Baruc
Antiguo Testamento | 6 capítulos | 213 versículos
Capítulo 1
1 Este es el texto del libro que Baruc, hijo de Neriyías, hijo de Maaseías, hijo de Sedecías, hijo de Asadías, hijo de Jilquías, escribió en Babilonia,
2 el año quinto, el día siete del mes, en el tiempo en que los caldeos habían tomado e incendiado Jerusalén.
3 Baru leyó el texto de este libro a oídos de Jeconías, hijo de Yoyaquim, rey de Judá, y a oídos de todo el pueblo venido para escuchar el libro;
4 a oídos de las autoridades y de los hijos del rey, a oídos de los ancianos, a oídos del pueblo entero desde el menor al mayor, de todos los que habitaban en Babilonia, a orillas del río Sud.
5 Todos lloraron, ayunaron y oraron delante del Señor.
6 Luego reunieron dinero, según las posibilidades de cada uno,
7 y lo enviaron a Jerusalén, al sacerdote Joaquín, hijo de Jilquías, hijo de Salom, a los demás sacerdotes y a todo el pueblo que se encontraba con él en Jerusalén.
8 Y a Baruc, el día diez del mes de Siván, había tomado los objetos sagrados de la Casa del Señor que habían sido llevados del Templo, con ánimo de volverlos a llevar a la tierra de Judá; objetos de plata mandados hacer por Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá,
9 después que Nabucodonosor, rey de Babilonia, deportó de Jerusalén a Jeconías, a los príncipes, a los cerrajeros, a las autoridades y al pueblo de la tierra, llevándolos a Babilonia.
10 Se les decía: Ahí os enviamos dinero; comprad con él holocaustos, sacrificios por el pecado e incienso; haced oblaciones y ofrendas sobre el altar del Señor Dios nuestro.
11 Rogad por la vida de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y por la vida de su hijo Baltasar, para que sean sus días como los días del cielo sobre la tierra.
12 El Señor nos dará fuerzas e iluminará nuestros ojos para vivir a la sombra de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y a la sombra de su hijo Baltasar; les serviremos largos días y hallaremos gracia a sus ojos.
13 Rogad también por nosotros al Señor Dios nuestro, porque hemos pecado contra el Señor Dios nuestro, y todavía hoy no se ha retirado de nosotros el furor y la ira del Señor.
14 Y leed este libro que os mandamos para que hagáis lectura pública en la Casa del Señor, el día de la fiesta y en días oportunos.
15 Diréis: Al Señor Dios nuestro la justicia, a nosotros, en cambio, la confusión del rostro, como sucede en este día; a los hombres de Judá y a los habitantes de Jerusalén,
16 a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros sacerdotes, a nuestros profetas y a nuestros padres.
17 Porque hemos pecado ante el Señor,
18 le hemos desobedecido y no hemos escuchado la voz del Señor Dios nuestro siguiendo las órdenes que el Señor nos había puesto delante.
19 Desde el día en que el Señor sacó a nuestros padres del país de Egipto hasta el día de hoy hemos sido indóciles al Señor Dios nuestro y prestos en desoír su voz.
20 Por esto se nos han pegado los males y la maldición con que el Señor conminó a su siervo Moisés el día que sacó a nuestros padres del país de Egipto para darnos una tierra que mana leche y miel, como sucede en este día.
21 Nosotros no hemos escuchado la voz del Señor Dios nuestro de acuerdo con todas las palabras de los profetas que nos ha enviado,
22 sino que hemos sido, cada uno de nosotros según el capricho de su perverso corazón, a servir a dioses extraños, a hacer lo malo a los ojos del Señor Dios nuestro.
Reflexión del capítulo 1
El capítulo primero nos sitúa en Babilonia, el año quinto después de la caída de Jerusalén. Baruc, hijo de Neriyías, escribe el libro y lo lee ante Jeconías, rey de Judá, y ante todo el pueblo reunido a orillas del río Sud. La escena es sobrecogedora: al escuchar la palabra de Dios, «todos lloraron, ayunaron y oraron delante del Señor». Aquellos desterrados no se encierran en la queja; envían dinero a Jerusalén para que se ofrezcan holocaustos y sacrificios por el pecado, y piden que se ruegue por la vida de Nabucodonosor y de su hijo Baltasar, para poder vivir en paz bajo su gobierno. Después viene la confesión más importante: reconocen que «al Señor Dios nuestro pertenece la justicia, y a nosotros la confusión del rostro», porque desde el día en que salieron de Egipto hasta hoy fueron indóciles, desoyeron su voz y siguieron «cada uno el capricho de su perverso corazón», sirviendo a dioses extraños. Baruc nos enseña que la conversión comienza por llamar a las cosas por su nombre, sin excusas ni culpar a otros, y que incluso en tierra extranjera, sin Templo ni culto, un corazón humilde puede volver a Dios y encontrar camino de restauración.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy examina tu conciencia sin dramatizar ni justificarte: nombra ante Dios una desobediencia concreta —una omisión, una costumbre que sabes que no agrada al Señor— y haz un acto de contrición. Si puedes, acude esta semana al sacramento de la Reconciliación; ese es el gesto que transforma el lamento en esperanza.
Oración
Señor, a ti pertenece la justicia y a mí la confusión del rostro. Reconozco que te he desoído. Ten misericordia de mí, no por mis méritos, sino por tu Nombre, y devuélveme la paz. Amén.
Acerca del libro de Baruc
El libro de Baruc lleva el nombre del discípulo y secretario del profeta Jeremías, y la tradición lo presenta como el autor que recogió y transmitió estas páginas desde el destierro. La obra se sitúa en Babilonia, el año quinto después de la destrucción de Jerusalén por los caldeos, cuando el rey Jeconías y buena parte del pueblo vivían deportados a orillas del río Sud. Aunque el texto fue reunido y redactado en su forma final más tarde, refleja la fe de una comunidad que, lejos de su tierra y sin Templo, aprendió a orar, a confesar su pecado y a convertirse.
El libro reúne géneros muy distintos: una oración penitencial, una súplica por la restauración de Sión, un poema sobre la Sabiduría y un cántico de consuelo a Jerusalén; el capítulo sexto es la llamada «carta de Jeremías», una sátira contra la idolatría de Babilonia. En el centro de todo late la convicción de que el destierro no es el final: el mismo Dios que permitió la prueba promete reunir a sus hijos y devolverles la paz.
Los temas centrales son la confesión del pecado, la esperanza del perdón, la Sabiduría que se identifica con la Ley dada a Israel y la certeza de que la fidelidad de Dios es más fuerte que la infidelidad del pueblo. Baruc enseña a una comunidad humillada que la conversión sincera abre la puerta a la misericordia. La liturgia y la tradición católica han leído estas páginas en clave mesiánica: la Sabiduría que «apareció en la tierra y entre los hombres convivió» y el consuelo de la ciudad que se viste de gloria apuntan a Cristo, Sabiduría del Padre, que se hizo hombre para reunir a los hijos dispersos.
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