Jeremías

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos

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Capítulo 18

1 Palabra que fue dirigida a Jeremías de parte de Yahveh:

2 Levántate y baja a la alfarería, que allí mismo te haré oír mis palabras.

3 Bajé a la alfarería, y he aquí que el alfarero estaba haciendo un trabajo al torno.

4 El cacharro que estaba haciendo se estropeó como barro en manos del alfarero, y éste volvió a empezar, trasformándolo en otro cacharro diferente, como mejor le pareció al alfarero.

5 Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos:

6 ¿No puedo hacer yo con vosotros, casa de Israel, lo mismo que este alfarero? - oráculo de Yahveh -. Mirad que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, casa de Israel.

7 De pronto hablo contra una nación o reino, de arrancar, derrocar y perder;

8 pero se vuelve atrás de su mal aquella gente contra la que hablé, y yo también desisto del mal que pensaba hacerle.

9 Y de pronto hablo, tocante a una nación o un reino, de edificar y plantar;

10 pero hace lo que parece malo desoyendo mi voz, y entonces yo también desisto del bien que había decidido hacerle.

11 Ahora, pues, di a la gente de Judá y a los habitantes de Jerusalén: Así dice Yahveh: «Mirad que estoy ideando contra vosotros cosa mala y pensando algo contra vosotros. Ea, pues; volveos cada cual de su mal camino y mejorad vuestra conducta y acciones.»

12 Pero van a decir: «Es inútil; porque iremos en pos de nuestros pensamientos y cada uno de nosotros hará conforme a la terquedad de su mal corazón.»

13 Por tanto, así dice Yahveh: Vamos, preguntad entre las naciones: ¿Quién oyó tal cosa? ¡Bien fea cosa ha hecho la virgen de Israel!

14 ¿Faltará acaso de la peña excelsa la nieve del Líbano? ¿o se agotarán las aguas crecidas, frescas, corrientes?

15 Pues bien, mi pueblo me ha olvidado. A la Nada inciensan. Han tropezado en sus caminos, aquellos senderos de siempre, para irse por trochas, por camino no trillado.

16 Es para trocar su tierra en desolación, en eterna rechifla: todo el que pasare se asombrará de ella y meneará la cabeza.

17 Como el viento solano los esparciré delante del enemigo. La espalda, que no la cara, les mostraré el día de su infortunio.

18 Entonces dijeron: «Venid y tramemos algo contra Jeremías, porque no va a faltarle la ley al sacerdote, el consejo al sabio, ni al profeta la palabra. Venid e hirámosle por su propia lengua: no estemos atentos a todas sus palabras.»

19 Estáte atento a mí, Yahveh, y oye lo que dicen mis contrincantes.

20 ¿Es que se paga mal por bien? (Porque han cavado una hoya para mi persona.) Recuerda cuando yo me ponía en tu presencia para hablar en bien de ellos, para apartar tu cólera de ellos.

21 Por tanto, entrega a sus hijos al hambre y desángralos a filo de espada; queden sus mujeres sin hijos y viudas, sean sus varones asesinados, sus mancebos acuchillados en la guerra.

22 Oigase griterío en sus casas, cuando traigas sobre ellos pillaje repentino. Porque han cavado una hoya para prenderme, y trampas han escondido para mis pies.

23 Pero tú, Yahveh, conoces todo su plan de muerte contra mí. ¡No disimules su culpa, no borres de tu presencia su pecado! ¡Que caigan ante ti, al tiempo de tu ira, descarga en ellos!

Reflexión del capítulo 18

El capítulo decimoctavo conduce al profeta a la casa del alfarero, y allí le da una de las lecciones más hermosas de la Biblia. Mientras el artesano trabaja el barro y ve que la vasija se estropea entre sus manos, no la tira: la vuelve a amasar y hace con ella otra vasija, como mejor le parece. Entonces llega la palabra: ¿no puedo yo hacer con vosotros, casa de Israel, como este alfarero? El barro está en mis manos.

La lección no es de resignación, sino de esperanza y de responsabilidad. Dios anuncia que puede arrepentirse del mal que había decidido, si el pueblo se convierte; y que puede también revocar el bien prometido, si el pueblo hace el mal. La historia no está escrita de antemano: la libertad humana cuenta ante Dios. Pero el capítulo termina en sombras. Los contemporáneos de Jeremías traman contra él, rechazan su mensaje y se burlan de sus advertencias. El profeta, herido, pide a Dios que no silencie su culpa. La libertad que se cierra al bien acaba conspirando contra quien lo anuncia.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Dios no se cansa de rehacer lo que se ha estropeado. Si un proyecto, una relación o una etapa de tu vida se ha roto entre tus manos, no la deseches: ponla en las manos del Alfarero. Hoy dedica un rato a dejar que Dios vuelva a amasarte, sin imponerle la forma que tú querías. Y asume tu parte: la conversión depende también de tu respuesta libre, porque el barro puede resistirse a la mano que lo modela.

Oración

Señor, tú eres el alfarero y yo el barro. Toma mi vida estropeada y haz de ella otra vasija, como mejor te parezca. No endurezcas mi corazón a tu palabra ni rechace la corrección que me envías. Amén.

Acerca del libro de Jeremías

El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.

El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».

En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.

Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.

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