Jeremías

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos

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Capítulo 17

1 El pecado de Judá está escrito con buril de hierro; con punta de diamante está grabado sobre la tabla de su corazón y en los cuernos de sus aras,

2 así, recordarán sus hijos sus aras y sus cipos cabe los árboles frondosos, sobre los oteros altos,

3 mi monte, en la campiña. Tu haber y todos tus tesoros al pillaje voy a dar, en pago por todos tus pecados de los altos, en todas tus fronteras.

4 Tendrás que deshacerte de tu heredad que yo te di, y te haré esclavo de tus enemigos en un país que no conoces, porque un fuego ha saltado en mi ira que para siempre estará encendido.

5 Así dice Yahveh: Maldito sea aquel que fía en hombre, y hace de la carne su apoyo, y de Yahveh se aparta en su corazón.

6 Pues es como el tamarisco en la Arabá, y no verá el bien cuando viniere. Vive en los sitios quemados del desierto, en saladar inhabitable.

7 Bendito sea aquel que fía en Yahveh, pues no defraudará Yahveh su confianza.

8 Es como árbol plantado a las orillas del agua, que a la orilla de la corriente echa sus raíces. No temerá cuando viene el calor, y estará su follaje frondoso; en año de sequía no se inquieta ni se retrae de dar fruto.

9 El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?

10 Yo, Yahveh, exploro el corazón, pruebo los riñones, para dar a cada cual según su camino, según el fruto de sus obras.

11 La perdiz incuba lo que no ha puesto; así es el que hace dinero, mas no con justicia: en mitad de sus días lo ha de dejar y a la postre resultará un necio.

12 Solio de Gloria, excelso desde el principio, es el lugar de nuestro santuario...

13 Esperanza de Israel, Yahveh: todos los que te abandonan serán avergonzados, y los que se apartan de ti, en la tierra serán escritos, por haber abandonado el manantial de aguas vivas, Yahveh.

14 Cúrame, Yahveh, y sea yo curado; sálvame, y sea yo salvo, pues mi prez eres tú.

15 Mira que ellos me dicen: «¿Dónde está la palabra de Yahveh? ¡vamos, que venga!»

16 Yo nunca te apremié a hacer daño; el día irremediable no he anhelado; tú lo sabes: lo salido de mis labios enfrente de tu faz ha estado.

17 No seas para mí espanto, ¡oh tú, mi amparo en el día aciago!

18 Avergüéncense mis perseguidores, y no me avergüence yo; espántense ellos, y no me espante yo. Trae sobre ellos el día aciago, y con doble quebrantamiento quebrántalos.

19 Yahveh me dijo así: Ve y te paras a la puerta de los Hijos del pueblo, por la que entran los reyes de Judá y por la que salen, y asimismo en todas las puertas de Jerusalén,

20 y les dices: Oíd la palabra de Yahveh, reyes de Judá, y todo Judá y los habitantes de Jerusalén que entráis por estas puertas.

21 Así dice Yahveh: «Guardaos, por vida vuestra, de llevar carga en día de sábado y meterla por las puertas de Jerusalén.

22 No saquéis tampoco carga de vuestras casas en sábado, ni hagáis trabajo alguno, antes bien santificad el sábado como mandé a vuestros padres.

23 Mas no oyeron ni aplicaron el oído, sino que atiesaron su cerviz sin oír ni aprender.

24 Que si me hacéis caso - oráculo de Yahveh - no metiendo carga por las puertas de esta ciudad en sábado y santificando el día de sábado sin realizar en él trabajo alguno,

25 entonces entrarán por las puertas de esta ciudad reyes que se sienten sobre el trono de David, montados en carros y caballos, ellos y sus oficiales, la gente de Judá y los habitantes de Jerusalén. Y durará esta ciudad para siempre.

26 Y vendrán de las ciudades de Judá, de los aledaños de Jerusalén, del país de Benjamín, de la Tierra Baja, de la Sierra y del Négueb a traer holocaustos, sacrificios, oblaciones e incienso y a traer ofrendas de acción de gracias a la Casa de Yahveh.

27 Pero si no me oyereis en cuanto a santificar el sábado y no llevar carga ni meterla por las puertas de Jerusalén en sábado, entonces prenderé fuego a sus puertas, que consumirá los palacios de Jerusalén, y no se apagará.

Reflexión del capítulo 17

El capítulo decimoséptimo comienza con una imagen de dureza: el pecado de Judá está grabado con buril de hierro y punta de diamante sobre la tabla del corazón. No es un error pasajero, sino una inscripción profunda que se transmite a los hijos. Frente a esa esclavitud, el profeta contrapone dos caminos. Maldito el hombre que confía en el hombre y hace de la carne su brazo: será como un cardo en el desierto, en una tierra salobre y despoblada. Bendito el que confía en el Señor: será como un árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces hacia la corriente, no teme cuando llega el calor y no deja de dar fruto.

En el centro del capítulo está una de las sentencias más citadas de la Escritura: el corazón es lo más engañoso y perverso; ¿quién lo conocerá? Pero Dios responde: yo, el Señor, sondeo el corazón y pruebo los riñones, para dar a cada uno según el fruto de sus obras. La segunda parte insiste en la santificación del sábado, signo de confianza y de pertenencia. Y en medio asoma la oración personal del profeta: sáname, Señor, y quedaré sano; sálvame y quedaré a salvo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

En quién confías se nota en cómo reaccionas cuando llega la sequía. Si tu seguridad está puesta solo en el dinero, la salud o el apoyo humano, cualquier calor te marchitará. Hoy identifica una raíz que necesitas hundir más hondo: la oración diaria, la Eucaristía dominical, un vínculo de amistad espiritual. Y recuerda que Dios sondea el corazón: no te engañes a ti mismo, háblale con verdad.

Oración

Señor, tú sondeas el corazón y pruebas los riñones. Sáname y quedaré sano; sálvame y quedaré a salvo. Que confíe en ti y no en mis propias fuerzas, y que dé fruto aun en tiempo de sequía. Amén.

Acerca del libro de Jeremías

El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.

El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».

En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.

Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.

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