Jeremías
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos
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Capítulo 1 de 52Capítulo 1
1 Palabras de Jeremías, hijo de Jilquías, de los sacerdotes de Anatot, en la tierra de Benjamín,
2 a quien fue dirigida la palabra de Yahveh en tiempo de Josías, hijo de Amón, rey de Judá, en el año trece de su reinado,
3 y después en tiempo de Yoyaquim, hijo de Josías, rey de Judá, hasta cumplirse el año undécimo de Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá, o sea, hasta la deportación de Jerusalén en el mes quinto.
4 Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos:
5 Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí.
6 Yo dije: «¡Ah, Señor Yahveh! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho.»
7 Y me dijo Yahveh: No digas: «Soy un muchacho», pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás.
8 No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte - oráculo de Yahveh -.
9 Entonces alargó Yahveh su mano y tocó mi boca. Y me dijo Yahveh: Mira que he puesto mis palabras en tu boca.
10 Desde hoy mismo te doy autoridad sobre las gentes y sobre los reinos para extirpar y destruir, para peder y derrocar, para reconstruir y plantar.
11 Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: «¿Qué estás viendo, Jeremías?» «Una rama de almendro estoy viendo.»
12 Y me dijo Yahveh: «Bien has visto. Pues así soy yo, velador de mi palabra para cumplirla.»
13 Nuevamente me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: «¿Qué estás viendo?» «Un puchero hirviendo estoy viendo, que se vuelca de norte a sur.»
14 Y me dijo Yahveh: «Es que desde el norte se iniciará el desastre sobre todos los moradores de esta tierra.
15 Porque en seguida llamo yo a todas las familias reinos del norte - oráculo de Yahveh - y vendrán a instalarse a las mismas puertas de Jerusalén, y frente a todas sus murallas en torno, y contra todas las ciudades de Judá,
16 a las que yo sentenciaré por toda su malicia: por haberme dejado a mí para ofrecer incienso a otros dioses, y adorar la obra de sus propias manos.
17 Por tu parte, te apretarás la cintura, te alzarás y les dirás todo lo que yo te mande. No desmayes ante ellos, y no te haré yo demayar delante de ellos;
18 pues, por mi parte, mira que hoy te he convertido en plaza fuerte, en pilar de hierro, en muralla de bronce frente a toda esta tierra, así se trate de los reyes de Judá como de sus jefes, de sus sacerdotes o del pueblo de la tierra.
19 Te harán la guerra, mas no podrán contigo, pues contigo estoy yo - oráculo de Yahveh - para salvarte.»
Reflexión del capítulo 1
El libro se abre con la vocación de Jeremías, hijo del sacerdote Jilquías, natural de Anatot, en territorio de Benjamín. La fecha es precisa: el año decimotercero del rey Josías, y el ministerio del profeta se prolongará hasta la víspera de la ruina de Jerusalén. Antes de referir una sola palabra de su mensaje, el texto revela la raíz de todo: Dios lo conocía y lo había consagrado antes de formarlo en el seno materno. La vocación no brota de las cualidades del profeta, sino de la elección gratuita y previa del Señor.
Jeremías se resiste alegando su juventud e inexperiencia, y recibe una respuesta que sostendrá toda su vida: «Yo estoy contigo». El gesto de Dios, que toca su boca y pone en ella sus palabras, recuerda que el profeta no habla de sí mismo: es un portavoz, y su única fuerza es la palabra recibida. Las dos visiones que cierran el capítulo confirman esa misión. La rama del almendro, el árbol que florece antes que todos, anuncia que Dios vela por su palabra para cumplirla; el puchero hirviendo inclinado desde el norte anuncia el desastre que se prepara en Babilonia. Y al que se siente débil y joven, Dios lo convierte en plaza fuerte, en pilar de hierro y muralla de bronce.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
También nosotros somos llamados antes de sentirnos preparados: en el bautismo, en la confirmación, en cada tarea que la vida nos impone. La excusa de la juventud o de la falta de palabras es antigua. Hoy conviene responder como Jeremías, no mirando nuestras carencias, sino la promesa de que Dios camina con nosotros. Atrévete a decir sí a lo que el Señor te pide, aunque parezca grande para tus fuerzas, y confía en que Él pone su palabra en tu boca.
Oración
Señor, tú me conocías antes de que yo existiera y me llamaste por mi nombre. Vence mis miedos y mi sentimiento de incapacidad. Pon tu palabra en mi boca y tu valor en mi corazón, para que no calle lo que tú quieres que diga. Amén.
Acerca del libro de Jeremías
El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.
El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».
En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.
Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.
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