Jeremías

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos

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Capítulo 47

1 Lo que fue dicho por Yahveh al profeta Jeremías sobre los filisteos, en vísperas de batir el Faraón a Gaza.

2 Así dice Yahveh: He aquí unas aguas que suben del norte y se hacen torrente inundante, y van a inundar la tierra y lo que la llena, la ciudad y los que moran en ella; y clamará la gente, y ululará todo morador de la tierra

3 al son del galopar de los caballos de sus adalides, al ruido de sus carros y al estrépito de sus ruedas. No se volverán padres a hijos, por el cansancio de sus brazos,

4 hasta que llegue el día de asolar a toda Filistea, y de raer a Tiro y a Sidón todo auxiliar fugado, porque va a asolar Yahveh a Filistea, residuo de la isla de Kaftor.

5 Llegó la rapadura a Gaza, muda ha quedado Ascalón; tú, el resto de su valle, ¿hasta cuándo te arañarás?

6 ¡Ay, espada de Yahveh! ¿Cómo va a estarse quieta? Recógete a tu vaina, date reposo y calla.

7 ¿Cómo va a estarse quieta, si Yahveh la mandó? En Ascalón y el litoral marítimo, allá la citó.

Reflexión del capítulo 47

El capítulo cuadragésimo séptimo es un oráculo breve y terrible contra los filisteos. El profeta anuncia que unas aguas suben del norte y se convierten en torrente inundante, y que arrastrarán la tierra y todo lo que la llena, la ciudad y sus habitantes. Es la imagen del ejército babilónico que avanza como una riada imparable. Los hombres gritan, los padres abandonan a sus hijos por la angustia, y el estruendo de los carros y de las ruedas lo llena todo.

El oráculo sitúa la amenaza en vísperas de que el faraón bata Gaza, y se dirige a las ciudades de la costa: Gaza, Ascalón y el resto del litoral. El capítulo termina con una pregunta que es también una confesión: ¿cómo va a estarse quieta la espada del Señor, si Él mismo la ha mandado? La espada del juicio no actúa por azar, sino por orden divina. Los filisteos, viejos enemigos de Israel, no son juzgados por casualidad histórica, sino porque también ellos quedan bajo la soberanía del Dios de Israel, que no es solo el Dios de un pueblo, sino el Señor de todos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Dios no es propiedad de un grupo ni de una nación: es el Señor de todos, y su justicia alcanza a cada persona. Hoy revisa si vives como si la fe fuera solo un asunto privado y sin consecuencias públicas. Y no te angusties ante las fuerzas que parecen imparables: también ellas están bajo su soberanía. Confía, pero no te acomodes en la injusticia.

Oración

Señor, tú eres el Dios de todos los pueblos y tu justicia alcanza a cada uno. Ayúdame a vivir mi fe sin reducirla a lo privado y a confiar en tu soberanía sobre la historia. Amén.

Acerca del libro de Jeremías

El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.

El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».

En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.

Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.

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