Santiago
Nuevo Testamento | 5 capítulos | 108 versículos
Capítulo 3
1 No os hagáis maestros muchos de vosotros, hermanos míos, sabiendo que nosotros tendremos un juicio más servero,
2 pues todos caemos muchas veces. Si alguno no cae hablando, es un hombre perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo.
3 Si ponemos a los caballos frenos en la boca para que nos obedezcan, dirigimos así todo su cuerpo.
4 Mirad también las naves: aunque sean grandes y vientos impetuosos las empujen, son dirigidas por un pequeño timón adonde la voluntad del piloto quiere.
5 Así también la lengua es un miembro pequeño y puede gloriarse de grandes cosas. Mirad qué pequeño fuego abrasa un bosque tan grande.
6 Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos.
7 Toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos pueden ser domados y de hecho han sido domados por el hombre;
8 en cambio ningún hombre ha podido domar la lengua; es un mal turbulento; está llena de veneno mortífero.
9 Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios;
10 de una misma boca proceden la bendición y la maldición. Esto, hermanos míos, no debe ser así.
11 ¿Acaso la fuente mana por el mismo caño agua dulce y amarga?
12 ¿Acaso, hermanos míos, puede la higuera producir aceitunas y la vid higos? Tampoco el agua salada puede producir agua dulce.
13 ¿Hay entre vosotros quien tenga sabiduría o experiencia? Que muestre por su buena conducta las obras hechas con la dulzura de la sabiduría.
14 Pero si tenéis en vuestro corazón amarga envidia y espíritu de contienda, no os jactéis ni mintáis contra la verdad.
15 Tal sabiduría no desciende de lo alto, sino que es terrena, natural, demoníaca.
16 Pues donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad.
17 En cambio la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía.
18 Frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la paz.
Reflexión del capítulo 3
Santiago advierte primero a los que quieren ser maestros: tendrán un juicio más severo, porque la palabra enseña y también hiere. Después despliega una de las páginas más poderosas de la Escritura sobre la lengua. Un pequeño freno dirige al caballo entero; un diminuto timón guía una nave empujada por vientos impetuosos; y una chispa puede incendiar un bosque entero. Así la lengua: pequeña, pero capaz de contaminar toda la vida. El apóstol observa que el ser humano ha domado toda clase de fieras, pero no ha podido domar su propia lengua, llena de veneno. Con la misma boca bendecimos a Dios y maldecimos a los hombres hechos a su imagen, y esto no puede ser: una fuente no da agua dulce y amarga por el mismo caño. Frente a la sabiduría terrena, hecha de envidia y contienda, presenta la sabiduría que viene de lo alto: pura, pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y de buenos frutos, sin hipocresía. Y termina con una imagen hermosa: los frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la paz.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy vigila tus palabras, sobre todo las que dices de otros cuando no están presentes. Antes de hablar, pregúntate si lo que vas a decir construye o destruye, y si no edifica, calla. Si descubres un hábito de crítica o de murmuración, cámbialo por una palabra de aliento dirigida a esa misma persona. Y si alguien te ofende, responde con serenidad, sembrando paz en lugar de contienda.
Oración
Señor, pon un centinela en mis labios. Que mi lengua bendiga y no maldiga, que consuele y no hiera. Concédeme la sabiduría que viene de lo alto: pura y pacífica, para sembrar paz a mi alrededor. Amén.
Acerca del libro de Santiago
La carta de Santiago es un texto breve pero intenso, emparentado con la literatura sapiencial y muy cercano al sermón de la montaña. La tradición la atribuye a Santiago, llamado «el hermano del Señor», primer obispo de Jerusalén y mártir hacia el año 62. Se dirige a «las doce tribus de la Dispersión», es decir, a los cristianos dispersos, y su estilo recuerda a los Proverbios: exhortaciones concretas, imágenes vivas y una enorme exigencia moral. Su tema de fondo es la coherencia entre la fe y la vida. Santiago insiste en que la fe verdadera se manifiesta en obras: en la paciencia ante las pruebas, en el dominio de la lengua, en el trato igualitario con pobres y ricos y en la misericordia activa. Esta carta fue decisiva para la doctrina católica sobre la justificación, que el Concilio de Trento formuló frente a una lectura meramente intelectual de la fe: somos justificados por la gracia, y esa gracia produce frutos. En ella encontramos además dos pilares sacramentales: la unción de los enfermos, cuando los presbíteros oran y ungen con óleo al que sufre, y la confesión mutua de los pecados. Santiago no contradice a Pablo; completa su enseñanza mostrando la fe como una vida entera entregada a Cristo, el «Señor glorificado», fuente de la «corona de la vida» prometida a quienes le aman.
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