Miqueas
Antiguo Testamento | 7 capítulos | 105 versículos
Capítulo 6
1 Escuchad ahora lo que dice Yahveh: «¡Levántate, pleitea con los montes y oigan las colinas tu voz!»
2 ¡Escuchad, montes, el pleito de Yahveh, prestad oído, cimientos de la tierra, pues Yahveh tiene pleito con su pueblo, se querella contra Israel:
3 «Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he molestado? Respóndeme.
4 ¿En que te hice subir del país de Egipto, y de la casa de servidumbre te rescaté, y mandé delante de ti a Moisés, Aarón y María?
5 Pueblo mío, recuerda, por favor, qué maquinó Balaq, rey de Moab, y qué le contestó Balaam, hijo de Beor, ... desde Sittim hasta Guilgal, para que conozcas las justicias de Yahveh.»
6 - «¿Con qué me presentaré yo a Yahveh, me inclinaré ante el Dios de lo alto? ¿Me presentaré con holocaustos, con becerros añales?
7 ¿Aceptará Yahveh miles de carneros, miríadas de torrentes de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi delito, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?»
8 - «Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que Yahveh de ti reclama: tan sólo practicar la equidad, amar la piedad y caminar humildemente con tu Dios.»
9 La voz de Yahveh grita a la ciudad: ¡Escuchad, tribu y consejo de la ciudad!
10 He de soportar yo una medida falsa y una arroba menguada, abominable?
11 ¿Tendré por justa la balanza enfractora y la bolsa de pesas de fraude?
12 ¡Sus ricos están llenos de violencia, y sus habitantes hablan falsedad: (su lengua es la mentira en su boca)!
13 Por eso yo también he comenzado a herirte, a devastarte por tus pecados.
14 Tú comerás, pero no te saciarás, tu mugre estará dentro de ti. Pondrás a buen recaudo, mas nada salvarás, y lo que hayas salvado lo entregaré yo a la espada.
15 Sembrarás y no segarás, pisarás la aceituna y no te ungirás de aceite, el mosto, y no beberás vino.
16 Tú observas los decretos de Omrí, y todas las prácticas de la casa de Ajab; te conduces según sus consejos, para que yo te convierta en estupor y a tus habitantes en rechifla, y soportéis el oprobio de los pueblos.
Reflexión del capítulo 6
El sexto capítulo es un pleito judicial entre Dios y su pueblo. Los montes y los cimientos de la tierra son llamados como testigos, porque el Señor tiene una querella contra Israel. Lo sorprendente es el tono: en lugar de una acusación airada, Dios comienza recordando sus beneficios y preguntando qué mal ha hecho a su pueblo para que lo haya abandonado. Evoca la liberación de Egipto y la guía de Moisés, Aarón y María, y hasta recuerda cómo desbarató los planes de Balac y convirtió en bendición la maldición de Balaam. Es la voz de un amor herido que pide cuentas con dolor. El pueblo responde con la pregunta de siempre: qué puede ofrecer para aplacar a Dios, si bastarán los holocaustos, los carneros o incluso el primogénito. Y entonces llega la respuesta que resume la moral profética: se le ha declarado al hombre lo que es bueno y lo que el Señor reclama de él: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con su Dios. No se trata de multiplicar ritos, sino de vivir de otra manera. El capítulo añade después denuncias muy concretas, balanzas falsas, violencia de los ricos, mentira en la boca de los habitantes, para mostrar que la injusticia desmiente cualquier culto. Es una de las páginas más claras de la Biblia sobre la relación entre fe y vida.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy elige una de las tres exigencias del profeta y llévala a la práctica: una obra de justicia concreta, un gesto de misericordia hacia alguien que te cuesta, o un momento de humildad en que reconozcas a Dios como Señor de tu vida. La fe se verifica en lo concreto, no solo en las intenciones ni en los buenos deseos.
Oración
Señor, tú me has mostrado lo que es bueno: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente contigo. No permitas que mi oración se separe de mi vida; hazme justo, compasivo y humilde ante ti. Amén.
Acerca del libro de Miqueas
El profeta Miqueas era natural de Moréset, una pequeña localidad de la campiña de Judá, y ejerció su ministerio en el siglo VIII antes de Cristo, en tiempos de Jotán, Ajaz y Ezequías. Fue contemporáneo de Isaías y de Amós, y como ellos habló a una sociedad que vivía una prosperidad engañosa mientras los pobres eran despojados y la justicia se compraba. A diferencia de Isaías, cortesano y cercano a Jerusalén, Miqueas habla desde el campo: conoce la vida de los campesinos y denuncia sin rodeos a los que codician tierras, a los jueces que se venden y a los profetas que anuncian paz a cambio de dinero.
Su libro alterna anuncios de juicio y promesas de salvación. Comienza con una teofanía imponente en la que el Señor desciende a juzgar y con la ruina de Samaria y de Judá; continúa con las invectivas contra los opresores y contra los líderes religiosos corrompidos; y en su parte central abre uno de los horizontes más luminosos del Antiguo Testamento: la subida de los pueblos al monte del Señor, las espadas convertidas en arados y el anuncio de un rey que saldrá de Belén, la pequeña entre las familias de Judá.
El versículo que resume su mensaje es el que responde a la pregunta sobre qué quiere Dios del hombre: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con él. Miqueas muestra que el culto sin vida recta es vacío, y que la esperanza de Israel no está en sus ejércitos ni en sus alianzas, sino en la fidelidad de un Dios que se complace en perdonar y que arroja los pecados al fondo del mar.
Para la fe católica, Miqueas es voz profética que defiende la dignidad del pobre y anuncia a Cristo, el pastor nacido en Belén cuyo origen es antiguo, el príncipe de la paz que reúne al resto disperso. La liturgia lo lee en Adviento y en Navidad, reconociendo en el niño de Belén al que había de pastorear a su pueblo con la fuerza del Señor.
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