Jeremías

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos

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Capítulo 10

1 Oíd la palabra que os dedica Yahveh, oh casa de Israel.

2 Así dice Yahveh: Al proceder de los gentilles no os habituéis, ni de los signos celestes os espantéis. ¡Que se espanten de ellos los gentiles!

3 Porque las costumbres de los gentiles son vanidad: un madero del bosque, obra de manos del maestro que con el hacha lo cortó,

4 con plata y oro lo embellece, con clavos y a martillazos se lo sujeta para que no se menee.

5 Son como espantajos de pepinar, que ni hablan. Tienen que ser tranportados, porque no andan. No les tengáis miedo, que no hacen ni bien ni mal.

6 No hay como tú, Yahveh; grande eres tú, y grande tu Nombre en poderío.

7 ¿Quién no te temerá, Rey de las naciones? Porque a ti se te debe eso. Porque entre todos los sabios de las naciones y entre todos sus reinos no hay nadie como tú.

8 Todos a la par son estúpidos y necios: lección de madera la que dan los ídolos.

9 Plata laminada, de Tarsis importada, y oro de Ofir; hechura de maestro y de manos de platero (de púrpura violeta y escarlata es su vestido): todos son obra de artistas.

10 Pero Yahveh es el Dios verdadero; es el Dios vivo y el Rey eterno. Cuando se irrita, tiembla la tierra, y no aguantan las naciones su indignación.

11 (Así les diréis: «Los dioses que no hicieron el cielo ni la tierra, perecerán de la tierra y de debajo del cielo.»)

12 El es quien hizo la tierra con su poder, el que estableció el orbe con su saber, y con su inteligencia expandió los cielos.

13 Cuando da voces, hay estruendo de aguas en los cielos, y hace subir las nubes desde el extremo de la tierra. El hace los relámpagos para la lluvia y saca el viento de sus depósitos.

14 Todo hombre es torpe para comprender, se avergüenza del ídolo todo platero, porque sus estatuas son una mentira y no hay espíritu en ellas.

15 Vanidad son, cosa ridícula; al tiempo de su visita perecerán.

16 No es así la «Parte de Jacob», pues él es el plasmador del universo, y aquel cuyo heredero es Israel; Yahveh Sebaot es su nombre.

17 Recoge del suelo tu mercancía, oh tú, que estás sitiada:

18 porque así dice Yahveh: He aquí que yo voy a hondear a los moradores del país - ¡esta vez va de veras! - y les apremiaré de modo que den conmigo.

19 - «¡Ay de mí, por mi quebranto! ¡me duele la herida! Y yo que decía: "Ese es un sufrimiento, pero me lo aguantaré"...

20 Mi tienda ha sido saqueada, y todos mis tensores arrancados. Mis hijos me han sido quitados y no existen. No hay quien despliegue ya mi tienda ni quien ice mis toldos.»

21 - Es que han sido torpes los pastores y no han buscado a Yahveh; así no obraron cuerdamente, y toda su grey fue dispersada.

22 ¡Se oye un rumor! ¡ya llega!: un gran estrépito del país del norte, para trocar las ciudades de Judá en desolación, guarida de chacales.

23 Yo sé, Yahveh, que no depende del hombre su camino, que no es del que anda enderezar su paso.

24 Corrígeme, Yahveh, pero con tino, no con tu ira, no sea que me quede en poco.

25 Vierte tu cólera sobre las naciones que te desconocen, y sobre los linajes que no invocan tu Nombre. Porque han devorado a Jacob hasta consumirle, lo han devorado y su mansión han desolado.

Reflexión del capítulo 10

El capítulo décimo es una catequesis sobre el Dios vivo frente a los ídolos. El profeta advierte a Israel que no imite el modo de proceder de las naciones ni se espante de los signos del cielo. Los dioses de los pueblos son nada: troncos cortados en el bosque, adornados con plata y oro, que hay que cargar porque no caminan. Son como un espantapájaros en un campo de pepinos: no hablan, no hacen mal ni bien. Frente a ellos, el Señor es el Dios verdadero, el que hizo la tierra con su poder y sostiene el mundo con su sabiduría.

Pero la confesión de la grandeza de Dios no elimina el drama. El capítulo anuncia que el pueblo será arrojado de su tierra, y el profeta deja oír la voz de la ciudad sitiada. En medio del anuncio brota una oración conmovedora: corrige, Señor, pero con medida; no me aniquiles en tu ira. Y una certeza final: el ser humano no es dueño de su camino ni el que anda puede dirigir sus pasos. La criatura depende enteramente de quien la sostiene.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Vivimos rodeados de ídolos que hay que cargar: el coche, la cuenta bancaria, la imagen que proyectamos. Todos prometen seguridad y ninguno camina. Hoy haz un inventario honesto de aquello en lo que confías cuando todo se tambalea. Luego actúa en consecuencia: da algo a los pobres, reduce una dependencia y confiesa con el profeta que no eres dueño de tu camino. La libertad nace de saber quién lo es.

Oración

Señor, tú eres el Dios vivo y verdadero, y yo me apoyo tantas veces en ídolos que no hablan. Corrígeme con medida y no me aniquiles. Enséñame que mi camino está en tus manos y que solo en ti encuentro seguridad. Amén.

Acerca del libro de Jeremías

El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.

El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».

En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.

Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.

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