Jeremías

Antiguo Testamento | 52 capítulos | 1363 versículos

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Capítulo 12

1 Tu llevas la razón, Yahveh, cuando discuto contigo, no obstante, voy a tratar contigo un punto de justicia. ¿Por qué tienen suerte los malos, y son felices todos los felones?

2 Los plantas, y enseguida arraigan, van a más y dan fruto. Cerca estás tú de sus bocas, pero lejos de sus riñones.

3 En cambio a mí ya me conoces, Yahveh; me has visto y has comprobado que mi corazón está contigo. Llévatelos como ovejas al matadero, y conságralos para el día de la matanza.

4 (¿Hasta cuándo estará de luto la tierra y la hierba de todo el campo estará seca? Por la maldad de los que moran en ella han desaparecido bestias y aves.) Porque han dicho: «No ve Dios nuestros senderos.»

5 - Si con los de a pie corriste y te cansaron, ¿cómo competirás con los de a caballo? Y si en tierra abierta te sientes seguro. ¿qué harás entre el boscaje del Jordán?

6 Porque incluso tus hermanos y la casa de tu padre, ésos también te traicionarán y a tus espaldas gritarán. No te fies de ellos cuando te digan hermosas palabras.

7 Dejé mi casa, abandoné mi heredad, entregué el cariño de mi alma en manos de sus enemigos.

8 Se ha portado conmigo mi heredad como un león en la selva: me acosaba con sus voces; por eso la aborrecí.

9 ¿Es por ventura un pájaro pinto mi heredad? Las rapaces merodean sobre ella. ¡Andad, juntaos, fieras todas del campo: id al yantar!

10 Entre muchos pastores destruyeron mi viña, hollaron mi heredad, trocaron mi mejor campa en un yermo desolado.

11 La convirtieron en desolación lamentable, en inculta para mí. Totalmente desolado está todo el país porque no hay allí nadie que lo sienta.

12 Sobre todos los calveros del desierto han venido saqueadores (porque una espada tiene Yahveh devorada), de un cabo al otro de la tierra no hubo cuartel para alma viviente.

13 Sembraron trigo, y espinos segaron, se afanaron sin provecho. Vergüenza les dan sus cosechas, por causa de la ira ardiente de Yahveh.

14 Así dice Yahveh: En cuanto a todos los malos vecinos que han tocado la heredad que di en precio a mi pueblo Israel, he aquí que yo los arranco de su solar. (Y a la casa de Judá voy a arrancarla de en medio de ellos.)

15 Pero luego de haberlos arrancado, me volveré y les tendré lástima, y les haré retornar, cada cual a su heredad y a su tierra.

16 Y entonces, si de veras aprendieron el camino de mi pueblo jurando en mi Nombre: «¡Por vida de Yahveh!» - lo mismo que ellos enseñaron a mi pueblo a jurar por Baal - serán restablecidos a la par de mi pueblo.

17 Mas si no obedecen, arrancaré a aquella gente y arrancada quedará y la haré perecer - oráculo de Yahveh -.

Reflexión del capítulo 12

El capítulo duodécimo es un diálogo valiente entre el profeta y Dios. Jeremías reconoce que el Señor tiene razón, pero le plantea un punto de justicia que lo desvela: ¿por qué tienen suerte los malos y viven tranquilos los traidores? Los ve plantados, arraigados, prósperos y fecundos; tienen a Dios cerca de la boca, pero lejos del corazón. Es la pregunta que no deja de atormentar a los creyentes de todos los tiempos, y el profeta no la disimula: la pone delante de Dios con toda crudeza.

La respuesta divina no es una explicación, sino una misión más exigente. Si te has cansado corriendo con los que van a pie, ¿cómo competirás con los caballos? Si en tierra tranquila te has caído, ¿qué harás en la espesura del Jordán? Dios no promete alivio inmediato, sino fuerzas para un camino más duro. A la vez, anuncia que también a su pueblo lo arrancará, pero después volverá a plantarlo, y que las naciones vecinas que aprendan el camino del Señor serán edificadas en medio de su pueblo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Es legítimo preguntar a Dios por qué prosperan los injustos; el profeta lo hace sin rodeos. Lo que no es legítimo es dejar que esa pregunta te envenene hasta abandonar. Hoy, si la injusticia te escandaliza, no te quedes en la queja: examina si estás preparado para pruebas mayores y pide fuerzas. La respuesta de Dios casi nunca es una explicación; casi siempre es una llamada a madurar y a seguir confiando.

Oración

Señor, tú llevas la razón, aunque a veces no entienda tus caminos. Cuando me escandalice la suerte de los injustos, dame fuerzas para seguir corriendo y no abandonar. Enséñame a confiar en tu justicia más que en mi impaciencia. Amén.

Acerca del libro de Jeremías

El libro de Jeremías es el más extenso de los profetas y uno de los más humanos. Su protagonista nació en Anatot, aldea sacerdotal de Benjamín, hijo del sacerdote Jilquías. Siendo todavía muy joven recibió la llamada de Dios, en el año decimotercero del rey Josías, y ejerció su ministerio durante más de cuarenta años, hasta la caída de Jerusalén. No redactó él mismo toda la obra: dictó sus oráculos a su secretario Baruc, que los puso por escrito, y discípulos posteriores reunieron y ordenaron el conjunto.

El contexto histórico explica su drama. Josías emprendió una reforma religiosa que parecía devolver la esperanza a Judá, pero su muerte en Meguiddó dejó al reino a merced de las grandes potencias. Cayó Asiria, Egipto se debatió con Babilonia, y Nabucodonosor acabó imponiendo su yugo. En el año 587 antes de Cristo Jerusalén fue tomada, el Templo incendiado y el pueblo deportado. Jeremías vivió ese derrumbe desde dentro y lo anunció con lágrimas: de ahí el título de «profeta llorón».

En el centro de su mensaje está la alianza. Israel rompió el pacto sellado en el Sinaí y cambió al Dios vivo por ídolos; el profeta lo denuncia con imágenes imborrables: el manantial de aguas vivas abandonado por cisternas agrietadas o el barro en manos del alfarero. Pero el juicio nunca es la última palabra. A la denuncia sigue la promesa de que Dios mismo reunirá a su pueblo y sellará una alianza nueva, escrita no en piedra sino en el corazón, con el perdón definitivo de los pecados.

Para la fe católica este libro es una escuela de conversión y de esperanza. Enseña que la religión sin justicia es una cueva de bandidos y que el sufrimiento del justo no es castigo sino participación en la obra de Dios. Sobre todo, apunta a Cristo: la alianza nueva anunciada aquí es la que Jesús sella con su sangre en la Última Cena, y el perdón que Jeremías promete es el que la Iglesia administra en los sacramentos.

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