Lamentaciones
Antiguo Testamento | 5 capítulos | 154 versículos
Capítulo 3
1 Alef. Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor.
2 El me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz.
3 Contra mí solo vuelve él y revuelve su mano todo el día.
4 Bet. Mi carne y mi piel ha consumido, ha quebrado mis huesos.
5 Ha levantado contra mí en asedio amargor y tortura.
6 Me ha hecho morar en las tinieblas, como los muertos para siempre.
7 Guímel. Me ha emparedado y no puedo salir; ha hecho pesadas mis cadenas.
8 Aun cuando grito y pido auxilio, él sofoca mi súplica.
9 Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos.
10 Dálet. Oso en acecho ha sido para mí, león en escondite.
11 Intrincando mis caminos, me ha desgarrado, me ha dejado hecho un horror.
12 Ha tensado su arco y me ha fijado como blanco de sus flechas.
13 He. Ha clavado en mis lomos los hijos de su aljaba.
14 De todo mi pueblo me he hecho la irrisión, su copla todo el día.
15 El me ha colmado de amargura, me ha abrevado con ajenjo.
16 Vau. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza.
17 Mi alma está alejada de la paz, he olvidado la dicha.
18 Digo: ¡Ha fenecido mi vigor, y la esperanza que me venía de Yahveh!
19 Zain. Recuerda mi miseria y vida errante: ¡es ajenjo y amargor!
20 Lo recuerda, lo recuerda, y se hunde mi alma en mí.
21 Esto revolveré en mi corazón, por ello esperaré:
22 Jet. Que el amor de Yahveh no se ha acabado, ni se ha agotado su ternura;
23 cada mañana se renuevan: ¡grande es tu lealtad!
24 «¡Mi porción es Yahveh, dice mi alma, por eso en él espero!»
25 Tet. Bueno es Yahveh para el que en él espera, para el alma que le busca.
26 Bueno es esperar en silencio la salvación de Yahveh.
27 Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud.
28 Yod. Que se siente solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone;
29 que ponga su boca en el polvo: quizá haya esperanza;
30 que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios.
31 Kaf. Porque no desecha para siempre a los humanos el Señor:
32 si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso amor;
33 pues no de corazón humilla él ni aflige a los hijos de hombre.
34 Lámed. Cuando se aplasta bajo el pie a todos los cautivos de un país,
35 cuando se tuerce el derecho de un hombre ante la faz del Altísimo,
36 cuando se causa entuerto a un hombre en su proceso, ¿el Señor no lo ve?
37 Mem. ¿Quién habló y ello fue? ¿No es el Señor el que decide?
38 ¿No salen de la boca del Altísimo los males y los bienes?
39 ¿De qué, pues, se queja el hombre? ¡Que sea hombre contra sus pecados!
40 Nun. Examinemos nuestros caminos, escudriñémoslos, y convirtámonos a Yahveh.
41 Alcemos nuestro corazón y nuestras manos al Dios que está en los cielos.
42 Nosotros hemos sido rebeldes y traidores: ¡Tú no has perdonado!
43 Sámek. Te has envuelto en cólera y nos has perseguido, has matado sin piedad;
44 te has arropado en una nube para que no pasara la oración;
45 basura y abyección nos has hecho en medio de los pueblos.
46 Pe. Abren su boca contra nosotros todos nuestros enemigos.
47 Terror y fosa es nuestra suerte, desolación y ruina.
48 Arroyos de lágrimas derraman mis ojos por la ruina de la hija de mi pueblo.
49 Ain. Mis ojos fluyen y no cesan; ya no hay alivio
50 hasta que mire y vea Yahveh desde los cielos.
51 Me hacen daño mis ojos por todas las hijas de mi ciudad.
52 Sade. Cazar me cazaron como a un pájaro, mis enemigos sin motivo.
53 Sofocaron mi vida en una fosa y echaron piedras sobre mí.
54 Sumergieron las aguas mi cabeza, dije: «¡Estoy perdido!»
55 Qof. Invoqué tu Nombre, Yahveh, desde la hondura de la fosa.
56 Tú oíste mi grito: «¡No cierres tu oído a mi oración que pide ayuda!»
57 Te acercaste el día en que te invocaba, dijiste: «¡No temas!»
58 Res. Tú has defendido, Señor, la causa de mi alma, mi vida has rescatado.
59 Has visto, Yahveh, el entuerto que me hacían: ¡lleva tú mi juicio!
60 Has visto toda su venganza, todos sus planes contra mí.
61 Sin. Has oído sus insultos, Yahveh, todos sus planes contra mí,
62 los labios de mis agresores y sus tramas, contra mí todo el día.
63 Estén sentados o en pie, mira: yo soy la copla de ellos.
64 Tau. Retribúyeles, Yahveh, según la obra de sus manos.
65 Dales embotamiento de corazón, ¡tu maldición sobre ellos!
66 ¡Persíguelos con saña, extírpalos de debajo de tus cielos!
Reflexión del capítulo 3
El tercer poema es el corazón del libro y uno de los textos más hondos de la Biblia. Comienza con la voz de alguien que se presenta como quien ha conocido la miseria bajo la vara de la ira divina: se siente empujado a caminar en tinieblas, cercado, con los caminos bloqueados, tratado como una fiera acechada por un cazador. Llega incluso a decir que ha olvidado la felicidad y que su esperanza en el Señor se ha extinguido. Pero en el punto más bajo, cuando parece que ya no hay nada que decir, surge un giro inesperado: el poeta recuerda algo, y precisamente en ese recuerdo vuelve a esperar. Lo que recuerda es que el amor del Señor no se ha acabado ni su ternura se ha agotado, que cada mañana se renuevan y que grande es su fidelidad. De ahí nacen las frases que la Iglesia repite sin cesar: que el Señor es bueno con quien espera en él y que es bueno esperar en silencio su salvación. El capítulo no niega el dolor ni lo explica; lo atraviesa con una confianza que no depende de las circunstancias. Después el poeta invita a examinar los propios caminos y a volver al Señor, y recuerda que, desde el fondo de la fosa, su grito fue escuchado y le llegó la palabra que disipa el miedo.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
La esperanza bíblica no es optimismo, sino memoria agradecida: recordar que Dios ha sido fiel incluso cuando no lo sentíamos. Hoy dedica un tiempo a traer a la memoria un momento en que el Señor te sostuvo, y deja que ese recuerdo alimente tu confianza en la prueba presente. Examina también tu camino y da un paso concreto de conversión, aunque sea pequeño.
Oración
Señor, tu misericordia se renueva cada mañana y tu fidelidad es grande. Cuando no vea salida, ayúdame a recordar tu bondad pasada y a esperar en silencio tu salvación. Examina mi corazón y hazme volver a ti. Amén.
Acerca del libro de Lamentaciones
El libro de las Lamentaciones reúne cinco poemas de duelo compuestos a raíz de la destrucción de Jerusalén y de su Templo a manos de Babilonia, en el año 587 antes de Cristo. La tradición los atribuyó a Jeremías, el profeta que lloró sobre la ciudad condenada, y aunque hoy se reconoce que varios autores pudieron darles forma, el vínculo con su figura expresa bien el tono del libro: la voz de un creyente que no se resigna a callar el dolor ante Dios. Su nombre hebreo, tomado de la primera palabra, significa «¡Cómo!», el grito de estupor ante una ruina inconcebible.
Cuatro de los cinco poemas son acrósticos: cada estrofa comienza con una letra del alfabeto hebreo, como si el dolor quisiera abarcarlo todo, de la primera letra a la última. El tercero, el más largo, coloca en su centro una de las confesiones más luminosas de toda la Escritura: que la misericordia del Señor no se agota y se renueva cada mañana.
Los temas del libro son el juicio merecido por el pecado, la devastación del culto y de la vida social, la ausencia de consuelo humano y, sobre todo, la oración que se atreve a hablar a Dios desde la ceniza. Lamentaciones no ofrece una respuesta fácil al sufrimiento; enseña, más bien, a sostenerse en la confianza cuando toda explicación falta.
Para la fe católica este libro es escuela de oración en el sufrimiento. La liturgia lo proclama en los días santos, especialmente el Viernes Santo, porque en los labios del Siervo doliente y de la Iglesia peregrina resuena la voz del mismo Cristo que carga con el pecado del mundo. Leerlo es aprender a no huir del dolor ajeno, sino a llorarlo con esperanza ante el único que puede renovarlo todo.
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