Lamentaciones

Antiguo Testamento | 5 capítulos | 154 versículos

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Capítulo 5 de 5

Capítulo 5

1 ¡Acuérdate, Yahveh, de lo que nos ha sobrevenido, mira y ve nuestro oprobio!

2 Nuestra heredad ha pasado a extranjeros, nuestras casas a extraños.

3 Somos huérfanos, sin padre; nuestras madres, como viudas.

4 A precio de plata bebemos nuestra agua, nuestra leña nos llega por dinero.

5 El yugo a nuestro cuello, andamos acosados; estamos agotados, no se nos da respiro.

6 Hacia Egipto tendemos nuestra mano, hacia Asur para quitar el hambre.

7 Nuestros padres pecaron: ya no existen; y nosotros cargamos con sus culpas.

8 Esclavos nos dominan, nadie nos libra de su mano.

9 A riesgo de la vida logramos nuestro pan, afrontando la espada del desierto.

10 Nuestra piel abrasa como un horno, a causa del ardor del hambre.

11 Han violado a las mujeres en Sión, a las vírgenes en las ciudades de Judá.

12 Colgados fueron por sus manos los príncipes; la faz de los ancianos no ha sido respetada.

13 Han arrastrado la muela los muchachos, bajo la leña se han doblado los niños.

14 Los ancianos han dejado de acudir a la puerta, los muchachos han parado sus cantares.

15 Ha cesado la alegría de nuestro corazón, se ha trocado en duelo nuestra danza.

16 Ha caído la corona de nuestra cabeza. ¡Ay de nosotros, que hemos pecado!

17 Por eso está dolorido nuestro corazón, por eso se nublan nuestros ojos:

18 por el monte Sión, que está asolado; ¡las raposas merodean en él!

19 Mas tú, Yahveh, para siempre te sientas; ¡tu trono de generación en generación!

20 ¿Por qué has de olvidarnos para siempre, por qué toda la vida abandonarnos?

21 ¡Haznos volver a ti, Yahveh, y volveremos. Renueva nuestros días como antaño,

22 si es que no nos has desechado totalmente, irritado contra nosotros sin medida!

Reflexión del capítulo 5

El libro se cierra con una oración comunitaria que ya no es acróstico: el dolor se ha vuelto demasiado directo para sujetarse a un molde. El pueblo se presenta ante Dios sin recursos y enumera su desgracia: la heredad pasó a extranjeros, las casas a desconocidos, quedaron huérfanos y viudas, el agua y la leña hay que comprarlas, el yugo pesa sobre el cuello y hasta los esclavos los dominan. Reconocen que sus padres pecaron y que ellos cargan las consecuencias, y no disimulan la humillación de las mujeres ultrajadas y los ancianos despojados de respeto. La alegría ha cesado, la danza se ha vuelto duelo y la corona ha caído de la cabeza. Pero en el centro de esa confesión hay una afirmación que sostiene todo: el Señor permanece para siempre y su trono de generación en generación. Frente a una ciudad en ruinas y un pueblo disperso, Dios no cambia. Por eso la última palabra del libro no es la queja, sino la súplica confiada: haznos volver a ti, y volveremos; devuélvenos los días de antes. Es la oración de quien sabe que la restauración no vendrá de sus propias fuerzas, sino de la iniciativa misericordiosa de Dios.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Reconocer la propia pobreza ante Dios es el comienzo de la renovación. Hoy puedes hacer tuya esa súplica: nombrar delante del Señor lo que se ha roto en tu vida o en tu comunidad, sin culpar a otros, y pedirle que él mismo te haga volver. Termina con un acto de confianza en su fidelidad, sabiendo que él permanece cuando todo lo demás cambia.

Oración

Señor, tú permaneces para siempre y tu trono no tiene fin. Mira nuestra ruina y nuestra pobreza, haznos volver a ti, y volveremos; devuélvenos los días de antes y no permitas que la desesperanza tenga la última palabra. Amén.

Acerca del libro de Lamentaciones

El libro de las Lamentaciones reúne cinco poemas de duelo compuestos a raíz de la destrucción de Jerusalén y de su Templo a manos de Babilonia, en el año 587 antes de Cristo. La tradición los atribuyó a Jeremías, el profeta que lloró sobre la ciudad condenada, y aunque hoy se reconoce que varios autores pudieron darles forma, el vínculo con su figura expresa bien el tono del libro: la voz de un creyente que no se resigna a callar el dolor ante Dios. Su nombre hebreo, tomado de la primera palabra, significa «¡Cómo!», el grito de estupor ante una ruina inconcebible.

Cuatro de los cinco poemas son acrósticos: cada estrofa comienza con una letra del alfabeto hebreo, como si el dolor quisiera abarcarlo todo, de la primera letra a la última. El tercero, el más largo, coloca en su centro una de las confesiones más luminosas de toda la Escritura: que la misericordia del Señor no se agota y se renueva cada mañana.

Los temas del libro son el juicio merecido por el pecado, la devastación del culto y de la vida social, la ausencia de consuelo humano y, sobre todo, la oración que se atreve a hablar a Dios desde la ceniza. Lamentaciones no ofrece una respuesta fácil al sufrimiento; enseña, más bien, a sostenerse en la confianza cuando toda explicación falta.

Para la fe católica este libro es escuela de oración en el sufrimiento. La liturgia lo proclama en los días santos, especialmente el Viernes Santo, porque en los labios del Siervo doliente y de la Iglesia peregrina resuena la voz del mismo Cristo que carga con el pecado del mundo. Leerlo es aprender a no huir del dolor ajeno, sino a llorarlo con esperanza ante el único que puede renovarlo todo.

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