Jeremías
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos
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Capítulo 28 de 52Capítulo 28
1 Aconteció en aquel mismo año - al principio del reinado de Sedecías, rey de Judá, en el año cuarto, en el mes quinto - que se dirigió a mí el profeta Jananías, hijo de Azzur, que era de Gabaón, en la Casa de Yahveh, a vista de los sacerdotes y de todo el pueblo diciendo:
2 «Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: He quebrado el yugo del rey de Babilonia.
3 Dentro de dos años completos yo hago devolver a este lugar todos los objetos de la Casa de Yahveh que el rey de Babilonia, Nabucodonosor, tomó de este lugar y llevó a Babilonia;
4 y a Jeconías, hijo de Yoyaquim, rey de Judá, y a todos los deportados de Judá que han ido a Babilonia, yo les hago volver a este lugar - oráculo de Yahveh - en cuanto rompa el yugo del rey de Babilonia.»
5 Dijo el profeta Jeremías al profeta Jananías, a vista de los sacerdotes y de todo el pueblo, que estaban parados en la Casa de Yahveh;
6 dijo, pues, el profeta Jeremías: «¡Amen! Así haga Yahveh. Confirme Yahveh las palabras que has profetizado, devolviendo de Babilonia a este lugar los objetos de la Casa de Yahveh, y a todos los deportados.
7 Pero, oye ahora esta palabra que pronunció a oídos tuyos y de todo el pueblo:
8 Profetas hubo antes de mí y de ti desde siempre, que profetizaron a muchos países y a grandes reinos la guerra, el mal y la peste.
9 Si un profeta profetiza la paz, cuando se cumpla la palabra del profeta, se reconocerá que le había enviado Yahveh de verdad.»
10 Entonces tomó el profeta Jananías el yugo de sobre la cerviz del profeta Jeremías y lo rompió;
11 y habló Jananías delante de todo el pueblo: «Así dice Yahveh: Así romperé el yugo de Nabucodonosor, rey de Babilonia, dentro de dos años completos, de sobre la cerviz de todas las naciones.» Y se fue el profeta Jeremías por su camino.
12 Entonces fue dirigida la palabra de Yahveh a Jeremías en estos términos, después que el profeta Jananías hubo roto el yugo de sobre la cerviz del profeta Jeremías:
13 «Ve y dices a Jananías: Así dice Yahveh: Yugo de palo has roto, pero tú lo reemplazarás por yugo de hierro.
14 Porque así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: Yugo de hierro he puesto sobre la cerviz de todas estas naciones, para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y le servirán (y también los animales del campo le he dado...).»
15 Dijo también el profeta Jeremías al profeta Jananías: «Oye, Jananías: No te envió Yahveh, y tú has hecho confiar a este pueblo en cosa falsa.
16 Por eso, así dice Yahveh: He aquí que yo te arrojo de sobre la haz del suelo. Este año morirás (porque rebelión has predicado contra Yahveh).»
17 Y murió el profeta Jananías aquel mismo año, en el mes séptimo.
Reflexión del capítulo 28
El capítulo vigesimoctavo narra un duelo entre dos profetas. En el año cuarto de Sedecías, Jananías, profeta de Gabaón, anuncia en la Casa de Yahveh que Dios ha quebrado el yugo de Babilonia y que en dos años hará volver a los deportados y los vasos del Templo. Habla con seguridad, en nombre del Señor, y todo el pueblo lo escucha con gusto, porque dice lo que todos desean oír. Jeremías responde con una humildad admirable: amén, así lo haga el Señor; pero escucha la prueba de la verdad, porque el profeta que anuncia paz solo se acredita cuando su palabra se cumple.
Entonces Jananías rompe el yugo de madera que Jeremías llevaba al cuello, como gesto de que el yugo se acabará. Y Dios responde por boca de Jeremías: has roto un yugo de madera, pero yo he hecho un yugo de hierro. La falsa esperanza no alivia el castigo, lo endurece. Y el capítulo cierra con un dato implacable: Jananías murió aquel mismo año, en el mes séptimo. La profecía halagadora tuvo un final breve y amargo, y quedó demostrado quién hablaba de verdad.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Es fácil escuchar al que nos dice lo que queremos oír. Hoy revisa a qué voces prestas atención: ¿a las que te exigen conversión o a las que te tranquilizan sin pedirte nada? La prueba del verdadero mensaje no es que guste, sino que se cumpla y que te acerque a Dios. Sé honesto contigo mismo y no confundas la esperanza con el deseo.
Oración
Señor, tú has hecho un yugo de hierro donde yo quise uno de madera. Dame humildad para escuchar la verdad que no halaga y no confundas mi deseo con tu voluntad. Que busque siempre tu palabra, aunque cueste. Amén.
Acerca del libro de Jeremías
El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.
El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».
En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.
Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.
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