Jeremías
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos
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Capítulo 5 de 52Capítulo 5
1 Recorred las calles de Jerusalén, mirad bien y enteraos; buscad por sus plazas, a ver si topáis con alguno que practique la justicia, que busque la verdad, y yo la perdonaría.
2 Pues, si bien dicen: «¡Por vida de Yahveh!», también juran en falso.
3 - ¡Oh Yahveh! tus ojos, ¿no son para la verdad? Les heriste, mas no acusaron el golpe; acabaste con ellos, pero no quisieron aprender. Endurecieron sus caras más que peñascos, rehusaron convertirse.
4 Yo decía: «Naturalmente, el vulgo es necio, pues ignora el camino de Yahveh, el derecho de su Dios.
5 Voy a acudir a los grandes y a hablar con ellos, porque ésos conocen el camino de Yahveh, el derecho de su Dios.» Pues bien, todos a una habían quebrado el yugo y arrancado las coyundas.
6 Por eso los herirá el león de la selva, el lobo de los desiertos los destrozará, el leopardo acechará sus ciudades: todo el que saliere de ellas será despedazado. - Porque son muchas sus rebeldías, y sus apostasías son grandes.
7 ¿Cómo te voy a perdonar por ello? Tus hijos me dejaron y juraron por el no - dios. Yo los harté, y ellos se hicieron adúlteros, y el lupanar frecuentaron.
8 Son caballos lustrosos y vagabundos: cada cual relincha por la mujer de su prójimo.
9 ¿Y de esto no pediré cuentas? - oráculo de Yahveh -, ¿de una nación así no se vengará mi alma?
10 Escalad sus murallas, destruid, mas no acabéis con ella. Quitad sus sarmientos porque no son de Yahveh.
11 Porque bien me engañaron, la casa de Judá y la casa de Israel - oráculo de Yahveh -.
12 Renegaron de Yahveh diciendo: «¡El no cuenta!, ¡no nos sobrevendrá daño alguno, ni espada ni hambre veremos!
13 Cuanto a los profetas, el viento se los lleve, pues carecen de Palabra.» - Así les será hecho.
14 Por tanto, así dice Yahveh, el Dios Sebaot: Por haber hablado ellos tal palabra, he aquí que yo pongo las mías en tu boca como fuego, y a este pueblo como leños, y los consumirá.
15 He aquí que yo traigo sobre vosotros, una nación de muy lejos, ¡oh casa de Israel! - oráculo de Yahveh -; una nación que no mengua, nación antiquísima aquélla, nación cuya lengua ignoras y no entiendes los que habla;
16 cuyo carcaj es como tumba abierta: todos son valientes.
17 Comerá tu mies y tu pan, comerá a tus hijos e hijas, comerá tus ovejas y vacas, comerá tus viñas e higueras; con la espada destruirá tus plazas fuertes en que confías.
18 Por lo demás, en los días aquellos - oráculo de Yahveh - todavía no acabaré con vosotros.
19 - Y cuando dijereis: «¿Por qué nos hace Yahveh nuestro Dios todo esto?», les dirás: «Lo mismo que me dejasteis a mí y servisteis a dioses extraños en vuestra tierra, así serviréis a extraños en una tierra no vuestra.»
20 Anunciad esto a la casa de Jacob y hacedlo oír en Judá:
21 - Ea, oíd esto, pueblo necio y sin seso - tienen ojos y no ven, orejas y no oyen -:
22 ¿A mí no me temeréis? - oráculo de Yahveh -, ¿delante de mí no temblaréis, que puse la arena por término al mar, límite eterno, que no traspasará? Se agitará, mas no lo logrará; mugirán sus olas, pero no pasarán.
23 Pero este pueblo tiene un corazón traidor y rebelde: traicionaron llegando hasta el fin.
24 Y no se les ocurrió decir: «Ea, temamos a Yahveh nuestro Dios, que da la lluvia tempranera y la tardía a su tiempo; que nos grarantiza las semanas que regulan la siega.»
25 Todo esto lo trastornaron vuestras culpas y vuestros pecados os privaron del bien.
26 Porque se encuentran en mi pueblo malhechores: preparan la red, cual paranceros montan celada: ¡hombres son atrapados!
27 Como jaula llena de aves, así están sus casas llenas de fraudes. Así se engrandecieron y se enriquecieron,
28 engordaron, se alustraron. Ejecutaban malas acciones. La causa del huérfano no juzgaban y el derecho de los pobres no sentenciaban.
29 ¿Y de esto no pediré cuentas? - oráculo de Yahveh -, ¿de una nación así no se vengará mi alma?
30 Algo pasmoso y horrendo se ha dado en la tierra:
31 los profetas profetizaron con mentira, y los sacerdotes dispusieron a su guisa. Pero mi pueblo lo prefiere así. ¿A dónde vais a parar?
Reflexión del capítulo 5
El capítulo quinto escenifica una búsqueda desoladora. Dios manda recorrer las calles de Jerusalén y buscar por sus plazas a un solo hombre que practique la justicia y busque la verdad; si lo encuentra, perdonará la ciudad. El resultado es un fracaso: todos juran por el Señor, pero juran en falso. El profeta piensa que los pobres y los ignorantes son los que no conocen el camino del Señor, y se dirige a los grandes y letrados; pero también ellos rompieron el yugo y se soltaron de las ataduras. No hay excepción: ni la ignorancia disculpa ni la cultura protege.
Entonces el capítulo acumula imágenes de juicio. Un león y un lobo y un leopardo acechan a la ciudad; los que quedan serán devorados, porque sus hijos los abandonaron y juraron por dioses que no son. Hay también una nota de asombro cósmico: ni el mar, con su límite impuesto, traspasa la arena; pero este pueblo tiene un corazón rebelde que sí traspasa el mandato de su Creador. Y el diagnóstico final es demoledor: los profetas profetizaron mentira, los sacerdotes gobernaron a su antojo, y el pueblo lo prefirió así. La complicidad colectiva sostiene la mentira, y por eso el juicio es inevitable.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
La corrupción rara vez es solo de unos pocos; suele ser una red en la que todos participan un poco. Hoy pregúntate en qué mentira colectiva colaboras con tu silencio o tu indiferencia: en el trabajo, en la familia, en la vida pública. Basta con que alguien practique la justicia para cambiar el ambiente. Sé tú esa persona: di la verdad aunque cueste, cumple tu palabra, y no te escudes en que todos lo hacen.
Oración
Señor, tú buscas en las calles a quien practique la justicia y no lo encuentras. Haz que no sea yo de los que juran en falso ni de los que callan ante la mentira. Dame valentía para ser uno de los pocos que sostienen la verdad. Amén.
Acerca del libro de Jeremías
El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.
El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».
En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.
Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.
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