Lamentaciones

Antiguo Testamento | 5 capítulos | 154 versículos

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Capítulo 4 de 5

Capítulo 4

1 Alef. ¡Cómo, ay, se ha deslucido, el oro se ha alterado el oro mejor! Las piedras sagradas están, ay, esparcidas por las esquinas de todas las calles.

2 Bet. Los hijos de Sión, los excelentes, valiosos como el oro fino, ¡son, ay, considerados como vasos de arcilla, obra de manos de alfarero!

3 Guímel. Hasta los chacales desnudan la teta, dan de mamar a sus cachorros; la hija de mi pueblo se ha vuelto tan cruel como las avestruces del desierto.

4 Dálet. La lengua del niño de pecho se pega de sed al paladar; los pequeñuelos piden pan: no hay quien se lo reparta.

5 He. Los que comían manjares deliciosos desfallecen por las calles; los que se criaban entre púrpura abrazan los estercoleros.

6 Vau. La culpa de la hija de mi pueblo supera al pecado de Sodoma, que fue aniquilada en un instante sin que manos en ello se cansaran.

7 Zain. Más limpios que la nieve eran sus nazireos, más blancos que la leche; de cuerpo más rojo que corales, un zafiro su figura.

8 Jet. Más ocuro es su semblante que el hollín, ya no se les reconoce por las calles. Su piel está pegada a sus huesos, seca como madera.

9 Tet. Más dichosos fueron los muertos a cuchillo que los muertos de hambre, que extenuados sucumben, por falta de los frutos de los campos.

10 Yod. Las mismas manos de tiernas mujeres cocieron a sus hijos: triste alimento fueron para ellas, en la ruina de la hija de mi pueblo.

11 Kaf. Yahveh ha apurado su furor, ha derramado el ardor de su cólera; encendió fuego en Sión que ha devorado sus cimientos.

12 Lámed. Nunca creyeron los reyes de la tierra ni cuantos moran en el mundo, que el adversario y el enemigo entrarían por las puertas de Jerusalén.

13 Mem. ¡Fue por los pecados de sus profetas, por las culpas de sus sacerdotes, que en medio de ella derramaron sangre de justos!

14 Nun. Titubeaban por las calles como ciegos, manchados de sangre, sin que nadie pudiera tocar sus vestiduras.

15 Sámek. «¡Apartaos! ¡Un impuro!», les gritaban, «¡Apartaos, apartaos! ¡No tocar!» Si huían errantes, se decía entre las naciones: «¡No seguirán de huéspedes aquí!»

16 Pe. El Rostro de Yahveh los dispersó, no volverá a mirarlos. No hubo respeto para los sacerdotes, ni piedad para los ancianos.

17 Ain. Y aún se consumían nuestros ojos, esperando un socorro: ¡ilusión! Desde nuestros oteros oteábamos a una nación incapaz de salvar.

18 Sade. Se acechaban nuestros pasos, para que no anduviéramos por nuestras plazas. Cerca estaba nuestro fin, cumplidos nuestros días, sí, llegaba nuestro fin.

19 Qof. Nuestros perseguidores eran raudos, más que las águilas del cielo; nos acosaban por los montes, en el desierto nos tendían emboscadas.

20 Res. Nuestro aliento vital, el ungido de Yahveh, quedó preso en sus fosas; aquel de quien decíamos: «¡A su sombra viviremos entre las naciones!»

21 Sin. ¡Regocíjate, exulta, hija de Edom, que habitas en el país de Us! ¡También a ti pasará la copa: te embriagarás y te desnudarás!

22 Tau. ¡Se ha borrado tu culpa, hija de Sión; no volverá él a desterrarte! ¡Pero ha de visitar tu culpa, hija de Edom, pondrá al desnudo tus pecados!

Reflexión del capítulo 4

El cuarto poema mira el desastre desde el contraste entre lo que fue y lo que es. El oro se ha oscurecido, los hijos más queridos, antes estimados como oro puro, son tratados como vasijas de barro; los que se criaban entre delicias ahora buscan alimento en los estercoleros. La descripción del hambre es de una crudeza insoportable: los niños de pecho tienen la lengua pegada al paladar, y el poeta llega a decir que los muertos por la espada son más dichosos que los que mueren lentamente de necesidad. La causa se señala sin ambigüedad: no fue solo un ejército extranjero, sino el pecado de los profetas y sacerdotes que derramaron sangre de justos en medio de la ciudad. La ruina exterior revela una ruina interior más antigua. Y sin embargo el poema termina abriendo una puerta: la culpa de Sión queda borrada y ya no volverá a ser desterrada, mientras que la nación que se alegró de su caída tendrá que beber también la copa del juicio. La justicia de Dios, que alcanzó a su propio pueblo, no deja impunes a los que se gozan en el mal ajeno. El capítulo enseña que la santidad no se hereda ni se sostiene con apariencias, y que el juicio comienza por la casa de Dios.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

A veces la decadencia exterior es síntoma de una infidelidad interior que llevamos tiempo tolerando. Pide al Señor que te muestre las apariencias que sostienes sin verdad, y no te alegres de la caída de nadie, porque la justicia de Dios nos alcanza a todos. Reza hoy por la conversión de quienes tienen responsabilidad sobre otras personas, empezando por ti.

Oración

Señor, tú ves lo que hay dentro de mí y no te dejas engañar por las apariencias. Purifica mi corazón de toda falsedad, dame horror al pecado y un corazón compasivo que no se alegre del mal ajeno, sino que espere en tu justicia. Amén.

Acerca del libro de Lamentaciones

El libro de las Lamentaciones reúne cinco poemas de duelo compuestos a raíz de la destrucción de Jerusalén y de su Templo a manos de Babilonia, en el año 587 antes de Cristo. La tradición los atribuyó a Jeremías, el profeta que lloró sobre la ciudad condenada, y aunque hoy se reconoce que varios autores pudieron darles forma, el vínculo con su figura expresa bien el tono del libro: la voz de un creyente que no se resigna a callar el dolor ante Dios. Su nombre hebreo, tomado de la primera palabra, significa «¡Cómo!», el grito de estupor ante una ruina inconcebible.

Cuatro de los cinco poemas son acrósticos: cada estrofa comienza con una letra del alfabeto hebreo, como si el dolor quisiera abarcarlo todo, de la primera letra a la última. El tercero, el más largo, coloca en su centro una de las confesiones más luminosas de toda la Escritura: que la misericordia del Señor no se agota y se renueva cada mañana.

Los temas del libro son el juicio merecido por el pecado, la devastación del culto y de la vida social, la ausencia de consuelo humano y, sobre todo, la oración que se atreve a hablar a Dios desde la ceniza. Lamentaciones no ofrece una respuesta fácil al sufrimiento; enseña, más bien, a sostenerse en la confianza cuando toda explicación falta.

Para la fe católica este libro es escuela de oración en el sufrimiento. La liturgia lo proclama en los días santos, especialmente el Viernes Santo, porque en los labios del Siervo doliente y de la Iglesia peregrina resuena la voz del mismo Cristo que carga con el pecado del mundo. Leerlo es aprender a no huir del dolor ajeno, sino a llorarlo con esperanza ante el único que puede renovarlo todo.

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