Jeremías

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos

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Capítulo 52

1 Veintiún años tenía Sedecías cuando comenzó a reinar y reinó once años en Jerusalén; el nombre de su madre era Jamital, hija de Jeremías, de Libná.

2 Hizo el mal a los ojos de Yahveh, enteramente como había hecho Yoyaquim.

3 Esto sucedió a causa de la cólera de Yahveh contra Jerusalén y Judá, hasta que los arrojó de su presencia. Sedecías se rebeló contra el rey de Babilonia.

4 En el año noveno de su reinado, en el mes decimo, el diez del mes, vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército, contra Jerusalén, acampó contra ella, y la cercaron con una empalizada.

5 La ciudad estuvo sitiada hasta el año once del rey Sedecías.

6 El mes cuarto, el nueve del mes, cuando arreció el hambre en la ciudad y no había pan para la gente del pueblo,

7 se abrió una brecha en la ciudad y al verlo el rey y todos los guerreros, huyeron de la ciudad saliendo de noche, por el camino de la puerta que está entre los dos muros que dan al jardín del rey, mientras los caldeos estaban alrededor de la ciudad, y se fueron por el camino de la Arabá.

8 Las tropas caldeas persiguieron al rey Sedecías y le dieron alcance en los llanos de Jericó; entonces todo el ejército se dispersó de su lado.

9 Capturaron al rey y lo subieron a Riblá, en la tierra de Jamat, donde el rey de Babilonia, que le sometió a juicio.

10 Los hijos de Sedecías fueron degollados a su vista, y lo mismo a todos los jefes de Judá degolló en Riblá.

11 A Sedecías le sacó los ojos, lo encadenó con cadenas de bronce, y el rey de Babilonia lo llevó a Babilonia, donde lo tuvo en prisión hasta el día de su muerte.

12 En el mes quinto, el diez del mes, en el año diecinueve de Nabucodonosor, rey de Babilonia, Nebuzaradán, jefe de la guardia, uno de los que servían ante el rey de Babilonia, vino a Jerusalén.

13 Incendió la Casa de Yahveh y la casa del rey y todas las casas de Jerusalén.

14 Todas las tropas caldeas que había con el jefe de la guardia demolieron las murallas que rodeaban a Jerusalén.

15 Cuanto (a una parte de los pobres del país) al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y el resto de los artesanos, Nebuzaradán, jefe de la guardia, los deportó,

16 Nebuzaradán el jefe de la quardia, dejó algunos de entre la gente pobre como viñadores y labradores.

17 Los caldeos rompieron las columnas de bronce que había en la Casa de Yahveh, las basas, el Mar de bronce de la Casa de Yahveh, y se llevaron todo el bronce a Babilonia.

18 Tomaron también los ceniceros, las paletas, los cuchillos, los acetres, las cucharas y todos los utensilios de bronce de que se servían.

19 El jefe de la guardia tomó las vasijas, los incensarios y los aspersorios, los ceniceros, los candeleros, las cucharas y las tazas, cuanto había de oro y plata.

20 Cuanto a las dos columnas, el Mar, los doce bueyes de bronce que estaban bajo el Mar y las basas que Salomón había hecho para la Casa de Yahveh, no se pudo calcular el peso de bronce de todos aquellos objetos.

21 La altura de una columna era de dieciocho codos, un hilo de doce codos medía su perímetro; su grosor era de cuatro dedos y hera hueca por dentro,

22 y encima tenía un capitel de bronce; la altura del capitel era de cinco codos; había un trenzado y granadas en torno al capitel, todo de bronce. Lo mismo para la segunda columna.

23 Había noventa y seis granadas que pendían a los lados. En total había cien granadas rodeando el trenzado.

24 El jefe de la guardia tomó preso a Seraías, primer sacerdote, y a Sefanías, segundo sacerdote, y a los tres encargados del umbral.

25 Tomó a un eunuco de la ciudad, que era inspector de los hombres de guerra, siete hombres de los cortesanos del rey, que se encontraban en la ciudad, al secretario del jefe del ejército, encargado del alistamiento del pueblo de la tierra y sesenta hombres de la tierra que se hallaban en la ciudad.

26 Nebuzaradán, jefe de la guardia, los tomó y los llevó a Riblá, donde el rey de Babilonia,

27 y el rey de Babilonia los hirió haciéndoles morir en Riblá, en el país de Jamat. Así fue deportado Judá, lejos de su tierra.

28 Este es el número de los deportados por Nabucodonosor. El año séptimo: 3.023 de Judá;

29 el año dieciocho de Nabucodonosor fueron llevadas de Jerusalén 832 personas;

30 el año veintitrés de Nabucodonosor, Nebuzaradán, jefe de la guardia, deportó a 745 de Judá. En total: 4.600 personas.

31 En el año treinta y seis de la deportación de Joaquín, rey de Judá, en el mes doce, el veinticinco del mes, Evil Merodak, rey de Babilonia, hizo gracia en el año en que comenzó a reinar, a Joaquín, rey de Judá, y lo sacó de la cárcel.

32 Le habló con benevolencia y le dio un asiento superior al asiento de los reyes que estaban con él en Babilonia.

33 Joaquín se quitó sus vestidos de prisión y comió siempre en la mesa del rey, todos los días de su vida.

34 Le fue dado constantemente su sustento de parte del rey de Babilonia, día tras día, hasta el día de su muerte, todos los días de su vida.

Reflexión del capítulo 52

El capítulo quincuagésimo segundo es un apéndice histórico que cierra el libro y repite con precisión de cronista el relato de la caída. Sedecías reinó once años en Jerusalén e hizo lo malo a los ojos del Señor. En el año noveno Nabucodonosor llegó con todo su ejército y acampó contra la ciudad; cuando arreció el hambre y no había pan para el pueblo, se abrió una brecha en la muralla. El rey y sus guerreros huyeron de noche, pero fueron alcanzados en los llanos de Jericó; llevaron a Sedecías a Riblá, donde degollaron a sus hijos ante sus ojos, le sacaron los ojos y lo encadenaron.

Sigue la destrucción: el incendio de la Casa del Señor y de todas las casas de Jerusalén, la demolición de las murallas, las columnas de bronce llevadas a Babilonia y el recuento de los deportados en tres oleadas. Pero el libro no termina en la ruina. Cierra con un destello de esperanza: en el año trigésimo séptimo de la deportación, el rey de Babilonia libera a Joaquín, le da un asiento superior al de los demás reyes, le hace quitarse los vestidos de prisión y comer siempre a su mesa. La dinastía davídica, aunque humillada, no ha sido extinguida.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Este capítulo enseña dos cosas. La primera: las consecuencias de la obstinación llegan, y llegan con precisión de calendario; Sedecías tuvo años para escuchar y no lo hizo. La segunda, más importante: Dios nunca deja sin futuro a su promesa. En el último párrafo, cuando todo parece acabado, un rey deportado recibe un asiento de honor. Si hoy tu situación parece un capítulo cerrado en derrota, recuerda que Dios escribe epílogos inesperados.

Oración

Señor, tú eres fiel a tus promesas incluso cuando todo parece perdido. Gracias porque de la dinastía humillada de David hiciste nacer al Salvador. Dame esperanza en los capítulos oscuros de mi vida, sabiendo que tú siempre reservas un futuro. Amén.

Acerca del libro de Jeremías

El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.

El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».

En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.

Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.

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