Miqueas

Antiguo Testamento | 7 capítulos | 105 versículos

Mi

Seleccionar Capítulo

Capítulo 3 de 7

Capítulo 3

1 Yo dije: Escuchad, pues, jefes de Jacob, y dirigentes de la casa de Israel: ¿No es cosa vuestra conocer el derecho,

2 vosotros que odiáis el bien y amáis el mal, (que les arrancáis la piel de encima, y la carne de sobre sus huesos?)

3 Los que han comido la carne de mi pueblo y han desollado su piel y quebrado sus huesos, los que le han despedazado como carne en la caldera, como vianda dentro de una olla,

4 clamarán entonces a Yahveh, pero él no les responderá: esconderá de ellos su rostro en aquel tiempo, por los crímenes que cometieron.

5 Así dice Yahveh contra los profetas que extravían a mi pueblo, los que, mientras mascan con sus dientes, gritan: «¡Paz!», mas a quien no pone nada en su boca le declaran guerra santa.

6 Por eso tendréis noche sin visión, oscuridad sin adivinación; ¡se pone el sol sobre los profetas, sobre ellos el día se oscurece!

7 Tendrán vergüenza los videntes, y confusión los adivinos; y se taparán todos el bigote, por no haber ya respuesta de Dios.

8 Yo, en cambio, estoy lleno de fuerza, por el espíritu de Yahveh, y de juicio y bravura, para denunciar a Jacob su delito, y a Israel su pecado.

9 Escuchad esto, jefes de la casa de Jacob, y dirigentes de la casa de Israel, que abomináis el juicio y torcéis toda rectitud,

10 que edificáis a Sión con sangre, y a Jerusalén con maldad.

11 Sus jefes juzgan por soborno, sus sacerdotes enseñan por salario, sus profetas vaticinan por dinero, y se apoyan en Yahveh diciendo: «¿No está Yahveh en medio de nosotros? ¡No vendrá sobre nosotros ningún mal!»

12 Por eso, por culpa vuestra, Sión será un campo que se ara, Jerusalén se hará un montón de ruinas, y el monte de la Casa un otero salvaje.

Reflexión del capítulo 3

El tercer capítulo es una acusación frontal contra los responsables del pueblo. Se dirige a los jefes, a los que deberían conocer el derecho y en cambio odian el bien y aman el mal; con imágenes brutales los describe como carniceros que desuellan y devoran a su propio pueblo. Luego reparte la culpa entre todas las instancias: los jueces juzgan por soborno, los sacerdotes enseñan por salario y los profetas adivinan por dinero, mientras se apoyan tranquilamente en la certeza de que el Señor está en medio de ellos y ningún mal les sobrevendrá. Es la religión convertida en negocio y en coartada. Por eso el juicio anunciado es el más duro del libro: por culpa de ellos Sión será arada como un campo, Jerusalén quedará convertida en escombros y la colina del Templo en un cerro desierto. Frente a esa corrupción general, Miqueas se presenta con una conciencia clara de su misión: no habla por interés, sino lleno de fuerza, del espíritu del Señor, de juicio y de valentía, para denunciar el pecado de su pueblo. El capítulo contrapone dos maneras de ejercer un ministerio: la del que se sirve de Dios para vivir y la del que se deja llenar por su Espíritu para decir la verdad, aunque incomode. Y advierte que una institución religiosa puede llegar a ser, si se corrompe, la primera destinataria del juicio.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Todo servicio a los demás puede degradarse en interés propio. Hoy revisa las motivaciones con que ejerces tus responsabilidades en la familia, el trabajo o la comunidad, y pide al Señor que te dé la valentía de decir la verdad sin buscar el aplauso ni el provecho. Sirve por amor, no por lo que recibas a cambio, y examina tu corazón sin miedo.

Oración

Señor, líbrame de servirte por interés y de callar la verdad por comodidad. Lléname de tu Espíritu, como al profeta, para anunciar tu justicia con valentía y para buscar siempre el bien de los demás antes que el mío. Amén.

Acerca del libro de Miqueas

El profeta Miqueas era natural de Moréset, una pequeña localidad de la campiña de Judá, y ejerció su ministerio en el siglo VIII antes de Cristo, en tiempos de Jotán, Ajaz y Ezequías. Fue contemporáneo de Isaías y de Amós, y como ellos habló a una sociedad que vivía una prosperidad engañosa mientras los pobres eran despojados y la justicia se compraba. A diferencia de Isaías, cortesano y cercano a Jerusalén, Miqueas habla desde el campo: conoce la vida de los campesinos y denuncia sin rodeos a los que codician tierras, a los jueces que se venden y a los profetas que anuncian paz a cambio de dinero.

Su libro alterna anuncios de juicio y promesas de salvación. Comienza con una teofanía imponente en la que el Señor desciende a juzgar y con la ruina de Samaria y de Judá; continúa con las invectivas contra los opresores y contra los líderes religiosos corrompidos; y en su parte central abre uno de los horizontes más luminosos del Antiguo Testamento: la subida de los pueblos al monte del Señor, las espadas convertidas en arados y el anuncio de un rey que saldrá de Belén, la pequeña entre las familias de Judá.

El versículo que resume su mensaje es el que responde a la pregunta sobre qué quiere Dios del hombre: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con él. Miqueas muestra que el culto sin vida recta es vacío, y que la esperanza de Israel no está en sus ejércitos ni en sus alianzas, sino en la fidelidad de un Dios que se complace en perdonar y que arroja los pecados al fondo del mar.

Para la fe católica, Miqueas es voz profética que defiende la dignidad del pobre y anuncia a Cristo, el pastor nacido en Belén cuyo origen es antiguo, el príncipe de la paz que reúne al resto disperso. La liturgia lo lee en Adviento y en Navidad, reconociendo en el niño de Belén al que había de pastorear a su pueblo con la fuerza del Señor.

Compartir

Enlace copiado