Baruc
Antiguo Testamento | 6 capítulos | 213 versículos
Capítulo 4
1 Ella es el libro de los preceptos de Dios, la Ley que subsiste eternamente: todos los que la retienen alcanzarán la vida, mas los que la abandonan morirán.
2 Vuelve, Jacob y abrázala, camina hacia el esplendor bajo su luz.
3 No des tu gloria a otro, ni tus privilegios a nación extranjera.
4 Felices somos, Israel, pues lo que agrada al Señor se nos ha revelado.
5 ¡Animo, pueblo mío, memorial de Israel!
6 Vendidos habéis sido a las naciones, mas no para la destrucción. Por haber provocado la ira de Dios, habéis sido entregados a los enemigos.
7 Pues irritasteis a vuestro Creador, sacrificando a los demonios y no a Dios.
8 Olvidasteis al Dios eterno, el que os sustenta, y afligisteis a Jerusalén, la que os crió.
9 Pues vio ella caer sobre vosotros la ira que viene de Dios, y dijo: Escuchad, vecinas de Sión: Dios me ha enviado un gran dolor:
10 he visto el cautiverio de mis hijos y mis hijas que el Eterno hizo venir sobre ellos.
11 Con gozo los había yo criado, y los he despedido con lágrimas y duelo.
12 Que nadie se regocije de mí, la viuda abandonada de tantos; estoy en soledad por los pecados de mis hijos, porque se desviaron de la Ley de Dios,
13 no conocieron sus decretos, no fueron por el camino de los mandamientos de Dios, ni siguieron las sendas de disciplina según su justicia.
14 ¡Que vengan las vecinas de Sión! Acordaos del cautiverio de mis hijos y mis hijas, que el Eterno hizo venir sobre ellos.
15 Pues él trajo sobre ellos una nación de lejos, nación insolente, de lenguaje extraño, que no respetó al anciano, ni del niño tuvo compasión,
16 se llevó a los hijos amados de la viuda, y la dejó sola, privada de sus hijas.
17 Y yo ¿cómo puedo ayudaros?
18 Aquel que trajo sobre vosotros los males os librará de la mano de vuestros enemigos.
19 Andad, hijos, andad vuestro camino, que yo me he quedado sola.
20 Me ha quitado el vestido de paz, me he puesto el sayal de mis súplicas, clamaré al Eterno mientras viva.
21 Animo, hijos, clamad al Señor: el os librará de la tiranía y de la mano de vuestros enemigos.
22 Yo espero del Eterno vuestra salvación, del Santo me ha venido la alegría, por la misericordia que llegará pronto a vosotros de parte del Eterno, vuestro Salvador.
23 Os despedí con duelo y lágrimas, pero Dios os devolverá a mí entre contento y regocijo para siempre.
24 Y como las vecinas de Sión ven ahora vuestro cautiverio, así verán pronto vuestra salvación de parte de Dios, que os llegará con gran gloria y resplandor del Eterno.
25 Hijos, soportad con paciencia la ira que de parte de Dios os ha sobrevenido. Te ha perseguido tu enemigo, pero pronto verás su ruina y en su cerviz pondrás tu pie.
26 Mis hijos más delicados han marchado por ásperos caminos, han sido llevados como rebaño arrebatado por enemigos.
27 ¡Animo, hijos, clamad a Dios! pues el que os trajo esto se acordará de vosotros;
28 y como vuestro pensamiento sólo fue de alejaros de Dios, vueltos a él, buscadle con ardor diez veces mayor.
29 Pues el que trajo sobre vosotros estos males os traerá la alegría eterna con vuestra salvación.
30 ¡Animo, Jerusalén!: te consolará Aquel que te dio nombre.
31 Desdichados los que te hicieron daño y se alegraron de tu caída.
32 Desdichadas las ciudades a las que sirvieron tus hijos. desdichada la que a tus hijos recibió.
33 Pues como se alegró de tu caída y de tu ruina se regocijó, así se afligirá por su desolación.
34 Yo le quitaré su alborozo de ciudad bien poblada y en duelo se trocará su orgullo.
35 Fuego vendrá sobre ella de parte del Eterno por largos días, y será morada de demonios durante mucho tiempo.
36 Mira hacia Oriente, Jerusalén, y ve la alegría que te viene de Dios.
37 Mira, llegan tus hijos, a los que despediste, vuelven reunidos desde oriente a accidente, a la voz del Santo, alegres de la gloria de Dios.
Reflexión del capítulo 4
El capítulo cuarto comienza identificando la Sabiduría con «el libro de los preceptos de Dios, la Ley que subsiste eternamente»: quien la retiene alcanza la vida, quien la abandona muere. Por eso el pueblo es invitado a volver, a caminar hacia el esplendor bajo su luz y a no dar su gloria a otra nación. La segunda parte del capítulo es un conmovedor lamento de Jerusalén, personificada como madre viuda. Ella ve el cautiverio de sus hijos y sus hijas, reconoce que fueron llevados por haberse desviado de la Ley y se dirige a las «vecinas de Sión» para que se acuerden de su dolor. Pero no se queda en la tristeza: anima a sus hijos a clamar al Señor, les asegura que quien trajo sobre ellos los males también los librará, y les promete que «Dios os devolverá a mí entre contento y regocijo para siempre». El capítulo cierra con una mirada de esperanza: «Mira hacia Oriente, Jerusalén, y ve la alegría que te viene de Dios», porque los hijos despedidos vuelven reunidos desde oriente a occidente. Baruc nos enseña que la verdadera madre —y la verdadera comunidad de fe— no retiene a sus hijos en la culpa, sino que los envía de nuevo a Dios y espera su regreso con esperanza.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Si tienes hijos, nietos o personas a tu cargo, dedica hoy un momento a bendecirlos en voz baja, sobre todo si están lejos o atraviesan una etapa difícil. En lugar de reprocharles el pasado, háblales con esperanza y confíalos a Dios, como hace Jerusalén con sus hijos desterrados.
Oración
Señor, tú eres la Ley que da vida y el Padre que espera el regreso de sus hijos. Vuelve tu rostro hacia los que están lejos y consuela a quien llora por ellos. Que todos volvamos a ti reunidos y alegres. Amén.
Acerca del libro de Baruc
El libro de Baruc lleva el nombre del discípulo y secretario del profeta Jeremías, y la tradición lo presenta como el autor que recogió y transmitió estas páginas desde el destierro. La obra se sitúa en Babilonia, el año quinto después de la destrucción de Jerusalén por los caldeos, cuando el rey Jeconías y buena parte del pueblo vivían deportados a orillas del río Sud. Aunque el texto fue reunido y redactado en su forma final más tarde, refleja la fe de una comunidad que, lejos de su tierra y sin Templo, aprendió a orar, a confesar su pecado y a convertirse.
El libro reúne géneros muy distintos: una oración penitencial, una súplica por la restauración de Sión, un poema sobre la Sabiduría y un cántico de consuelo a Jerusalén; el capítulo sexto es la llamada «carta de Jeremías», una sátira contra la idolatría de Babilonia. En el centro de todo late la convicción de que el destierro no es el final: el mismo Dios que permitió la prueba promete reunir a sus hijos y devolverles la paz.
Los temas centrales son la confesión del pecado, la esperanza del perdón, la Sabiduría que se identifica con la Ley dada a Israel y la certeza de que la fidelidad de Dios es más fuerte que la infidelidad del pueblo. Baruc enseña a una comunidad humillada que la conversión sincera abre la puerta a la misericordia. La liturgia y la tradición católica han leído estas páginas en clave mesiánica: la Sabiduría que «apareció en la tierra y entre los hombres convivió» y el consuelo de la ciudad que se viste de gloria apuntan a Cristo, Sabiduría del Padre, que se hizo hombre para reunir a los hijos dispersos.
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