Miqueas

Antiguo Testamento | 7 capítulos | 105 versículos

Mi

Seleccionar Capítulo

Capítulo 7 de 7

Capítulo 7

1 ¡Ay de mí, que he venido a ser como en las recolecciones de verano, como en las rebuscas de la vendimia! ¡Ni un racimo que comer, ni una breva que tanto desea mi alma!

2 ¡Ha desaparecido de la tierra el fiel, no queda un justo entre los hombres! Todos acechan en busca de sangre, cada cual atrapa en la red a su hermano.

3 Para el mal sus dos manos adiestran: el príncipe exige, y también el juez, recompensa; el grande habla de la codicia de su alma, y él y ellos lo urden.

4 Su bondad es como cardo, peor que un zarzal su rectitud. ¡El día de tus centinelas, tu visita ha llegado! ¡Ahora será su consternación!

5 ¡No creáis en compañero, no confiéis en amigo; de la que se acuesta en tu seno guarda la puerta de tu boca!

6 Porque el hijo ultraja al padre, la hija se alza contra su madre, la nuera contra su suegra, y enemigos de cada cual son los de su casa.

7 Mas yo miro hacia Yahveh, espero en el Dios de mi salvación: mi Dios me escuchará.

8 No te alegres de mí, enemiga mía, porque si caigo, me levantaré, y si estoy postrada en tinieblas, Yahveh es mi luz.

9 La cólera de Yahveh soportaré, ya que he pecado contra él, hasta que él juzgue mi causa y ejecute mi juicio; él me sacará a la luz, y yo contemplaré su justicia.

10 Lo verá mi enemiga, y se cubrirá de vergüenza, ella que me decía: «¿Dónde está Yahveh tu Dios?» ¡Mis ojos se regodearán en ella cuando sea cosa pisoteada como el fango de las calles!

11 ¡El día de reedificar tus muros! ¡Aquel día será dilatada la frontera,

12 el día que se venga hacia ti desde Asiria hasta Egipto, desde Tiro hasta el Río, de mar a mar, de monte a monte!

13 Y la tierra quedará en desolación, a causa de sus habitantes, como fruto de sus obras.

14 Apacienta tu pueblo con tu cayado, el rebaño de tu heredad, que mora solitario en la selva, en medio de un campo feraz Que pazcan en Basán y Galaad como en los días de antaño.

15 Como en los días de tu salida del país de Egipto, hazme ver prodigios.

16 Verán las naciones y se avergonzarán de toda su prepotencia; pondrán en la boca la mano y sus oídos quedarán sordos.

17 Lamerán el polvo como la serpiente, como los reptiles de la tierra. ¡Se estremecerán desde sus encierros, hacia Yahveh nuestro Dios vendrán temblando, y tendrán miedo de ti!

18 ¿Qué Dios hay como tú, que quite la culpa y pase por alto el delito del Resto de tu heredad? No mantendrá su cólera por siempre pues se complace en el amor;

19 volverá a compadecerse de nosotros, pisoteará nuestras culpas. ¡Tú arrojarás al fondo del mar todos nuestros pecados!

20 Otorga fidelidad a Jacob amor a Abraham, como juraste a nuestros padres, desde los días de antaño.

Reflexión del capítulo 7

El último capítulo comienza con un lamento por la desaparición del fiel: no queda un justo, todos acechan para hacer daño y ni en los más cercanos se puede confiar, hasta el punto de que los enemigos del hombre son los de su propia casa. Es el retrato de una sociedad deshecha, donde las relaciones más íntimas se han roto. En medio de ese derrumbe se alza una voz personal, la del profeta, que expresa la postura del creyente: aunque caiga, se levantará; aunque esté en tinieblas, el Señor será su luz. No niega el juicio ni su propia culpa, y acepta soportar la indignación del Señor hasta que él juzgue su causa; pero vive de la certeza de que Dios lo sacará a la luz. La segunda parte del capítulo pasa de la súplica a la alabanza: pide que el Señor apaciente a su pueblo con el cayado, que renueve sus prodigios y que las naciones se avergüencen de su fuerza. Y termina con una de las confesiones más bellas de la Escritura: quién es comparable a ti, que borras la culpa y perdonas la falta a los que quedan de tu heredad, que no guardas tu enojo para siempre porque te complace el amor. El libro cierra así su arco: de la denuncia más severa a la revelación de un Dios que arroja los pecados al fondo del mar y mantiene la fidelidad jurada a los padres.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cuando todo a tu alrededor parece fallar, el capítulo te invita a mirar al Señor en lugar de a las circunstancias. Hoy, si has caído en algo, no te quedes en la culpa: reconócela, espera en Dios y da un paso para levantarte. Confía en su misericordia más que en tu propio juicio sobre ti mismo. Dios arroja nuestros pecados al mar; aprendamos a no sacarlos de nuevo.

Oración

Señor, aunque caiga, me levantaré, porque tú eres mi luz. No hay Dios como tú, que se complace en perdonar y arroja mis pecados al fondo del mar. Guárdame fiel y hazme confiar siempre en tu amor. Amén.

Acerca del libro de Miqueas

El profeta Miqueas era natural de Moréset, una pequeña localidad de la campiña de Judá, y ejerció su ministerio en el siglo VIII antes de Cristo, en tiempos de Jotán, Ajaz y Ezequías. Fue contemporáneo de Isaías y de Amós, y como ellos habló a una sociedad que vivía una prosperidad engañosa mientras los pobres eran despojados y la justicia se compraba. A diferencia de Isaías, cortesano y cercano a Jerusalén, Miqueas habla desde el campo: conoce la vida de los campesinos y denuncia sin rodeos a los que codician tierras, a los jueces que se venden y a los profetas que anuncian paz a cambio de dinero.

Su libro alterna anuncios de juicio y promesas de salvación. Comienza con una teofanía imponente en la que el Señor desciende a juzgar y con la ruina de Samaria y de Judá; continúa con las invectivas contra los opresores y contra los líderes religiosos corrompidos; y en su parte central abre uno de los horizontes más luminosos del Antiguo Testamento: la subida de los pueblos al monte del Señor, las espadas convertidas en arados y el anuncio de un rey que saldrá de Belén, la pequeña entre las familias de Judá.

El versículo que resume su mensaje es el que responde a la pregunta sobre qué quiere Dios del hombre: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con él. Miqueas muestra que el culto sin vida recta es vacío, y que la esperanza de Israel no está en sus ejércitos ni en sus alianzas, sino en la fidelidad de un Dios que se complace en perdonar y que arroja los pecados al fondo del mar.

Para la fe católica, Miqueas es voz profética que defiende la dignidad del pobre y anuncia a Cristo, el pastor nacido en Belén cuyo origen es antiguo, el príncipe de la paz que reúne al resto disperso. La liturgia lo lee en Adviento y en Navidad, reconociendo en el niño de Belén al que había de pastorear a su pueblo con la fuerza del Señor.

Compartir

Enlace copiado