Santiago
Nuevo Testamento | 5 capítulos | 108 versículos
Capítulo 5
1 Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros.
2 Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados;
3 vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos.
4 Mirad; el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos.
5 Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza.
6 Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste.
7 Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Venida del Señor. Mirad: el labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías.
8 Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros corazones porque la Venida del Señor está cerca.
9 No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser juzgados; mirad que el Juez está ya a las puertas.
10 Tomad, hermanos, como modelo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.
11 Mirad cómo proclamamos felices a los que sufrieron con paciencia. Habéis oído la paciencia de Job en el sufrimiento y sabéis el final que el Señor le dio; porque el Señor es compasivo y misericordioso.
12 Ante todo, hermanos, no juréis ni por el cielo ni por la tierra, ni por ningún otra cosa. Que vuestro sí sea sí, y el no, no; para no incurrir en juicio.
13 ¿Sufre alguno entre vosotros? Que ore. ¿Está alguno alegre? Que cante salmos.
14 ¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor.
15 Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados.
16 Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.
17 Elías era un hombre de igual condición que nosotros; oró insistentemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses.
18 Después oró de nuevo y el cielo dio lluvia y la tierra produjo su fruto.
19 Si alguno de vosotros, hermanos míos, se desvía de la verdad y otro le convierte,
20 sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados.
Reflexión del capítulo 5
El capítulo final comienza con una denuncia severa contra los ricos que acumulan y retienen el salario de los trabajadores: ese salario «está gritando», y su clamor llega a los oídos del Señor de los ejércitos. No es un ataque a la riqueza en sí, sino al corazón que se harta mientras otros pasan necesidad. Después Santiago cambia de tono y ofrece un mensaje de esperanza: paciencia hasta la venida del Señor, como el labrador que espera la lluvia temprana y tardía. No os quejéis unos de otros, porque el Juez está a las puertas; mirad a los profetas y a Job, y recordad que el Señor es compasivo y misericordioso. Luego, dos joyas para la vida de la Iglesia: el enfermo debe llamar a los presbíteros, que oren sobre él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor —la unción de los enfermos—, y los fieles deben confesar sus pecados unos a otros y orar por los demás. El ejemplo es Elías, un hombre como nosotros, cuya oración detuvo y devolvió la lluvia. Y una promesa final: quien convierte a un pecador salva su alma y cubre multitud de pecados.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy reza de corazón por alguien que está enfermo o pasando una prueba, y si es posible acompáñalo con un gesto concreto: una visita, una llamada, una ayuda práctica. Si tienes algún pecado que te pesa, acude con confianza al sacramento de la reconciliación. Y ten paciencia con quien te cuesta, confiando en que Dios sigue obrando en su vida y en la tuya.
Oración
Señor, compasivo y misericordioso, dame paciencia para esperar tu venida y valentía para no callar el bien. Bendice a los enfermos y a los que sufren, y haz que mi oración, unida a la de tu Iglesia, sea eficaz y confiada. Amén.
Acerca del libro de Santiago
La carta de Santiago es un texto breve pero intenso, emparentado con la literatura sapiencial y muy cercano al sermón de la montaña. La tradición la atribuye a Santiago, llamado «el hermano del Señor», primer obispo de Jerusalén y mártir hacia el año 62. Se dirige a «las doce tribus de la Dispersión», es decir, a los cristianos dispersos, y su estilo recuerda a los Proverbios: exhortaciones concretas, imágenes vivas y una enorme exigencia moral. Su tema de fondo es la coherencia entre la fe y la vida. Santiago insiste en que la fe verdadera se manifiesta en obras: en la paciencia ante las pruebas, en el dominio de la lengua, en el trato igualitario con pobres y ricos y en la misericordia activa. Esta carta fue decisiva para la doctrina católica sobre la justificación, que el Concilio de Trento formuló frente a una lectura meramente intelectual de la fe: somos justificados por la gracia, y esa gracia produce frutos. En ella encontramos además dos pilares sacramentales: la unción de los enfermos, cuando los presbíteros oran y ungen con óleo al que sufre, y la confesión mutua de los pecados. Santiago no contradice a Pablo; completa su enseñanza mostrando la fe como una vida entera entregada a Cristo, el «Señor glorificado», fuente de la «corona de la vida» prometida a quienes le aman.
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