Jeremías

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos

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Capítulo 42

1 Entonces se llegaron todos los jefes de las fuerzas, así como Yojanán, hijo de Caréaj, Azarías, hijo de Hosaías y el pueblo en masa, del chico al grande,

2 y dijeron al profeta Jeremías: «Caiga bien nuestra demanda de favor ante ti, y ruega a tu Dios Yahveh por nosotros, por todo este resto, pues hemos quedados pocos de muchos que éramos, como tus ojos están viendo,

3 y que nos indique tu Dios Yahveh el camino por donde hemos de ir y lo que hemos de hacer.»

4 Díceles el profeta Jeremías: «De acuerdo: ahora mismo me pongo a rogar a vuestro Dios Yahveh como decís, y sea cual fuere la respuesta de Yahveh para vosotros, yo os la declararé sin ocultaros palabra.»

5 Y ellos dijeron a Jeremías: «Séanos Yahveh testigo veraz y leal, si no obramos conforme a cualquier mensaje que tu Dios Yahveh te envía para nosotros.

6 Sea grata o sea ingrata, nosotros oiremos la voz de nuestro Dios Yahveh a quien te enviamos, por cuanto que bien nos va cuando oímos la voz de nuestro Dios Yahveh.»

7 Pues bien, al cabo de diez días fue dirigida la palabra de Yahveh a Jeremías.

8 Este llamó a Yojanán, hijo de Caréaj, a todos los jefes de las fuerzas que había con él y al pueblo todo, del chico al grande,

9 y les dijo: «Así dice Yahveh, el Dios de Israel, a quien me habéis enviado en demanda de su favor:

10 Si os quedáis a vivir en esta tierra, yo os edificaré y no os destruiré, os plantaré y no os arrancaré, porque me pesa del mal que os he hecho.

11 No temáis al rey de Babilonia, que tanto os asusta: no temáis nada de él - oráculo de Yahveh - que con vosotros estoy yo para salvaros y libraros de su mano.

12 Haré que se os tenga compasión y él os la tendrá y os devolverá a vuestro suelo.

13 Pero si decís vosotros: "No nos quedamos en este país", desoyendo así la voz de vuestro Dios Yahveh,

14 diciendo: "No, sino que al país de Egipto iremos, donde no veamos guerra, ni oigamos toque de cuerno, ni tengamos hambre de pan, y allí nos quedaremos";

15 ¡pues bien! en ese caso, oíd la palabra de Yahveh, oh resto de Judá. Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: Si vosotros enderezáis rumbo a Egipto, y entráis como refugiados allí,

16 entonces la espada que teméis os alcanzará allí en Egipto, y el hambre que receláis, allá os irá pisando los talones; y allí, en Egipto mismo, moriréis.

17 Así sucederá que todos los que enderecen rumbo a Egipto como refugiados morirán por la espada, por el hambre y por la peste, y no les quedará superviviente ni evadido del daño que yo traiga sobre ellos.

18 Porque así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: Como se vertió mi ira y mi cólera sobre los habitantes de Jerusalén, así se verterá mi cólera contra vosotros como entréis en Egipto, y seréis tema de imprecación y asombro, de maldición y oprobio, y no veréis más este lugar.

19 Ha dicho Yahveh respecto a vosotros, resto de Judá: "No entréis en Egipto." Podéis estar seguros que os lo he avisado hoy,

20 que os estáis engañando a vosotros mismos, pues que vosotros me habéis enviado a vuestro Dios Yahveh diciendo: "Ruega por nosotros a nuestro Dios Yahveh, y cuanto diga nuestro Dios Yahveh nos lo declaras, que lo haremos."

21 Yo os lo he declarado hoy, pero no hacéis caso de vuestro Dios Yahveh en nada de cuanto me ha enviado a deciros.

22 Ahora, pues, podéis estar seguros de que por la espada, el hambre y la peste moriréis en aquel lugar adonde deseáis refugiaros.»

Reflexión del capítulo 42

El capítulo cuadragésimo segundo narra una consulta que parece ejemplar y termina mal. Después de la muerte de Godolías, los jefes del resto, con Yojanán a la cabeza, acuden a Jeremías y le piden que ruegue al Señor por ellos, prometiendo obedecer todo lo que Dios responda, sea agradable o desagradable. El profeta acepta y les asegura que les transmitirá íntegramente la respuesta. Es una actitud correcta: reconocer que no saben qué hacer y pedir luz.

Diez días después llega la palabra. La respuesta es clara: si os quedáis en esta tierra, os edificaré y no os destruiré; no temáis al rey de Babilonia. Pero si insistís en marchar a Egipto, buscando allí seguridad, la espada que teméis os alcanzará, y el hambre y la peste os seguirán hasta allí. Dios no prohíbe Egipto por capricho: prohíbe buscar la salvación fuera de su promesa. El capítulo deja al lector en suspenso, porque la respuesta es exigente y el resto del pueblo ya había decidido en su corazón lo que quería hacer.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Pedir consejo a Dios solo tiene valor si estamos dispuestos a aceptar su respuesta, incluso cuando contradice lo que ya habíamos decidido. Hoy, antes de una decisión importante, examina tu corazón con sinceridad: ¿buscas de verdad la voluntad de Dios o solo una confirmación de lo que quieres? Pide luz con el compromiso previo de obedecer.

Oración

Señor, tú conoces mi tendencia a pedirte consejo cuando ya he decidido. Dame un corazón sincero, dispuesto a aceptar tu respuesta aunque no me guste. Que busque tu voluntad y no solo tu aprobación. Amén.

Acerca del libro de Jeremías

El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.

El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».

En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.

Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.

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