Santiago
Nuevo Testamento | 5 capítulos | 108 versículos
Capítulo 4
1 ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros?
2 ¿Codiciáis y no poseéis? Matáis. ¿Envidiáis y no podéis conseguir? Combatís y hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís.
3 Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones.
4 ¡Adúlteros!, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios.
5 ¿Pensáis que la Escritura dice en vano: Tiene deseos ardientes el espíritu que él ha hecho habitar en nosotros?
6 Más aún, da una gracia mayor; por eso dice: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.
7 Someteos, pues, a Dios; resistid al Diablo y él huirá de vosotros.
8 Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros. Purificaos, pecadores, las manos; limpiad los corazones, hombres irresolutos.
9 Lamentad vuestra miseria, entristeceos y llorad. Que vuestra risa se cambie en llanto y vuestra alegría en tristeza.
10 Humillaos ante el Señor y él os ensalzará.
11 No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la Ley y juzga a la Ley; y si juzgas a la Ley, ya no eres un cumplidor de la Ley, sino un juez.
12 Uno solo es el legislador y juez, que puede salvar o perder. En cambio tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?
13 Ahora bien, vosotros los que decís: «Hoy o mañana iremos a tal ciudad, pasaremos allí el año, negociaremos y ganaremos»;
14 vosotros que no sabéis qué será de vuestra vida el día de mañana... ¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece!
15 En lugar de decir: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello».
16 Pero ahora os jactáis en vuestra fanfarronería. Toda jactancia de este tipo es mala.
17 Aquel, pues, que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado.
Reflexión del capítulo 4
Santiago busca el origen de las guerras y contiendas: no está fuera, sino dentro, en las pasiones que luchan en nuestros miembros. Deseamos y no poseemos, y de ahí brotan la envidia y el conflicto; pedimos y no recibimos porque pedimos mal, para gastar en nuestros apetitos. El apóstol usa una expresión fuerte: la amistad con el mundo es enemistad con Dios. Pero no deja al creyente sin salida; cita la Escritura: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. De ahí una serie de imperativos luminosos: someterse a Dios, resistir al Diablo —que huirá—, acercarse a Dios —que se acercará—, purificar las manos y los corazones, humillarse ante el Señor para que él nos ensalce. Luego advierte contra hablar mal del hermano, porque quien juzga a su prójimo se arroga el lugar del único Legislador y Juez. Y cierra con una lección de humildad y realismo: nuestra vida es vapor que aparece un momento y desaparece; conviene decir «si el Señor quiere». Quien sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy identifica una contienda o un resentimiento que llevas dentro y da el primer paso hacia la reconciliación, aunque no tengas toda la razón. Antes de juzgar a alguien, detente y deja el juicio en manos de Dios, que es el único Juez. Y al planear tu día o tus proyectos, di de corazón: «si el Señor quiere», confiando tu vida a su providencia.
Oración
Señor, resiste en mí la soberbia y dame tu gracia. Ayúdame a someterme a ti y a rechazar el mal, a acercarme a ti con el corazón limpio y a no juzgar a mi hermano. Enséñame a vivir con humildad y confianza en tu voluntad. Amén.
Acerca del libro de Santiago
La carta de Santiago es un texto breve pero intenso, emparentado con la literatura sapiencial y muy cercano al sermón de la montaña. La tradición la atribuye a Santiago, llamado «el hermano del Señor», primer obispo de Jerusalén y mártir hacia el año 62. Se dirige a «las doce tribus de la Dispersión», es decir, a los cristianos dispersos, y su estilo recuerda a los Proverbios: exhortaciones concretas, imágenes vivas y una enorme exigencia moral. Su tema de fondo es la coherencia entre la fe y la vida. Santiago insiste en que la fe verdadera se manifiesta en obras: en la paciencia ante las pruebas, en el dominio de la lengua, en el trato igualitario con pobres y ricos y en la misericordia activa. Esta carta fue decisiva para la doctrina católica sobre la justificación, que el Concilio de Trento formuló frente a una lectura meramente intelectual de la fe: somos justificados por la gracia, y esa gracia produce frutos. En ella encontramos además dos pilares sacramentales: la unción de los enfermos, cuando los presbíteros oran y ungen con óleo al que sufre, y la confesión mutua de los pecados. Santiago no contradice a Pablo; completa su enseñanza mostrando la fe como una vida entera entregada a Cristo, el «Señor glorificado», fuente de la «corona de la vida» prometida a quienes le aman.
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