Jeremías
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos
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Capítulo 43 de 52Capítulo 43
1 Ahora bien, así que hubo acabado Jeremías de transmitir a todo el pueblo el recado de Yahveh su Dios, que Yahveh le había dado para ellos,
2 dijo Azarías, hijo de Hosaías, y también Yojanán, hijo de Caréaj, y todos los hombres insolentes se pusieron a decir a Jeremías: «Estás mintiendo. No te ha encargado nuestro Dios Yahveh decir: "No vayáis a Egipto como refugiados allí"».
3 Sino que Baruc, hijo de Neriyías, te azuza contra nosotros con objeto de ponernos en manos de los caldeos para que nos hagan morir y nos deporten a Babilonia.
4 Además, ni Yojanán, hijo de Caréaj, ni ninguno de los jefes de las tropas, ni nadie del pueblo escuchó la voz de Yahveh que mandaba quedarse en tierra de Judá;
5 antes bien, Yojanán, hijo de Caréaj, y todos los jefes de las tropas tomaron consigo a todo el resto de Judá, los que habían regresado, para habitar en tierra de Judá, de todas las naciones adonde habían sido rechazados:
6 a hombres, mujeres, niños, a las hijas del rey y a toda persona que Nebuzaradán, jefe de la guardia, había dejado en paz con Godolías, hijo de Ajicam, hijo de Safán, y también al profeta Jeremías y a Baruc, hijo de Neriyías,
7 y entrando en la tierra de Egipto, - pues desoyeron la voz de Yahveh -, se adentraron hasta Tafnis.
8 Entonces fue dirigida la palabra de Yahveh a Jeremías en Tafnis como sigue:
9 Toma en tus manos piedras grandes, y las hundes en el cemento de la terraza que hay a la entrada del palacio de Faraón en Tafnis, a vista de los judíos,
10 y les dices: Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: He aquí que yo mando en busca de mi siervo Nabucodonosor, rey de Babilonia, y pondrá su sede por encima de estas piedras que he enterrado, y desplegaré su pabellón sobre ellas.
11 Vendrá y herirá a Egipto, quien sea para la muerte, a la muerte; quien para el cautiverio, al cautiverio; quien para la espada, a la espada;
12 y prenderá fuego a los templos de los dioses de Egipto, los incendiará, y a los dioses les hará cautivos. Despiojará a Egipto como despioja un pastor su zalea, y saldrá de allí victorioso.
13 Romperá los cipos de Bet Semes que hay en Egipto, y los templos de los dioses egipcios abrasará.
Reflexión del capítulo 43
El capítulo cuadragésimo tercero muestra qué ocurre cuando la respuesta de Dios no gusta. Al terminar Jeremías de transmitir el mensaje, Azarías, Yojanán y los hombres insolentes lo acusan de mentir: no es el Señor quien te ha enviado, sino Baruc, que te incita contra nosotros para entregarnos a los caldeos. Es la táctica de siempre: cuando la verdad incomoda, se descalifica al mensajero y se busca un culpable. Así reducen la palabra de Dios a una intriga humana.
Acto seguido, desobedecen abiertamente. Toman a todo el resto, incluidos el profeta y Baruc, y marchan a Egipto, hasta Tafnis, desoyendo la orden recibida. Pero Dios no abandona a su profeta en el destierro voluntario. En Tafnis, Jeremías recibe una nueva palabra y realiza un signo: esconder unas piedras bajo el pavimento de la entrada, y anunciar que sobre ellas plantará Nabucodonosor su trono cuando venga a Egipto. La desobediencia no escapa del plan de Dios: donde el pueblo busca refugio, allí llega el juicio.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuando la verdad nos incomoda, es fácil atacar a quien la dice en lugar de examinar nuestra conducta. Hoy revisa si has descalificado a alguien para no cambiar tú. Y recuerda que huir de un problema no lo elimina: cambiar de lugar sin cambiar de actitud solo traslada el conflicto. Afronta la situación donde estás, con la ayuda de Dios.
Oración
Señor, no permitas que descalifique a quien me dice la verdad para no convertirme. Dame humildad para aceptar la corrección y valor para afrontar mis problemas en lugar de huir de ellos. Amén.
Acerca del libro de Jeremías
El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.
El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».
En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.
Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.
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