Jeremías
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos
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Capítulo 27 de 52Capítulo 27
1 (Al principio del reinado de Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá, fue dirigida esta palabra a Jeremías de parte de Yahveh:)
2 Así me ha dicho Yahveh: «Hazte unas coyundas y un yugo, póntelo sobre la cerviz,
3 y envíalos al rey de Edom, al rey de Moab y al rey de los ammonitas, al rey de Tiro y al rey de Sidón por medio de los embajadores que vienen a Jerusalén a ver a Sedecías, rey de Judá,
4 y dales estas instrucciones para sus señores: «Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: Así diréis a vuestros señores:
5 Yo hice la tierra, el hombre y las bestias que hay sobre la haz de la tierra, con mi gran poder y mi tenso brazo, y lo di a quien me plugo.
6 Ahora yo he puesto todos estos países en manos de mi siervo Nabucodonosor, rey de Babilonia, y también los animales del campo le he dado para servirle
7 (y todas las naciones le servirán a él, a su hijo y al hijo de su hijo, hasta que llegue también el turno a su propio país - y le reducirán a servidumbre muchas naciones y reyes grandes -).
8 Así que las naciones y reinos que no sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y que no sometan su cerviz al yugo del rey de Babilonia, con la espada, con el hambre y con la peste los visitaré - oráculo de Yahveh - hata acabarlos por medio de él.
9 Vosotros, pues, no oigáis a vuestros profetas, adivinos, soñadores, augures ni hechiceros que os hablan diciendo: "No serviréis al rey de Babilonia",
10 porque cosa falsa os profetizan para alejaros de sobre vuestro suelo, de suerte que yo os arroje y perezcáis.
11 Pero la nación que someta su cerviz al yugo de Babilonia y le sirva, yo la dejaré tranquila en su suelo - oráculo de Yahveh - y lo labrará y morará en él.»
12 A Sedecías, rey de Judá, le hablé en estos mismos términos, diciendo: «Someted vuestras cervices al yugo del rey de Babilonia, servidle a él y a su pueblo, y quedaréis con vida.
13 (¿A qué morir tú y tu pueblo por la espada, el hambre y la peste, como ha amenazado Yahveh a aquella nación que no sirva al rey de Babilonia?)
14 ¡No oigáis, pues, las palabras de los profetas que os dicen: "No serviréis al rey de Babilonia", porque cosa falsa os profetizan,
15 pues yo no les he enviado - oráculo de Yahveh - y ellos andan profetizando en mi Nombre falsamente; no sea que yo os arroje, y perezcáis vosotros y los profetas que os profetizan.»
16 Y a los sacerdotes y a todo este pueblo les hablé diciendo: «Así dice Yahveh: No oigáis las palabras de vuestros profetas que os profetizan diciendo: "He aquí que el ajuar de la Casa de Yahveh va a ser devuelto de Babilonia en seguida", porque cosa falsa os profetizan.
17 (No les hagáis caso. Servid al rey de Babilonia y quedaréis con vida. ¿Para qué ha de quedar esta ciudad arrasada?)
18 Y si ellos son profetas y la palabra de Yahveh les acompaña, que conjuren, ea, a Yahveh Sebaot para que los objetos que quedaron en la Casa de Yahveh, en la casa del rey de Judá y en Jerusalén no vayan a Babilonia.
19 Porque así dice Yahveh Sebaot de las columnas, del Mar, de las basas y de los demás objetos que quedaron en esta ciudad,
20 de los cuales no se apoderó Nabucodonosor, rey de Babilonia, al deportar a Jeconías, hijo de Yoyaquim, rey de Judá, de Jerusalén a Babilonia (así como a todos los nobles de Judá y Jerusalén).
21 Sí, porque así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel, respecto a los objetos que quedaron en la Casa de Yahveh, en la casa del rey de Judá y en Jerusalén:
22 A Babilonia serán llevados (y allí estarán hasta el día que yo los visite) - oráculo de Yahveh - (y entonces los subiré y devolveré a este lugar).»
Reflexión del capítulo 27
El capítulo vigesimoséptimo escenifica una de las profecías más chocantes del libro. Dios manda a Jeremías fabricar unas coyundas y un yugo, y ponérselos al cuello. Con ese signo, el profeta debe comunicar a los reyes vecinos y a Sedecías un mensaje impensable: someteos al rey de Babilonia y viviréis. El yugo no es solo una advertencia, es una invitación a aceptar una realidad histórica como voluntad de Dios.
El capítulo desenmascara además a los profetas y adivinos que anuncian lo contrario: no escuchéis a vuestros profetas, que os dicen que no serviréis al rey de Babilonia, porque mienten. La prueba de su falsedad es sencilla: si de verdad hablaran de parte de Dios, pedirían que no se llevaran los vasos sagrados del Templo. Y anuncia que esos vasos, junto con el resto del tesoro, serán llevados a Babilonia, pero que llegará el día en que Dios los visite y los haga subir de nuevo. El capítulo enseña a leer la historia con realismo: aceptar lo que no podemos cambiar no es cobardía, sino confianza en que Dios sigue conduciendo los acontecimientos hacia su promesa.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hay circunstancias que no podemos cambiar: una enfermedad, una decisión ajena, un contexto adverso. Resistirse con obstinación solo multiplica el sufrimiento. Hoy pregúntate qué yugo te toca aceptar sin dejar de esperar en Dios, y distingue esa aceptación de la pasividad. Aceptar no es rendirse: es dejar de pelear contra lo inevitable para poder trabajar en lo que sí depende de ti.
Oración
Señor, tú conduces la historia y también mis circunstancias. Dame realismo para aceptar lo que no puedo cambiar y esperanza para confiar en tu promesa. Que no me rebele inútilmente ni caiga en la pasividad. Amén.
Acerca del libro de Jeremías
El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.
El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».
En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.
Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.
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