Lamentaciones

Antiguo Testamento | 5 capítulos | 154 versículos

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Capítulo 2 de 5

Capítulo 2

1 Alef. ¡Cómo, ay, ha anublado, en su cólera, el Señor a la hija de Sión! ¡Del cielo a la tierra ha precipitado el esplendor de Israel, sin acordarse del estrado de sus pies, en el día de su cólera!

2 Bet. El Señor ha destruido sin piedad todas las moradas de Jacob; ha derruido, en su furor, las fortalezas de la hija de Judá; por tierra ha echado, ha profanado al reino y a sus príncipes.

3 Guímel. En el ardor de su cólera ha quebrado todo el vigor de Israel; ha echado atrás su diestra de frente al enemigo; ha prendido en Jacob como fuego llameante que devora a la redonda.

4 Dálet. Ha tensado su arco, igual que un enemigo, ha afirmado su diestra; como un adversario ha matado a todos los que eran encanto de los ojos; en la tienda de la hija de Sión ha vertido su furor como fuego.

5 He. Se ha portado el Señor como enemigo; ha destruido a Israel, ha destruido todos sus palacios, ha derruido sus fortalezas, ha acumulado en la hija de Judá gemidos y gemidos.

6 Vau. Ha forzado, como a un huerto, su cerca, ha derruido su lugar de reunión. Ha hecho olvidar Yahveh en Sión solemnidades y sábados; ha desechado en el ardor de su cólera a rey y sacerdote.

7 Zain. El Señor ha rechazado su altar, su santuario ha desdeñado; ha dejado a merced del enemigo los muros de sus palacios; ¡gritos se dieron en la Casa de Yahveh, como en día solemne!

8 Jet. Yahveh decidió destruir la muralla de la hija de Sión. Tiró el cordel, y no retrajo su mano de arrasar; ha envuelto en luto antemural y muro, que a la vez se desmoronan.

9 Tet. Sus puertas en tierra se han hundido, él ha deshecho y roto sus cerrojos; su rey y sus príncipes están entre las gentes; ¡ya no hay Ley! Y tampoco sus profetas logran visiones de Yahveh.

10 Yod. En tierra están sentados, en silencio, los ancianos de la hija de Sión; se han echado polvo en su cabeza, se han ceñido de sayal. Inclinan su cabeza hasta la tierra las vírgenes de Jerusalén.

11 Kaf. Se agotan de lágrimas mis ojos, las entrañas me hierven, mi hígado por tierra se derrama, por el desastre de la hija de mi pueblo, mientras desfallecen niños y lactantes en las plazas de la ciudad.

12 Lámed. Dicen ellos a sus madres: «¿Dónde hay pan?», mientras caen desfallecidos, como víctimas, en las plazas de la ciudad, mientras exhalan el espíritu en el regazo de sus madres.

13 Mem. ¿A quién te compararé? ¿A quién te asemejaré, hija de Jerusalén? ¿Quién te podrá salvar y consolar, virgen, hija de Sión? Grande como el mar es tu quebranto: ¿quién te podrá curar?

14 Nun. Tus profetas vieron para ti visiones de falsedad e insipidez. No revelaron tu culpa, para cambiar tu suerte. Oráculos tuvieron para ti de falacia e ilusión.

15 Sámek. Sobre ti baten palmas todos los que pasan de camino; silban y menean la cabeza sobre la hija de Jerusalén. «¿Esa es la ciudad que llamaban la Hermosa, la alegría de toda la tierra?»

16 Pe. Abren su boca contra ti todos tus enemigos; silban y rechinan de dientes, dicen: «¡Nos la hemos tragado! ¡Ah, éste es el Día que esperábamos! 11 Ya lo alcanzamos, ya lo vemos!»

17 Ain. Yahveh ha hecho lo que había resuelto, ha cumplido su palabra que había empeñado desde antiguo; ha destruido sin piedad; ha hecho alegrarse sobre ti al enemigo, ha exaltado la frente de tus adversarios.

18 Sade. ¡Clama, pues, al Señor, muralla de la hija de Sión; deja correr a torrentes tus lágrimas, durante día y noche; no te concedas tregua, no cese la niña de tu ojo!

19 Qof. ¡En pie, lanza un grito en la noche, cuando comienza la ronda; como agua tu corazón derrama ante el rostro del Señor, alza tus manos hacia él por la vida de tus pequeñuelos (que de hambre desfallecen por las esquinas de todas las calles)!

20 Res. Mira, Yahveh, y considera: ¿a quién has tratado de esta suerte? ¿Tenían las mujeres que comer sus frutos, a sus niños de pecho? ¿Tenían que ser asesinados en el santuario del Señor sacerdote y profeta?

21 Sin. Por tierra yacen en las calles niños y ancianos; mis vírgenes y mis jóvenes cayeron a cuchillo; ¡has matado en el día de tu cólera, has inmolado sin piedad!

22 Tau. Como en día solemne congregaste por todo el ámbito terrores; no hubo en el día de la ira de Yahveh fugitivo ni evadido. Los que yo había criado y mantenido mi enemigo los exterminó.

Reflexión del capítulo 2

El segundo poema es el más oscuro del libro: ya no describe enemigos humanos, sino a Dios mismo que aparece como adversario. La imagen es sobrecogedora, porque el Señor, que había sido refugio de su pueblo, es presentado como quien ha derruido sus fortalezas y ha rechazado su altar y su santuario. Los muros que parecían invulnerables han caído, y con ellos han desaparecido la fiesta y el sábado, la Ley y los profetas. Los ancianos se sientan en silencio con polvo sobre la cabeza y los niños desfallecen de hambre en las plazas. Hay, además, una acusación terrible: los profetas vieron visiones falsas y no descubrieron la culpa del pueblo, engañándolo con ilusiones de paz. Pero en medio del derrumbe el poema no se cierra en la desesperanza: llama a clamar al Señor día y noche, a derramar el corazón como agua delante de él y a alzar las manos por la vida de los pequeños. La oración sigue siendo posible cuando ya no queda nada más. Ese es el aprendizaje del capítulo: incluso cuando todo parece indicar que Dios está lejos, el creyente está llamado a gritar hacia él, y a hacerlo no solo por sí mismo, sino por los más frágiles.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cuando la desolación llega, la tentación es callar y encerrarse. El capítulo nos pide orar precisamente entonces, y orar también por quienes sufren más que nosotros. Haz hoy una oración explícita por alguien que esté atravesando una pérdida o una crisis, y no dejes de presentar a Dios tu propia noche con palabras sencillas y confiadas, sin adornos. Orar por otros en su noche ensancha el corazón y lo une al de Cristo.

Oración

Señor, cuando todo se oscurece y no encuentro salida, tú sigues siendo el que escucha el clamor. Recibe mi oración y la de los que sufren; que mi corazón no se cierre, sino que aprenda a clamar a ti día y noche con confianza. Amén.

Acerca del libro de Lamentaciones

El libro de las Lamentaciones reúne cinco poemas de duelo compuestos a raíz de la destrucción de Jerusalén y de su Templo a manos de Babilonia, en el año 587 antes de Cristo. La tradición los atribuyó a Jeremías, el profeta que lloró sobre la ciudad condenada, y aunque hoy se reconoce que varios autores pudieron darles forma, el vínculo con su figura expresa bien el tono del libro: la voz de un creyente que no se resigna a callar el dolor ante Dios. Su nombre hebreo, tomado de la primera palabra, significa «¡Cómo!», el grito de estupor ante una ruina inconcebible.

Cuatro de los cinco poemas son acrósticos: cada estrofa comienza con una letra del alfabeto hebreo, como si el dolor quisiera abarcarlo todo, de la primera letra a la última. El tercero, el más largo, coloca en su centro una de las confesiones más luminosas de toda la Escritura: que la misericordia del Señor no se agota y se renueva cada mañana.

Los temas del libro son el juicio merecido por el pecado, la devastación del culto y de la vida social, la ausencia de consuelo humano y, sobre todo, la oración que se atreve a hablar a Dios desde la ceniza. Lamentaciones no ofrece una respuesta fácil al sufrimiento; enseña, más bien, a sostenerse en la confianza cuando toda explicación falta.

Para la fe católica este libro es escuela de oración en el sufrimiento. La liturgia lo proclama en los días santos, especialmente el Viernes Santo, porque en los labios del Siervo doliente y de la Iglesia peregrina resuena la voz del mismo Cristo que carga con el pecado del mundo. Leerlo es aprender a no huir del dolor ajeno, sino a llorarlo con esperanza ante el único que puede renovarlo todo.

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