Jeremías

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos

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Capítulo 21

1 Palabra dirigida a Jeremías de parte de Yahveh, cuando el rey Sedecías mandó donde él a Pasjur, hijo de Malkiyías, y al sacerdote Sofonías, hijo de Maasías, a decirle:

2 «Ea, consulta de nuestra parte a Yahveh, porque el rey de Babilonia, Nabucodonosor, nos ataca. A ver si nos hace Yahveh un milagro de los suyos, y aquél se retira de encima de nosotros.»

3 Díjoles Jeremías: «Así diréis a Sedecías:

4 Esto dice Yahveh, el Dios de Israel: Mirad que yo hago rebotar las armas que tenéis en las manos y con las que os batís contra el rey de Babilonia y contra los caldeos que os cercan extramuros, y las amontonaré en medio de esta ciudad.

5 Yo voy a batirme contra vosotros con mano fuerte y tenso brazo, con ira, con cólera y con encono grande.

6 Heriré a los habitantes de esta ciudad, hombres y bestias, con una gran peste; ¡morirán!

7 Y tras de esto - oráculo de Yahveh - entregaré al rey de Judá, Sedecías, a sus siervos y al pueblo que en esta ciudad quedare de la peste, de la espada y del hambre, en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y en manos de sus enemigos y de los que buscan su muerte. El los herirá a filo de espada. No les dará cuartel, ni les tendrá clemencia ni lástima.»

8 Y a ese pueblo le dirás: «Así dice Yahveh: Mirad que yo os propongo el camino de la vida y el camino de la muerte.

9 Quien se quede en esta ciudad, morirá de espada, de hambre y de peste. El que salga y caiga en manos de los caldeos que os cercan, vivirá, y eso saldrá ganando.

10 Porque me he fijado en esta ciudad para su daño, no para su bien - oráculo de Yahveh -: será puesta en manos del rey de Babilonia, que la incendiará.»

11 A la casa real de Judá. ¡Oíd la palabra de Yahveh,

12 casa de David! Así dice Yahveh: Haced justicia cada mañana, y salvad al oprimido de mano del opresor, so pena de que brote como fuego mi cólera, y arda y no haya quien apague, a causa de vuestras malas acciones.

13 Mira que por ti va, población del valle, la Roca del Llano - oráculo de Yahveh -: vosotros, los que decís: «¿Quién se nos echará encima? ¿quién entrará en nuestras guaridas?»

14 (Yo os visitaré según el fruto de vuestras acciones - oráculo de Yahveh -.) Encenderé fuego en su bosque, y devorará todos sus contornos.

Reflexión del capítulo 21

El capítulo vigesimoprimero se sitúa en pleno asedio. El rey Sedecías envía a dos sacerdotes a consultar al profeta, con la esperanza de que Dios repita alguno de sus antiguos prodigios y aleje a Nabucodonosor. La respuesta desmiente esa expectativa: el Señor no peleará por la ciudad, sino contra ella, con mano extendida y brazo fuerte. La confianza en un milagro automático, sin conversión, es la última forma de la idolatría.

Dios ofrece, en cambio, un camino estrecho y realista. Pone ante el pueblo dos caminos: el de la vida y el de la muerte. El que se quede en la ciudad morirá; el que salga y se rinda a los caldeos vivirá, y al menos salvará su vida. Es una propuesta humillante para el orgullo nacional, y por eso fue rechazada. El capítulo termina con una exigencia dirigida a la casa real: administrad justicia cada mañana, librad al oprimido de manos del opresor. La única defensa verdadera de una nación no son las murallas, sino la justicia que se practica dentro de ellas.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

A veces pedimos a Dios que resuelva por milagro lo que exige de nosotros una decisión valiente. Hoy, ante un problema que se prolonga, pregúntate cuál es el camino de la vida que estás evitando por orgullo o por comodidad. Puede que no sea el más brillante, pero sí el más honesto. Y no olvides la justicia: la mejor protección de tu casa es tratar bien a quien depende de ti.

Oración

Señor, tú pones ante mí el camino de la vida y el de la muerte. Dame humildad para elegir el que me cueste, y valor para no esperar milagros que sustituyan mi responsabilidad. Enséñame a practicar la justicia. Amén.

Acerca del libro de Jeremías

El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.

El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».

En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.

Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.

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