Miqueas

Antiguo Testamento | 7 capítulos | 105 versículos

Mi

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Capítulo 4 de 7

Capítulo 4

1 Sucederá en días futuros que el monte de la Casa de Yahveh será asentado en la cima de los montes, y se alzará por encima de las colinas. Y afluirán a él los pueblos,

2 acudirán naciones numerosas y dirán: «Venid, subamos al monte de Yahveh, a la Casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos, y nosotros sigamos sus senderos». Pues de Sión saldrá la Ley, y de Jerusalén la palabra de Yahveh.

3 El juzgará entre pueblos numerosos, y corregirá a naciones poderosas; forjarán ellas sus espadas en azadones, y sus lanzas en podaderas. No blandirá más la espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra.

4 Se sentará cada cual bajo su parra, y bajo su higuera, sin que nadie le inquiete, ¡la boca de Yahveh Sebaot ha hablado!

5 Pues todos los pueblos caminan cada uno en el nombre de sus dioses, pero nosotros caminamos en el nombre de Yahveh nuestro Dios, para siempre jamás.

6 Aquel día - oráculo de Yahveh - yo recogeré a la oveja coja, reuniré a la perseguida, y a la que yo había maltratado.

7 De las cojas haré un Resto, de las alejadas una nación fuerte. Entonces reinará Yahveh sobre ellos en el monte Sión, desde ahora y por siempre.

8 Y tú, Torre del Rebaño, Ofel de la hija de Sión, va a venir, va a entrar en ti el dominio de antaño, la realeza de la hija de Jerusalén.

9 Y ahora, ¿por qué clamas? ¿es que no hay rey en ti? ¿Ha perecido tu consejero, que un espasmo te atenaza cual de mujer en parto?

10 ¿Retuércete y grita, hija de Sión, como mujer en parto, porque ahora vas a salir de la ciudad, y en el campo morarás. Llegarás hasta Babel, y allí serás liberada, y allí te rescatará Yahveh de la mano de tus enemigos.

11 Ahora se juntan contra ti numerosas naciones; y dicen: «¡Sea profanada, que en Sión se regodeen nuestros ojos!»

12 Pero ellos no conocen los proyectos de Yahveh, ni comprenden su designio: que los ha reunido como gavillas en la era.

13 ¡Levántate y trilla, hija de Sión! Que yo haré tu cuerno de hierro, y haré de bronce tus pezuñas: triturarás a pueblos numerosos, y consagrarás su botín en anatema a Yahveh, y su riqueza al Señor de toda la tierra.

14 ¡Y ahora, fortifícate, Fortaleza! ¡Se ha puesto asedio contra nosotros, con vara hieren en al mejilla al juez de Israel!

Reflexión del capítulo 4

Frente al horizonte sombrío de los capítulos anteriores, el cuarto ofrece una de las visiones más hermosas del Antiguo Testamento. Los pueblos suben en multitud al monte del Señor para que él les enseñe sus caminos, y de esa subida nace un mundo nuevo: las espadas se forjan en arados y las lanzas en podaderas, y nadie aprende ya el arte de la guerra. La paz no se presenta como simple tregua, sino como una transformación de las herramientas mismas de la violencia. Cada uno se sienta bajo su vid y su higuera, imagen de una vida familiar segura y dichosa, sin quien la inquiete. Miqueas reconoce que cada pueblo invoca a sus propios dioses, pero nosotros invocamos al Señor para siempre. Después el horizonte se vuelve más cercano y consolador: el Señor reunirá a la oveja coja, a la perseguida, a la maltratada, y hará de las desvalidas un resto fuerte. A la hija de Sión, que deberá salir de la ciudad y llegar hasta Babel, se le promete que allí mismo será liberada. El capítulo enseña que la esperanza cristiana no ignora el destierro ni la prueba, pero sabe que Dios no abandona a los pequeños y que su reino se construye reuniendo a los descartados.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

La paz empieza donde cada uno decide convertir sus armas en instrumentos de trabajo. Hoy piensa en un conflicto concreto de tu vida, familiar, laboral o vecinal, y da un paso de reconciliación: una palabra amable, una disculpa sincera o una mano tendida. Encomienda al Señor a los pequeños y a los que sufren, y construye la paz desde lo cercano.

Oración

Señor, enséñame tus caminos para que camine por tus senderos. Convierte mis espadas en arados y hazme artesano de tu paz; reúne a los pequeños y a los que sufren, y que yo colabore con tu Reino sin desanimarme. Amén.

Acerca del libro de Miqueas

El profeta Miqueas era natural de Moréset, una pequeña localidad de la campiña de Judá, y ejerció su ministerio en el siglo VIII antes de Cristo, en tiempos de Jotán, Ajaz y Ezequías. Fue contemporáneo de Isaías y de Amós, y como ellos habló a una sociedad que vivía una prosperidad engañosa mientras los pobres eran despojados y la justicia se compraba. A diferencia de Isaías, cortesano y cercano a Jerusalén, Miqueas habla desde el campo: conoce la vida de los campesinos y denuncia sin rodeos a los que codician tierras, a los jueces que se venden y a los profetas que anuncian paz a cambio de dinero.

Su libro alterna anuncios de juicio y promesas de salvación. Comienza con una teofanía imponente en la que el Señor desciende a juzgar y con la ruina de Samaria y de Judá; continúa con las invectivas contra los opresores y contra los líderes religiosos corrompidos; y en su parte central abre uno de los horizontes más luminosos del Antiguo Testamento: la subida de los pueblos al monte del Señor, las espadas convertidas en arados y el anuncio de un rey que saldrá de Belén, la pequeña entre las familias de Judá.

El versículo que resume su mensaje es el que responde a la pregunta sobre qué quiere Dios del hombre: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con él. Miqueas muestra que el culto sin vida recta es vacío, y que la esperanza de Israel no está en sus ejércitos ni en sus alianzas, sino en la fidelidad de un Dios que se complace en perdonar y que arroja los pecados al fondo del mar.

Para la fe católica, Miqueas es voz profética que defiende la dignidad del pobre y anuncia a Cristo, el pastor nacido en Belén cuyo origen es antiguo, el príncipe de la paz que reúne al resto disperso. La liturgia lo lee en Adviento y en Navidad, reconociendo en el niño de Belén al que había de pastorear a su pueblo con la fuerza del Señor.

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