Miqueas
Antiguo Testamento | 7 capítulos | 105 versículos
Capítulo 5
1 Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño.
2 Por eso él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel.
3 El se alzará y pastoreará con el poder de Yahveh, con la majestad del nombre de Yahveh su Dios. Se asentarán bien, porque entonces se hará él grande hasta los confines de la tierra.
4 El será la Paz. Si Asur invade nuestra tierra, y huella nuestro suelo, suscitaremos contra él siete pastores, y ocho príncipes de hombres.
5 Ellos pastorearán el país de Asur con espada, y el país de Nemrod con acero. El nos librará de Asur, si invade nuestra tierra, y huella nuestro término.
6 Y será el Resto de Jacob, en medio de pueblos numerosos, como rocío que viene de Yahveh, como lluvia sobre la hierba, él, que no espera en el hombre ni aguarda nada de los hijos de hombre.
7 Será entonces el Resto de Jacob entre las naciones, en medio de pueblos numerosos, como león entre las bestias de la selva, como leoncillo entre los rebaños de ganado menor, que si pasa, pisotea, y si desgarra, no hay quien libre.
8 ¡Que tu mano se alce contra los adversarios y todos tus enemigos sean extirpados!
9 Y sucederá aquel día - oráculo de Yahveh - que yo extirparé de en medio de ti tus caballos, y haré desaparecer tus carros;
10 extirparé las ciudades de tu tierra, y demoleré todas tus fortalezas;
11 extirparé de tu mano las hechicerías, y no habrá para ti más adivinos;
12 extirparé tus estatuas y tus estelas de en medio de ti, y ya no podrás postrarte más ante la obra de tus manos,
13 arrancaré de en medio de ti tus cipos y aniquilaré tus ídolos.
14 ¡Venganza tomaré con cólera y furor de las naciones que no escucharon!
Reflexión del capítulo 5
El capítulo más conocido de Miqueas anuncia que de Belén, el más pequeño de los clanes de Judá, saldrá el gobernante de Israel, cuyo origen se pierde en la antigüedad. Es la promesa que la liturgia cristiana lee en Navidad, porque en el pequeño pueblo de David, insignificante a los ojos del mundo, Dios preparó la cuna del Mesías. El texto añade que él se levantará para pastorear con la fuerza del Señor y que él mismo será la paz: no un rey que impone por la fuerza, sino un pastor que da seguridad a su pueblo. La grandeza del anuncio contrasta con la pequeñez del lugar elegido, y en ese contraste está la lógica de Dios, que escoge lo humilde para confundir lo poderoso. Junto a la promesa, el capítulo describe una purificación severa: el Señor extirpará los caballos, los carros, las ciudades fortificadas, las hechicerías y los ídolos, es decir, todo aquello en lo que el pueblo había puesto su confianza en lugar de en él. La salvación no consiste en añadir algo, sino en dejar que Dios despoje el corazón de falsas seguridades. Así, el Mesías de Belén y la eliminación de los ídolos forman una misma obra: el reinado de Dios comienza cuando dejamos de apoyarnos en nuestras propias defensas y nos abandonamos a su pastoreo.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Identifica en qué te apoyas cuando tienes miedo: seguridades, planes, control. El capítulo invita a dejar que Dios despoje esas falsas defensas. Hoy confía deliberadamente una preocupación concreta al Buen Pastor, sin recurrir primero a tus propios recursos, y descansa en su cuidado aunque no veas todavía la solución. La pequeñez que Dios elige es siempre el lugar donde comienza su salvación para todos.
Oración
Señor, tú eliges lo pequeño para manifestar tu grandeza. Arranca de mí toda falsa seguridad y enséñame a descansar en tu pastoreo. Que Cristo, nacido en Belén, sea mi paz y la de todos los que sufren. Amén.
Acerca del libro de Miqueas
El profeta Miqueas era natural de Moréset, una pequeña localidad de la campiña de Judá, y ejerció su ministerio en el siglo VIII antes de Cristo, en tiempos de Jotán, Ajaz y Ezequías. Fue contemporáneo de Isaías y de Amós, y como ellos habló a una sociedad que vivía una prosperidad engañosa mientras los pobres eran despojados y la justicia se compraba. A diferencia de Isaías, cortesano y cercano a Jerusalén, Miqueas habla desde el campo: conoce la vida de los campesinos y denuncia sin rodeos a los que codician tierras, a los jueces que se venden y a los profetas que anuncian paz a cambio de dinero.
Su libro alterna anuncios de juicio y promesas de salvación. Comienza con una teofanía imponente en la que el Señor desciende a juzgar y con la ruina de Samaria y de Judá; continúa con las invectivas contra los opresores y contra los líderes religiosos corrompidos; y en su parte central abre uno de los horizontes más luminosos del Antiguo Testamento: la subida de los pueblos al monte del Señor, las espadas convertidas en arados y el anuncio de un rey que saldrá de Belén, la pequeña entre las familias de Judá.
El versículo que resume su mensaje es el que responde a la pregunta sobre qué quiere Dios del hombre: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con él. Miqueas muestra que el culto sin vida recta es vacío, y que la esperanza de Israel no está en sus ejércitos ni en sus alianzas, sino en la fidelidad de un Dios que se complace en perdonar y que arroja los pecados al fondo del mar.
Para la fe católica, Miqueas es voz profética que defiende la dignidad del pobre y anuncia a Cristo, el pastor nacido en Belén cuyo origen es antiguo, el príncipe de la paz que reúne al resto disperso. La liturgia lo lee en Adviento y en Navidad, reconociendo en el niño de Belén al que había de pastorear a su pueblo con la fuerza del Señor.
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