Jeremías
Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos
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Capítulo 45 de 52Capítulo 45
1 Palabra que dijo el profeta Jeremías a Baruc, hijo de Neriyías, cuando éste copiaba estas palabras en un libro al dictado de Jeremías, en el año cuarto de Yoyaquim, hijo de Josías, rey de Judá.
2 Así dice Yahveh, el Dios de Israel, respecto a ti, oh Baruc:
3 Tú dijiste: «¡Ay de mí, que añade Yahveh congoja a mi sufrimiento! Me he agotado en mi jadeo, pero sosiego no hallé.»
4 Así le dirás: Esto dice Yahveh: Mira que lo que edifiqué, yo lo derribo, y aquello que planté, yo lo arranco, esto por toda la tierra.
5 ¡Y tú andas buscándote grandezas! No las busques porque mira que yo traigo desgracia sobre toda carne - oráculo de Yahveh - pero a ti te daré la vida salva por botín a donde quiera que vayas.
Reflexión del capítulo 45
El capítulo cuadragésimo quinto es un breve oráculo personal dirigido a Baruc, el secretario y amigo de Jeremías. Ocurre en el año cuarto de Joaquín, cuando Baruc escribía al dictado las palabras del profeta en el libro. Baruc se lamenta: ¡ay de mí, que el Señor ha añadido tristeza a mi dolor! Estoy agotado de gemir y no encuentro descanso. Es el cansancio del que colabora fielmente en una misión dura y no ve fruto.
La respuesta de Dios es de una sobriedad conmovedora. Primero, pone las cosas en su sitio: el Señor está derribando lo que edificó y arrancando lo que plantó, y toda la tierra está en crisis. Después, la advertencia que Baruc necesita: ¿y tú andas buscándote grandezas? No las busques. Y por último, la promesa que sostiene su vida: yo te daré tu vida como botín en todos los lugares adonde vayas. Dios no promete a Baruc éxito ni reconocimiento, sino lo esencial: la vida salvada. En tiempos de ruina general, esa es la única grandeza que importa.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Servir a Dios sin buscar grandezas es más difícil de lo que parece. Hoy examina tus motivaciones: ¿te mueve el deseo de ser reconocido o el de ser fiel? Si colaboras en algo de la Iglesia o de tu comunidad, revisa si te has cansado por falta de frutos o de aplausos. Y recuerda la promesa: lo esencial que Dios garantiza es tu vida, no tu éxito.
Oración
Señor, tú me das la vida como botín, y yo ando buscando grandezas que no me corresponden. Purifica mis intenciones y enséñame a servirte sin esperar recompensa. Que me baste tenerte a ti. Amén.
Acerca del libro de Jeremías
El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.
El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».
En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.
Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.
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