Jeremías

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos

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Capítulo 6

1 Escapad, hijos de Benjamín, de dentro de Jerusalén, en Técoa tañed el cuerno, y sobre Bet Hakkérem izad bandera, porque una desgracia amenaza del norte y un quebranto grande.

2 ¿Acaso a una deliciosa pradera te comparas, hija de Sión?

3 A ella vienen pastores con sus rebaños, han montado las tiendas, junto a ella en derredor, y apacientan cada cual su manada.

4 - «¡Declaradle la guerra santa! ¡En pie y subamos contra ella a mediodía!... ¡Ay de nosotros, que el día va cayendo, y se alargan las sombras de la tarde!...

5 ¡Pues arriba y subamos de noche y destruiremos sus alcázares!»

6 Porque así dice Yahveh Sebaot: «Talad sus árboles y alzad contra Jerusalén un terraplén.» Es la ciudad de visita. Todo el mundo se atropella en su interior.

7 Cual mana un pozo sus aguas, tal mana ella su malicia. «¡Atropello!», «¡despojo!» - se oye decir en ella; ante mí de continuo heridas y golpes.

8 Aprende, Jerusalén, no sea que se despegue mi alma de ti, no sea que te convierta en desolación, en tierra despoblada.

9 Así dice Yahveh Sebaot: Busca, rebusca como en una cepa en el resto de Israel; vuelve a pasar tu mano como el vendimiador por los pámpanos.

10 - ¿A quiénes que me oigan voy a hablar y avisar? He aquí que su oído es incircunciso y no pueden entender. He aquí que la palabra de Yahveh se les ha vuelto oprobio: no les agrada.

11 También yo estoy lleno de la saña de Yahveh y cansado de retenerla. La verteré sobre el niño de la calle y sobre el grupo de mancebos juntos. También el hombre y la mujer serán apresados, el viejo con la anciana.

12 Pasarán sus casas a otros, campos y mujeres a la vez, cuando extienda yo mi mano sobre los habitantes de esta tierra - oráculo de Yahveh -.

13 Porque desde el más chiquito de ellos hasta el más grande, todos andan buscando su provecho, y desde el profeta hasta el sacerdote, todos practican el fraude.

14 Han curado el quebranto de mi pueblo a la ligera, diciendo: «¡Paz, paz!», cuando no había paz.

15 ¿Se avergonzaron de las abominaciones que hicieron? Avergonzarse, no se avergonzaron; sonrojarse, tampoco supieron; por tanto caerán con los que cayeren; tropezarán cuando se les visite - dice Yahveh.

16 Así dice Yahveh: Paraos en los caminos y mirad, y preguntad por los senderos antiguos, cuál es el camino bueno, y andad por él, y encontraréis sosiego para vuestras almas. Pero dijeron: «No vamos.»

17 Entonces les puse centinelas: «¡Atención al toque de cuerno!» Pero dijeron: «No atendemos.»

18 Por tanto, oíd, naciones, y conoce, asamblea, lo que vendrá sobre ellos;

19 oye, tierra: He aquí que traigo desgracia a este pueblo, como fruto de sus pensamientos, porque a mis razones no atendieron, y por lo que respecta a mi Ley, la desecharon.

20 - ¿A qué traerme incienso de Seba y canela fina de país remoto? Ni vuestros holocaustos me son gratos, ni vuestros sacrificios me complacen.

21 Por tanto, así dice Yahveh: Mirad que pongo a este pueblo tropiezos y tropezarán en ellos padres e hijos a una, el vecino y su prójimo perecerán.

22 Así dice Yahveh: Mirad que un pueblo viene de tierras del norte y una gran nación se despierta de los confines de la tierra.

23 Arco y lanza blanden, crueles son y sin entrañas. Su voz como la mar muge, y a caballo van montados, ordenados como un solo hombre para la guerra contra ti, hija de Sión.

24 - Oímos su fama, flaquean nuestras manos, angustia nos asalta, dolor como de parturienta.

25 No salgáis al campo, no andéis por el camino, que el enemigo lleva espada: terror por doquier.

26 - Hija de mi pueblo, cíñete de sayal y revuélcate en ceniza, haz por ti misma un duelo de hijo único, una endecha amarguísima, porque en seguida viene el saqueador sobre nosotros.

27 - A ti te puse en mi pueblo por inquisidor sagaz para que examinaras y probaras su conducta.

28 - Todos ellos son rebeldes que andan difamando; bronce y hierro; todos son degenerados.

29 Jadeó el fuelle, el plomo se consumió por el fuego. En vano afinó el afinador, porque la ganga no se desprendió.

30 Serán llamados «plata de desecho», porque Yahveh los desechó.

Reflexión del capítulo 6

El capítulo sexto es la alarma de guerra. El enemigo viene del norte, y la orden es huir de Jerusalén: que toquen el cuerno en Técoa y levanten la bandera sobre Bet Hakkérem. El profeta compara a la hija de Sión con una pradera hermosa que está a punto de ser segada. La ciudad se prepara para el asedio, pero con una confianza vana, porque la paz que anuncian sus profetas y sacerdotes no es más que un calmante: curan la herida de mi pueblo a la ligera, diciendo «paz, paz», cuando no hay paz.

En medio del fragor aparece una de las páginas más hermosas del libro. El Señor invita a su pueblo a detenerse y preguntar por los caminos antiguos, a ver cuál es el camino bueno y a andar por él, para hallar descanso. Es la apelación a la tradición viva, al sendero probado de los padres, frente a la novedad caprichosa que solo lleva al abismo. Pero el pueblo responde que no andará por él, y rechaza también a los centinelas que Dios había puesto. Por eso el juicio es presentado como una prueba en el crisol: Dios probará a su pueblo como se prueba la plata, y el resultado será el desecho, porque el Señor los ha rechazado.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Vivimos rodeados de voces que anuncian una paz falsa: la que promete bienestar sin conversión, éxito sin sacrificio, tranquilidad sin verdad. Hoy detente y pregunta de verdad cuál es el camino bueno. No el más fácil ni el más aplaudido, sino el que han recorrido los santos y que la Iglesia custodia desde los apóstoles. Después, no te contentes con saberlo: anda por él, aunque el primer tramo cueste cuesta arriba.

Oración

Señor, tú me invitas a preguntar por los caminos antiguos y a caminar por el sendero bueno. Líbrame de la paz falsa que adormece y del orgullo que rechaza tus centinelas. Guíame por la senda probada de los santos y dame descanso en ti. Amén.

Acerca del libro de Jeremías

El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.

El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».

En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.

Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.

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