ser faro de justicia, se han convertido en foco de idolatría y de opresión. La ruina anunciada es total: Samaria será un montón de escombros y sus ídolos serán machacados. Ante ese anuncio Miqueas no se distancia: se despoja, se lamenta y aúlla como los chacales, porque la herida de su pueblo es también su herida. La serie de juegos de palabras con los nombres de las ciudades subraya que el juicio alcanza cada lugar concreto, uno por uno, sin que nadie escape. El capítulo enseña que la cercanía de Dios no es motivo de presunción, sino de responsabilidad: quienes más han recibido, más tendrán que responder. Y muestra también el rostro de un profeta que sufre con los suyos en lugar de contemplar su desgracia desde lejos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

El profeta no se alegra de la ruina ajena: se duele con su pueblo. Hoy examina si tu fe te hace más severo con los demás o más compasivo. Llora con quien llora, y deja que el dolor de otros te mueva a interceder y a ayudar, no a juzgar. La verdadera cercanía a Dios se reconoce en la capacidad de compadecerse.

Oración

Señor, tú vienes a pedir cuentas y nada queda oculto a tus ojos. Dame un corazón que no se alegre de la desgracia ajena, sino que se duela con los que sufren y aprenda a responder con responsabilidad por el bien que he recibido. Amén.

Acerca del libro de Miqueas

El profeta Miqueas era natural de Moréset, una pequeña localidad de la campiña de Judá, y ejerció su ministerio en el siglo VIII antes de Cristo, en tiempos de Jotán, Ajaz y Ezequías. Fue contemporáneo de Isaías y de Amós, y como ellos habló a una sociedad que vivía una prosperidad engañosa mientras los pobres eran despojados y la justicia se compraba. A diferencia de Isaías, cortesano y cercano a Jerusalén, Miqueas habla desde el campo: conoce la vida de los campesinos y denuncia sin rodeos a los que codician tierras, a los jueces que se venden y a los profetas que anuncian paz a cambio de dinero.

Su libro alterna anuncios de juicio y promesas de salvación. Comienza con una teofanía imponente en la que el Señor desciende a juzgar y con la ruina de Samaria y de Judá; continúa con las invectivas contra los opresores y contra los líderes religiosos corrompidos; y en su parte central abre uno de los horizontes más luminosos del Antiguo Testamento: la subida de los pueblos al monte del Señor, las espadas convertidas en arados y el anuncio de un rey que saldrá de Belén, la pequeña entre las familias de Judá.

El versículo que resume su mensaje es el que responde a la pregunta sobre qué quiere Dios del hombre: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con él. Miqueas muestra que el culto sin vida recta es vacío, y que la esperanza de Israel no está en sus ejércitos ni en sus alianzas, sino en la fidelidad de un Dios que se complace en perdonar y que arroja los pecados al fondo del mar.

Para la fe católica, Miqueas es voz profética que defiende la dignidad del pobre y anuncia a Cristo, el pastor nacido en Belén cuyo origen es antiguo, el príncipe de la paz que reúne al resto disperso. La liturgia lo lee en Adviento y en Navidad, reconociendo en el niño de Belén al que había de pastorear a su pueblo con la fuerza del Señor.

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