Lamentaciones

Antiguo Testamento | 5 capítulos | 154 versículos

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Capítulo 1 de 5

Capítulo 1

1 Alef. ¡Cómo, ay, yace solitaria la Ciudad populosa! Como una viuda se ha quedado la grande entre las naciones. La Princesa entre las provincias sujeta está a tributo.

2 Bet. Llora que llora por la noche, y las lágrimas surcan sus mejillas. Ni uno hay que la consuele entre todos sus amantes. Todos sus amigos la han traicionado, ¡se le han trocado en enemigos!

3 Guímel. Judá está desterrada, en postración y en extrema servidumbre. Sentada entre las naciones, no encuentra sosiego. La alcanzan todos sus perseguidores entre las angosturas.

4 Dálet. Las calzadas de Sión están de luto, que nadie viene a las solemnidades. Todas sus puertas desoladas, sus sacerdotes gimiendo, afligidas sus vírgenes, ¡y ella misma en amargura!

5 He. Sus adversarios están a la cabeza, sus enemigos bien felices, porque Yahveh la ha afligido por sus muchos delitos. Sus niños han partido al cautiverio delante del adversario.

6 Vau. De la hija de Sión se ha ido todo su esplendor. Sus príncipes son como ciervos que no encuentran pasto, caminando van sin fuerzas delante del hostigador.

7 Zain. Jerusalén recuerda sus días de miseria y vida errante, cuando a manos del adversario sucumbía su pueblo, sin que nadie viniera en su ayuda. Los adversarios la miraban, riéndose de su ruina.

8 Jet. Mucho ha pecado Jerusalén, por eso se ha hecho cosa impura. Todos los que la honraban la desprecian, porque han visto su desnudez; y ella misma gime y se vuelve de espaldas.

9 Tet. Su inmundicia se pega a su ropa; no pensó ella en su fin, ¡y ha caído asombrosamente! No hay quien la consuele. «¡Mira, Yahveh, mi miseria, que el enemigo se agiganta!»

10 Yod. El adversario ha echado mano a todos sus tesoros; ha visto ella a las gentes entrar en su santuario, aquellos de quienes tú ordenaste: «¡No entrarán en tu asamblea!»

11 Kaf. Su pueblo entero gime buscando pan; dan sus tesoros a cambio de alimento, por recobrar la vida. «Mira, Yahveh, y contempla qué envilecida estoy.»

12 Lámed. Vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta, con el que Yahveh me ha herido el día de su ardiente cólera.

13 Mem. Ha lanzado fuego de lo alto, lo ha metido en mis huesos. Ante mis pies ha tendido una red, me ha tirado hacia atrás; me ha dejado desolada, todo el día dolorida.

14 Nun. Ligado ha sido el yugo de mis delitos, entrelazados por su mano. Sobre mi cuello su yugo doblega mi vigor. El Señor me ha dejado a merced de ellos, ¡ya no puedo tenerme!

15 Sámek. Ha desechado a todos mis valientes de en medio de mí el Señor. Ha convocado un concejo contra mí para acabar con mis jóvenes. El Señor ha pisado en lagar a la virgen, hija de Judá.

16 Ain. Por esto lloro yo; mi ojo, mi ojo se va en agua, porque está lejos de mí el consolador que reanime mi alma. Mis hijos están desolados, porque ha ganado el enemigo.

17 Pe. Tiende Sión sus manos: ¡no hay quien la consuele! Ha mandado Yahveh contra Jacob sus adversarios por doquier; Jerusalén se ha hecho cosa impura en medio de ellos.

18 Sade. Justo, justo es Yahveh, porque yo he sido indócil a sus órdenes. Escuchad, pues, pueblos todos, y mirad mi dolor. Mis doncellas y mis jóvenes han ido al cautiverio.

19 Qof. He llamado a mis amantes: me han traicionado ellos. Mis sacerdotes y mis ancianos han expirado en la ciudad, mientras se buscaban alimento por recobrar la vida.

20 Res. ¡Mira, Yahveh, que estoy en angustias! ¡Me hierven las entrañas, el corazón se me retuerce dentro, pues he sido muy rebelde! Afuera, la espada priva de hijos, en casa es como la muerte.

21 Sin. ¡Oye cómo gimo: no hay quien me consuele! Todos mis enemigos, enterados de mi mal, se alegran de lo que tú has hecho. ¡Haz que llegue el Día que tienes anunciado, para que sean como yo!

22 Tau. ¡Llegue ante ti toda su maldad, y trátalos como a mí me trataste por todos mis delitos! Pues son muchos mis gemidos, y languidece mi corazón.

Reflexión del capítulo 1

El primer poema contempla Jerusalén como una viuda sentada en la soledad, la ciudad antes populosa que ahora no tiene quien la consuele. Cada imagen sube el tono del luto: las calles que antes rebosaban peregrinos están de luto, las puertas cerradas, los sacerdotes gimiendo, las doncellas afligidas. La voz que habla no es la de un espectador lejano, sino la de la propia ciudad que reconoce su culpa. Sus antiguos aliados, aquellos amantes en los que confió, la han traicionado y ahora se han vuelto sus enemigos; el pueblo ha sido deportado y los tesoros saqueados, incluso del santuario. En medio del desconsuelo hay una frase que lo cambia todo: la ciudad declara que el Señor es justo, porque ella fue rebelde. No hay aquí autocompasión ni excusa: hay verdad reconocida. Y precisamente desde esa verdad brota la súplica, la petición de que Dios mire su angustia, que es la oración del que sabe que, aunque nadie más escuche, Dios sigue siendo testigo. El capítulo nos enseña que el dolor más honesto no es el que niega la culpa, sino el que la entrega a Dios y sigue esperando de él una palabra de consuelo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy podemos revisar dónde buscamos consuelo cuando algo se derrumba: en alianzas, en éxitos, en personas que quizá no podrán sostenernos. Lamentaciones invita a nombrar el dolor con sinceridad y a llevarlo a Dios antes que a cualquier otra puerta. Dedica unos minutos a contarle al Señor, sin adornos, lo que te pesa, y a reconocer delante de él lo que necesites reconocer, sin esconderte ni dramatizar.

Oración

Señor, cuando todo se derrumba y nadie parece escucharme, tú sigues siendo testigo de mi vida. Enséñame a llamarte con sinceridad, a reconocer mis culpas sin desesperar y a esperar de ti el consuelo que solo tú puedes dar. Amén.

Acerca del libro de Lamentaciones

El libro de las Lamentaciones reúne cinco poemas de duelo compuestos a raíz de la destrucción de Jerusalén y de su Templo a manos de Babilonia, en el año 587 antes de Cristo. La tradición los atribuyó a Jeremías, el profeta que lloró sobre la ciudad condenada, y aunque hoy se reconoce que varios autores pudieron darles forma, el vínculo con su figura expresa bien el tono del libro: la voz de un creyente que no se resigna a callar el dolor ante Dios. Su nombre hebreo, tomado de la primera palabra, significa «¡Cómo!», el grito de estupor ante una ruina inconcebible.

Cuatro de los cinco poemas son acrósticos: cada estrofa comienza con una letra del alfabeto hebreo, como si el dolor quisiera abarcarlo todo, de la primera letra a la última. El tercero, el más largo, coloca en su centro una de las confesiones más luminosas de toda la Escritura: que la misericordia del Señor no se agota y se renueva cada mañana.

Los temas del libro son el juicio merecido por el pecado, la devastación del culto y de la vida social, la ausencia de consuelo humano y, sobre todo, la oración que se atreve a hablar a Dios desde la ceniza. Lamentaciones no ofrece una respuesta fácil al sufrimiento; enseña, más bien, a sostenerse en la confianza cuando toda explicación falta.

Para la fe católica este libro es escuela de oración en el sufrimiento. La liturgia lo proclama en los días santos, especialmente el Viernes Santo, porque en los labios del Siervo doliente y de la Iglesia peregrina resuena la voz del mismo Cristo que carga con el pecado del mundo. Leerlo es aprender a no huir del dolor ajeno, sino a llorarlo con esperanza ante el único que puede renovarlo todo.

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