Jeremías

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos

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Capítulo 39

1 En el año nueve de Sedecías, rey de Judá, el décimo mes, vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército contra Jerusalén, y la sitiaron.

2 En el año once de Sedecías, el cuarto mes, el nueve del mes, se abrió una brecha en la ciudad,

3 y entraron todos los jefes del rey de Babilonia y se instalaron en la Puerta Central: Nergal Sareser, Samgar Nebo, Sar Sekim, jefe superior, Nergal Sareser, alto funcionario y todos los demás jefes del rey de Babilonia.

4 Al verles Sedecías, rey de Judá, y todos los guerreros, huyeron de la ciudad salieron de noche camino del parque del rey por la puerta que está entre los dos muros, y se fueron por el camino de la Arabá.

5 Las tropas caldeas les persiguieron y dando alcance a Sedecías en los llanos de Jericó, le prendieron y le subieron a Riblá, en tierra de Jamat, adonde Nabucodonosor, rey de Babilonia, que lo sometió a juicio.

6 Y el rey de Babilonia degolló a los hijos de Sedecías en Riblá a la vista de éste; luego el rey de Babilonia degolló a toda la aristocracia de Judá,

7 y habiendo cegado los ojos a Sedecías le ató con doble cadena de bronce para llevárselo a Babilonia.

8 Los caldeos incendiaron la casa del rey y las casas del pueblo y demolieron los muros de Jerusalén;

9 cuanto al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, a los desertores que se habían pasado a él y a los artesanos restantes los deportó Nebuzaradán, jefe de la guardia, a Babilonia.

10 En cuanto a la peble baja, los que no tienen nada, hízoles quedar Nebuzaradán, jefe de la guardia, en tierra de Judá, y en aquella ocasión les dio viñas y parcelas.

11 Nabucodonosor, rey de Babilonia, había dado instrucciones a Nebuzaradán, jefe de la guardia, respecto a Jeremías en este sentido:

12 «Préndele y tenle a la vista; y no le hagas daño alguno, antes harás con él lo que él mismo te diga.»

13 Entonces (Nebuzaradán, jefe de la guardia) Nebusazbán, jefe superior, Nergal Sareser, oficial superior, y todos los grandes del rey de Babilonia

14 enviaron en busca de Jeremías, y lo confiaron a Godolías, hijo de Ajicam, hijo de Safán, para que le hiciese salir a casa, y permaneció entre la gente.

15 Estando Jeremías detenido en el patio de la guardia, le había sido dirigida la palabra de Yahveh en estos términos:

16 Vete y dices a Ebed Mélek el kusita: Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: Mira que yo hago llegar mis palabras a esta ciudad para su daño, que no para su bien, y tú serás testigo en aquel día,

17 pero yo te salvaré a ti aquel día - oráculo de Yahveh - y no serás puesto en manos de aquellos cuya presencia evitas temeroso,

18 antes bien te libraré, y no caerás a espada. Saldrás ganando la propia vida, porque confiaste en mí - oráculo de Yahveh.

Reflexión del capítulo 39

El capítulo trigésimo noveno relata el cumplimiento de todo lo anunciado. En el año noveno de Sedecías, Nabucodonosor pone sitio a Jerusalén; en el año undécimo, el nueve del cuarto mes, se abre una brecha en la muralla. El rey y sus guerreros huyen de noche por el jardín real, pero son alcanzados en los llanos de Jericó. Llevan a Sedecías ante el rey de Babilonia, que degüella a sus hijos ante sus ojos, mata a los nobles de Judá, le saca los ojos y lo encadena para llevarlo a Babilonia. La profecía se cumple punto por punto, con un realismo despiadado.

Sin embargo, el capítulo no termina en la ruina. Nabucodonosor había ordenado a Nebuzaradán que cuidara de Jeremías, y el jefe de la guardia lo saca de la prisión y lo deja libre. Y hay una promesa especial para Ebed-Melec: aunque la ciudad caiga, él no morirá a espada, porque confió en el Señor. En medio del derrumbe general, los dos hombres que se salvan son el profeta fiel y el extranjero compasivo. La historia juzga a los poderosos, pero protege a los que confían en Dios y practican la misericordia.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Las consecuencias de la obstinación llegan, y a veces con precisión de calendario. Hoy no aplaces indefinidamente lo que sabes que debes corregir, pensando que ya habrá tiempo. Y fíjate en quién se salva en el capítulo: no los fuertes, sino el fiel y el compasivo. Invierte tu esfuerzo en confiar en Dios y en hacer el bien, aunque el entorno se derrumbe.

Oración

Señor, tú cumples tu palabra y proteges a los que confían en ti. Ayúdame a no posponer mi conversión y a poner mi seguridad en ti y no en mis fuerzas. Que sea hallado fiel cuando llegue la prueba. Amén.

Acerca del libro de Jeremías

El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.

El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».

En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.

Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.

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