Jeremías
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos
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Capítulo 24 de 52Capítulo 24
1 Hízome ver Yahveh, y he aquí que había un par de cestos de higos presentados delante del Templo de Yahveh - esto era después que Nabucodonosor, rey de Babilonia, hubo deportado de Jerusalén al rey de Judá, Jeconías, hijo de Yoyaquim, a los principales de Judá y a los herreros y cerrajeros de Jerusalén, y los llevó a Babilonia -.
2 Un cesto era de higos muy buenos, como los primerizos, y el otro de higos malos, tan malos que no se podían comer.
3 Y me dijo Yahveh: «¿Qué estás viendo Jeremías?» Dije: «Higos. Los higos buenos son muy buenos; y los higos malos, muy malos, que no se dejan comer de puro malos.»
4 Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos:
5 Así habla Yahveh, Dios de Israel: Como por estos higos buenos, así me interesaré en favor de los desterrados de Judá que yo eché de este lugar al país de los caldeos.
6 Pondré la vista en ellos para su bien, los devolveré a este país, los reconstruiré para no derrocarlos y los plantaré para no arrancarlos.
7 Les daré corazón para conocerme, pues yo soy Yahveh, y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues volverán a mí con todo su corazón.
8 Pero igual que a los higos malos, que no se pueden comer de malos - sí, así dice Yahveh -, así haré al rey Sedecías, a sus principales y al resto de Jerusalén: a los que quedaren en este país, y a los que están en el país de Egipto.
9 Haré de ellos el espantajo, una calamidad, de todos los reinos de la tierra; el oprobio y el ejemplo, la burla y la maldición por dondequiera que los empuje,
10 daré suelta entre ellos a la espada, al hambre y a la peste, hasta que sean acabados de sobre el solar que di a ellos y a sus padres.
Reflexión del capítulo 24
El capítulo vigesimocuarto presenta una visión sencilla y elocuente. Después de que Nabucodonosor deportó a Jeconías y a los mejores de Judá, el profeta ve dos cestos de higos colocados ante el Templo. Uno contiene higos buenísimos, como los primerizos; el otro, higos tan malos que no se pueden comer. La interpretación divina sorprende a todos: los buenos son precisamente los deportados, los que fueron llevados a Babilonia; los malos son Sedecías, sus jefes y los que se quedaron en la tierra.
La lección es de una audacia enorme. Humanamente, el destierro era la derrota y la desgracia; a los ojos de Dios, en cambio, es el lugar donde su pueblo aprenderá a conocerlo de corazón. El Señor promete a los deportados que los mirará con beneplácito, los traerá de vuelta, los edificará y les dará un corazón para reconocerlo: ellos serán su pueblo y Él será su Dios. A los que se quedaron confiados en su tierra, en cambio, les espera la dispersión. Dios no juzga según las apariencias ni según el éxito inmediato, sino según la disposición del corazón.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
No siempre lo que parece una derrota lo es ante Dios. Una enfermedad, un fracaso, un cambio obligado pueden convertirse en el lugar donde por fin aprendes a conocerlo. Hoy, en lugar de lamentar lo que perdiste, pregúntate qué te quiere enseñar Dios en la situación actual. Y deja de medir tu vida por el éxito visible: lo que importa es el corazón que se vuelve a Él.
Oración
Señor, tú juzgas el corazón y no las apariencias. Enséñame a ver tus manos incluso en lo que parece derrota, y a dejar que me edifiques en la prueba. Que sea yo de los que te reconocen. Amén.
Acerca del libro de Jeremías
El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.
El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».
En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.
Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.
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