Jeremías

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos

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Capítulo 30

1 Palabra que fue dirigida a Jeremías de parte de Yahveh:

2 Así dice Yahveh el Dios de Israel: Escríbete todas las palabras que te he hablado en un libro.

3 Pues he aquí que vienen días - oráculo de Yahveh - en que haré tornar a los cautivos de mi pueblo Israel (y de Judá) - dice Yahveh - y les haré volver a la tierra que di a sus padres en posesión.

4 Estas son las palabras que dirigió Yahveh a Israel (y a Judá).

5 Así dice Yahveh: Voces estremecedoras oímos: ¡Pánico, y no paz!

6 Id a preguntar, y ved si pare el macho. Entonces ¿por qué he visto a todo varón con las manos en las caderas, como la que da a luz, y todas las caras se han vuelto amarillas?

7 ¡Ay! porque grande es aquel día, sin semejante, y tiempo de angustia es para Jacob; pero de ella quedará salvo.

8 (Acontecerá aquel día - oráculo de Yahveh Sebaot - que romperé el yugo de sobre tu cerviz y tus coyundas arrancaré, y no te servirán más los extranjeros,

9 sino que Israel y Judá servirán a Yahveh su Dios y a David su rey, que yo les suscitaré.)

10 Pero tú no temas, siervo mío Jacob - oráculo de Yahveh - ni desmayes, Israel, pues mira que yo acudo a salvarte desde lejos y tu linaje del país de su cautiverio; volverá Jacob, se sosegará y estará tranquilo, y no habrá quien le inquiete,

11 pues contigo estoy yo - oráculo de Yahveh - para salvarte: pues acabaré con todas las naciones entre las cuales te dispersé. pero contigo no acabaré; aunque sí te corregiré como conviene, ya que impune no te dejaré.

12 Porque así dice Yahveh: Irremediable es tu quebranto, incurable tu herida.

13 Estás desahuciado; para una herida hay cura, para ti no hay remedio.

14 Todos tus amantes te olvidaron, por tu salud no preguntaron. Porque con herida de enemigo te herí, castigo de hombre cruel, (por tu gran culpa, porque son enormes tus pecados).

15 ¿Por qué te quejas de tu quebranto? Irremediable es tu sufrimiento; por tu gran culpa, por ser enormes tus pecados te he hecho esto.

16 No obstante todos los que te devoran serán devorados, y todos tus opresores, todos ellos, irán al cautiverio; serán tus despojadores despojados, y a todos tus saqueadores los entregaré al saqueo.

17 Sí; haré que tengas alivio, de tus llagas te curaré - oráculo de Yahveh -. Porque «La Repudiada» te llamaron. «Sión de la que nadie se preocupa».

18 Así dice Yahveh: He aquí que yo hago volver a los cautivos de las tiendas de Jacob y de sus mansiones me apiadaré; será reedificada la ciudad sobre su montículo de ruinas y el alcázar tal como era será restablecido.

19 Y saldrá de entre ellos loor y voz de gente alegre; los multiplicaré y no serán pocos, los honraré y no serán menguados,

20 sino que serán sus hijos como antes, su comunidad ante mí estará en pie, y yo visitaré a todos sus opresores.

21 Será su soberano uno de ellos, su jefe de entre ellos saldrá, y le haré acercarse y él llegará hasta mí, porque ¿quién es el que se jugaría la vida por llegarse hasta mí? - oráculo de Yahveh -.

22 Y vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios.

23 Mirad que una tormenta de Yahveh ha estallado, un torbellino remolinea: sobre la cabeza de los malos descarga.

24 No ha de apaciguarse el ardor de la ira de Yahveh hasta que la ejecute, y realice los designios de su corazón. En días futuros os percataréis de ello.

Reflexión del capítulo 30

El capítulo trigésimo abre el llamado libro de la consolación, y marca un giro decisivo en el conjunto. Dios ordena al profeta escribir todas sus palabras en un libro, porque llegan días en que él hará volver a los cautivos de su pueblo. Es un cambio de horizonte: después de tanto anuncio de ruina, el Señor habla ahora de restauración. La promesa se dirige tanto a Israel como a Judá, y se anuncia con la imagen de un tiempo de angustia para Jacob del que, sin embargo, saldrá salvado.

El capítulo no oculta la gravedad de la prueba. Habla de un tiempo de angustia como no lo hubo nunca, de la herida incurable del pueblo y de la desolación de la ciudad. Pero en medio de esas sombras resplandece la promesa: yo te curaré de tu herida y sanaré tus llagas, dice el Señor, porque te llaman la repudiada, la que nadie busca. Y anuncia que de en medio del pueblo brotará un príncipe que será de los suyos, y que la comunidad volverá a alabar y dar gracias. El capítulo enseña que la misericordia de Dios no es un añadido al juicio, sino su meta última.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cuando Dios permite una prueba larga, no es porque se haya olvidado. Hoy, si arrastras una herida que parece incurable, ponla delante de Él con la confianza del que sabe que sana porque quiere. No te acostumbres al dolor como si fuera tu destino. Pide la curación, agradece lo que ya tienes y cree que la restauración es posible.

Oración

Señor, tú dices que curarás mi herida y sanarás mis llagas. Yo te presento lo que me duele y lo que no consigo arreglar. Sana lo que está roto en mí y devuélveme la esperanza de volver a alabarte. Amén.

Acerca del libro de Jeremías

El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.

El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».

En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.

Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.

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