Jeremías
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos
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Capítulo 13 de 52Capítulo 13
1 Yahveh me dijo así: «Anda y cómprate una faja de lino y te la pones a la cintura, pero no la metas en agua.»
2 Compré la faja, según la orden de Yahveh, y me la puse a la cintura.
3 Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh por la segunda vez:
4 «Toma la faja que has comprado y que llevas a la cintura, levántate y vete al Eufrates y la escondes allí en un resquicio de la peña.»
5 Yo fui y la escondí en el Eufrates como me había mandado Yahveh.
6 Al cabo de mucho tiempo me dijo Yahveh: «Levántate, vete al Eufrates y recoges de allí la faja que te mandé que escondieras allí.»
7 Yo fui al Eufrates, cavé, recogí la faja del sitio donde la había escondido y he aquí que se había echado a perder la faja: no valía para nada.
8 Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos:
9 «Así dice Yahveh: Del mismo modo echaré a perder la mucha soberbia de Judá y de Jerusalén.
10 Ese pueblo malo que rehúsa oír mis palabras, que caminan según la terquedad de sus corazones y han ido en pos de otros dioses a servirles y adorarles, serán com esta faja que no vale para nada.
11 Porque así como se pega la faja a la cintura de uno, de igual modo hice apegarse a mí a toda la casa de Israel y a toda la casa de Judá - oráculo de Yahveh - con idea de que fuesen mi pueblo, mi nombradía, mi loor y mi prez, pero ellos no me oyeron.
12 Diles este refrán: Así dice Yahveh, el Dios de Israel: «Todo cántaro se puede llenar de vino.» Ellos te dirán: «¿No sabemos de sobra que todo cántaro se puede llenar de vino?»
13 Entonces les dices: «Pues así dice Yahveh: He aquí que yo lleno de borrachera a todos los habitantes de esta tierra, a los reyes sucesores de David en el trono, a los sacerdotes y profetas y a todos los habitantes de Jerusalén,
14 y los estrellaré, a cada cual contra su hermano, padres e hijos a una - oráculo de Yahveh - sin que piedad, compasión y lástima me quiten de destruirlos.»
15 Oíd y escuchad, no seáis altaneros, porque habla Yahveh.
16 Dad gloria a vuestro Dios Yahveh antes que haga oscurecer, y antes que se os vayan los pies sobre la sierra oscura, y esperéis la luz, y él la haya convertido en negrura, la haya trocado en tiniebla densa.
17 Pero si no le oyereis, en silencio llorará mi alma por ese orgullo, y dejarán caer mi ojos lágrimas, y verterán copiosas lágrimas, porque va cautiva la grey de Yahveh.
18 Di al rey y a la Gran Dama: Humillaos, sentaos, porque ha caído de vuestras cabezas vuestra diadema preciosa.
19 Las ciudades del Négueb están cercadas, y no hay quien abra. Todo Judá es deportado, deportado en masa.
20 Alza tus ojos, Jerusalén, y mira a los que vienen del norte. ¿Dónde está la grey que se te dio, tus preciosas ovejas?
21 ¿Qué dirás cuando te visiten con autoridad sobre ti? Pues lo que tú les enseñabas a hacer sobre ti eran caricias. ¿No te acometerán dolores como de parturienta?
22 Pero acaso digas en tus adentros: «¿Por qué me ocurren estas cosas?» Por tu gran culpa han sido alzadas tus faldas y han sido forzados tus calcañales.
23 ¿Muda el kusita su piel, o el leopardo sus pintas? ¡También vosotros podéis entonces hacer el bien, los avezados a hacer el mal!
24 Por eso os esparcí como paja liviana al viento de la estepa.
25 Esa es tu suerte, el tanto por tu medida que te toca de mi parte - oráculo de Yahveh -: por cuanto que me olvidaste y te fiaste de la Mentira.
26 Pues también yo te he levantado las faldas sobre tu rostro, y se ha visto tu indecencia.
27 ¡Ah, tus adulterios y tus relinchos, la bajeza de tu prostitución! Sobre los altos, por la campiña he visto tus Monstruos abominables. ¡Ay de ti, Jerusalén, que no estás pura! ¿Hasta cuándo todavía...?
Reflexión del capítulo 13
El capítulo decimotercero recoge dos signos que el profeta debe realizar con su propio cuerpo. Primero, la orden de comprar una faja de lino, ceñírsela sin mojarla y después esconderla en una grieta junto al Éufrates; al cabo de los días la encuentra podrida e inservible. La faja representa al pueblo, que debía estar pegado al Señor como un ceñidor, y que se ha corrompido hasta no servir para nada. Después, el signo de las tinajas llenas de vino, que anuncia el desconcierto de todos, reyes y sacerdotes incluidos.
La segunda mitad del capítulo es un llamado a la humildad. El pueblo debía escuchar antes de que llegara la oscuridad, antes de que los pies tropezaran en los montes del crepúsculo. La imagen de la corona que cae de la cabeza del rey expresa la pérdida de la dignidad. Y el capítulo cierra con una pregunta que se ha vuelto proverbial: ¿puede el etíope cambiar de piel o el leopardo de manchas? Es decir, ¿podrá este pueblo hacer el bien, acostumbrado como está a hacer el mal? La costumbre del pecado esclaviza, y solo la gracia rompe esa cadena.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
La costumbre tiene una fuerza silenciosa: repetir un pecado acaba por hacerlo parecer natural. La pregunta del profeta es incómoda: ¿puede el etíope cambiar de piel? Por nosotros mismos, no. Hoy reconoce con humildad qué hábito te tiene esclavizado y deja de confiar solo en tu fuerza de voluntad. Pide la gracia, busca el sacramento y corta la ocasión: la libertad no se recupera con esfuerzo aislado, sino con la ayuda de Dios.
Oración
Señor, tú me querías cerca de ti como un ceñidor, y tantas veces me he corrompido. No puedo cambiar por mis solas fuerzas. Dame tu gracia para romper las cadenas de la costumbre y volver a estar unido a ti. Amén.
Acerca del libro de Jeremías
El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.
El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».
En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.
Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.
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