Santiago

Nuevo Testamento | 5 capítulos | 108 versículos

Sant

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Capítulo 1 de 5

Capítulo 1

1 Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus de la Dispersión.

2 Considerad como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas,

3 sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento;

4 pero la paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros sin que dejéis nada que desear.

5 Si alguno de vosotros está a falta de sabiduría, que la pida a Dios, que da a todos generosamente y sin echarlo en cara, y se la dará.

6 Pero que la pida con fe, sin vacilar; porque el que vacila es semejante al oleaje del mar, movido por el viento y llevado de una a otra parte.

7 Que no piense recibir cosa alguna del Señor un hombre como éste,

8 un hombre irresoluto e inconstante en todos sus caminos.

9 El hermano de condición humilde gloríese en su exaltación;

10 y el rico, en su humillación, porque pasará como flor de hierba:

11 sale el sol con fuerza y seca la hierba y su flor cae y se pierde su hermosa apariencia; así también el rico se marchitará en sus caminos.

12 ¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman.

13 Ninguno, cuando sea probado, diga: «Es Dios quien me prueba»; porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie.

14 Sino que cada uno es probado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce.

15 Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte.

16 No os engañéis, hermanos míos queridos:

17 toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de rotación.

18 Nos engendró por su propia voluntad, con Palabra de verdad, para que fuésemos como las primicias de sus criaturas.

19 Tenedlo presente, hermanos míos queridos: Que cada uno sea diligente para escuchar y tardo para hablar, tardo para la ira.

20 Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.

21 Por eso, desechad toda inmundicia y abundancia de mal y recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas.

22 Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos.

23 Porque si alguno se contenta con oír la Palabra sin ponerla por obra, ése se parece al que contempla su imagen en un espejo:

24 se contempla, pero, en yéndose, se olvida de cómo es.

25 En cambio el que considera atentamente la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como cumplidor de ella, ése, practicándola, será feliz.

26 Si alguno se cree religioso, pero no pone freno a su lengua, sino que engaña a su propio corazón, su religión es vana.

27 La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo.

Reflexión del capítulo 1

Santiago abre la carta con una paradoja sorprendente: considerar las pruebas «como un gran gozo». No porque el dolor sea bueno, sino porque la fe probada engendra paciencia, y la paciencia, madurez. El que se siente incompleto debe pedir sabiduría a Dios, que «da a todos generosamente y sin echarlo en cara», pero con una fe firme, sin ser como el oleaje del mar que va de una parte a otra. Santiago desmonta después una excusa muy humana: Dios no tienta a nadie; es la propia concupiscencia la que seduce y arrastra, y el pecado, una vez consumado, engendra muerte. Frente a eso levanta un canto de esperanza: todo don bueno viene de lo alto, del «Padre de las luces», que nos engendró por su Palabra de verdad. De ahí su conclusión práctica: ser diligentes para escuchar y tardos para hablar, acoger con docilidad la Palabra sembrada y no ser solo oyentes que se miran en el espejo y se olvidan de sí mismos. La religión pura, dice, es visitar a los huérfanos y a las viudas y conservarse incontaminado del mundo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy practica el arte de escuchar antes de responder: en una conversación difícil, guarda silencio hasta haber comprendido de verdad al otro, sin interrumpir ni preparar tu réplica. Y elige una obra concreta de caridad —visitar a un enfermo, acompañar a alguien que está solo, ayudar a quien lo necesita— para que tu fe no quede solo en palabras. Al terminar el día, agradece a Dios el don recibido y pídele constancia para seguir creciendo.

Oración

Padre de las luces, tú que das sin echarlo en cara, concédeme sabiduría para atravesar la prueba sin vacilar. Hazme dócil a tu Palabra y generoso con los más pobres. Que mi vida sea un espejo fiel de tu amor. Amén.

Acerca del libro de Santiago

La carta de Santiago es un texto breve pero intenso, emparentado con la literatura sapiencial y muy cercano al sermón de la montaña. La tradición la atribuye a Santiago, llamado «el hermano del Señor», primer obispo de Jerusalén y mártir hacia el año 62. Se dirige a «las doce tribus de la Dispersión», es decir, a los cristianos dispersos, y su estilo recuerda a los Proverbios: exhortaciones concretas, imágenes vivas y una enorme exigencia moral. Su tema de fondo es la coherencia entre la fe y la vida. Santiago insiste en que la fe verdadera se manifiesta en obras: en la paciencia ante las pruebas, en el dominio de la lengua, en el trato igualitario con pobres y ricos y en la misericordia activa. Esta carta fue decisiva para la doctrina católica sobre la justificación, que el Concilio de Trento formuló frente a una lectura meramente intelectual de la fe: somos justificados por la gracia, y esa gracia produce frutos. En ella encontramos además dos pilares sacramentales: la unción de los enfermos, cuando los presbíteros oran y ungen con óleo al que sufre, y la confesión mutua de los pecados. Santiago no contradice a Pablo; completa su enseñanza mostrando la fe como una vida entera entregada a Cristo, el «Señor glorificado», fuente de la «corona de la vida» prometida a quienes le aman.

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