Jeremías
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos
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Capítulo 15 de 52Capítulo 15
1 Y me dijo Yahveh: Aunque se me pongan Moisés y Samuel por delante, no estará mi alma por este pueblo. Echales de mi presencia y que salgan.
2 Y como te digan: «¿A dónde salimos?», les dices: Así dice Yahveh: Quien sea para la muerte, a la muerte; quien para la espada, a la espada; quien para el hambre, al hambre, y quien para el cautiverio, al cautiverio.
3 Haré que se encarguen de ellos cuatro géneros (de males) - oráculo de Yahveh -: la espada para degollar, los perros para despedazar, las aves del cielo y las bestias terrestres para devorar y estragar.
4 Los convertiré en espantajo para todos los reinos de la tierra, por culpa de Manasés, hijo de Ezequías, rey de Judá, por lo que hizo en Jerusalén.
5 ¿Quién, pues, te tendrá lástima, Jerusalén? ¿quién meneará la cabeza por ti? ¿quién se alargará a saludarte?
6 Tú me has abandonado - oráculo de Yahveh - de espaldas te has ido. Pues yo extiendo mi mano sobre ti y te destruyo. Estoy cansado de apiadarme,
7 y voy a beldarlos con el bieldo en las puertas del país. He dejado sin hijos, he malhadado a mi pueblo, porque de sus caminos no se convertían.
8 Yo les he hecho más viudas que la arena de los mares. He traído sobre las madres de los jóvenes guerreros al saqueador en el pleno mediodía. He hecho caer sobre ellos de pronto sobresalto y alarma.
9 Mal lo pasó la madre de siete hijos: exhalaba el alma, se puso su sol siendo aún de día, se avergonzó y se abochornó. Y lo que queda de ellos, a la espada voy a entregarlo delante de sus enemigos - oráculo de Yahveh -.
10 ¡Ay de mí, madre mía, porque me diste a luz varón discutido y debatido por todo el país! Ni les debo, ni me deben, ¡pero todos me maldicen!
11 Di, Yahveh, si no te he servido bien: intercedí ante ti por mis enemigos en el tiempo de su mal y de su apuro.
12 ¿Se mella el hiero, el hierro del norte, y el bronce?
13 Tu haber y tus tesoros al pillaje voy a dar gratis, por todos tus pecados en todas tus fronteras,
14 y te haré esclavo de tus enemigos en un país que no conoces, porque un fuego ha saltado en mi ira que sobre vosotros estará encendido.
15 Tú lo sabes. Yahveh, acuérdate de mí, visítame y véngame de mis perseguidores. No dejes que por alargarse tu ira sea yo arrebatado. Sábelo: he soportado por ti el oprobio.
16 Se presentaban tus palabras, y yo las devoraba; era tu palabra para mí un gozo y alegría de corazón, porque se me llamaba por tu Nombre Yahveh, Dios Sebaot.
17 No me senté en peña de gente alegre y me holgué: por obra tuya, solitario me senté, porque de rabia me llenaste.
18 ¿Por qué ha resultado mi penar perpetuo, y mi herida irremediable, rebelde a la medicina? ¡Ay! ¿serás tú para mí como un espejismo, aguas no verdaderas?
19 Entonces Yahveh dijo así: Si te vuelves por que yo te haga volver, estarás en mi presencia; y si sacas lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Que ellos se vuelvan a ti, y no tú a ellos.
20 Yo te pondré para este pueblo por muralla de bronce inexpugnable. Y pelearán contigo, pero no te podrán, pues contigo estoy yo para librarte y salvarte - oráculo de Yahveh -.
21 Te salvaré de mano de los malos y te rescataré del puño de esos rabiosos.
Reflexión del capítulo 15
El capítulo decimoquinto continúa el diálogo con un tono de extrema severidad. Dios declara que aunque se le pongan delante Moisés y Samuel, los grandes intercesores de la historia de Israel, no se apiadará de este pueblo. La sentencia se reparte en cuatro destinos: la espada, el hambre, la peste y el cautiverio. Jerusalén queda comparada con una ciudad que nadie visita, y el Señor confiesa que se ha cansado de compadecerse.
Pero en la segunda mitad el capítulo gira hacia el corazón del profeta, y se convierte en una de las páginas más íntimas de la Biblia. Jeremías se lamenta de haber nacido para ser un hombre de pleito y discordia con toda la tierra; nadie le debe nada y todos le maldicen. Recuerda, sin embargo, el momento en que las palabras de Dios se le hicieron alimento: se las comió, y fueron su gozo y la alegría de su corazón. Y confiesa su dolor con una franqueza desnuda: ¿por qué es mi herida incurable? La respuesta de Dios no lo consuela con explicaciones, sino que lo llama de nuevo: si vuelves, yo te restauro, y estarás ante mí.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hay temporadas en que la fidelidad se paga con soledad: el profeta se siente un hombre de discordia a quien nadie agradece. Si hoy estás en ese desierto, recuerda de dónde venía su fuerza: se alimentaba de la palabra de Dios, que era su gozo. Vuelve a leer la Escritura como alimento y no como deber, y di a Dios tu cansancio sin disimularlo. Él no responde siempre con explicaciones, pero siempre responde con una llamada a seguir.
Oración
Señor, tus palabras fueron el gozo y la alegría de mi corazón. Cuando la fidelidad me cueste soledad, no dejes que me aleje de ti. Restáurame como prometiste y hazme estar de nuevo en tu presencia. Amén.
Acerca del libro de Jeremías
El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.
El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».
En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.
Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.
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