Baruc
Antiguo Testamento | 6 capítulos | 213 versículos
Capítulo 2
1 Por eso el Señor Dios nuesro ha cumplido la palabra que había pronunciado contra nosotros, contra nuestros jueces que juzgaron a Israel, contra nuestros reyes y nuestros príncipes, contra los habitantes de Israel y de Judá.
2 Jamás se hizo debajo del cielo entero nada semejante a lo que hizo él en Jerusalén, conforme está escrito en la Ley de Moisés,
3 hasta el punto de que llegamos a comer uno la carne de su propio hijo, otro la carne de su propia hija.
4 Y los entregó el Señor en poder de todos los reinos de nuestro alrededor para que fuesen objeto de oprobio y maldición entre todos los pueblos circundantes donde el Señor los dispersó.
5 Hemos pasado a estar debajo y no encima, por haber pecado contra el Señor Dios nuestro desoyendo su voz.
6 Al Señor Dios nuestro la justicia; a nosotros y a nuestros padres la confusión del rostro, como sucede en este día.
7 Lo que el Señor había dicho contra nosotros, todos esos males nos han sobrevenido.
8 Pero nosotros no hemos suplicado al rostro del Señor volviéndonos cada uno de los pensamientos de su perverso corazón.
9 Por eso el Señor ha estado atento a los males y los ha descargado el Señor sobre nosotros; porque es justo el Señor en todas las obras que nos ordenó;
10 y nosotros no hemos escuchado su voz siguiendo las órdenes que el Señor nos había puesto delante.
11 Y ahora, oh Señor, Dios de Israel, que sacaste a tu pueblo del país de Egipto con mano fuerte, entre señales y prodigios, con gran poder y tenso brazo, haciéndote así un nombre como se ve en este día,
12 nosotros hemos pecado, hemos sido impíos, hemos cometido injusticia, Señor Dios nuestro, contra todos tus decretos.
13 Que tu furor se retire de nosotros, porque hemos quedado bien pocos entre las naciones en medio de las cuales tú nos dispersaste.
14 Escucha, Señor, nuestra oración y nuestra súplica, líbranos por ti mismo, y haz que hallemos gracia a los ojos de los que nos deportaron,
15 para que sepa toda la tierra que tú eres el Señor Dios nuestro y que tu Nombre se invoca sobre Israel y sobre su raza.
16 Mira, Señor, desde tu santa Casa y piensa en nosotros; inclina, Señor, tu oído y escucha;
17 abre, Señor, tus ojos y mira que no son los muertos en el seol, aquellos cuyo espíritu fue arrancado de sus entrañas, los que dan gloria y justicia al Señor,
18 sino el alma comada de aflición, el que camina encorvado y extenuado, los ojos lánguidos y el alma hambrienta, esos son los que te dan gloria y justicia, Señor.
19 No apoyados en las obras justas de nuestros padres y de nuestros reyes derramamos nuestra súplica de piedad ante tu rostro, oh Señor Dios nuestro.
20 Porque has descargado sobre nosotros tu furor y tu ira, como habías hablado por medio de tus siervos los profetas diciendo diciendo:
21 «Así dice el Señor: Doblegad vuestra espalda, servid al rey de Babilonia, y os asentaréis en la tierra que yo di a vuestros padres.
22 Pero si no escucháis la invitación del Señor a servir al rey de Babilonia,
23 yo haré cesar en las ciudades de Judá y en Jerusalén el canto de alegría y el canto de alborozo, el canto del novio y el canto de la novia, y todo el país quedará hecho un desierto, sin habitantes.»
24 Pero nosotros no escuchamos tu invitación de servir al rey de Babilonia, y tú entonces ha cumplido tus palabras, pronunciadas por medio de tus siervos los profetas: que los huesos de nuestros reyes y los huesos de nuestros padres serían sacados de sus sepulcros.
25 Y he aquí que efectivamente yacen tirados por el suelo al calor del día y al frío de la noche; y ellos murieron en medio en medio de atroces sufrimientos,de hambre, de espada y de peste;
26 y la Casa sobre la que se invoca tu Nombre la has reducido al estado en que se encuentra en este día, a causa de la maldad de la casa de Israel y de la casa de Judá.
27 Sin embargo has obrado con nosotros, Señor Dios nuestro, según toda tu indulgencia y tu gran misericordia,
28 como habías hablado por medio de tu siervo Moisés, el día en que le ordenaste escribir tu Ley en presencia de los hijos de Israel, diciendo:
29 «Si no escucháis mi voz, esta misma grande, inmensa muchedumbre quedará reducida a un pequeño número en medio de las naciones donde yo los dispersaré.
30 Pues bien sé que no me escucharán, porque es un pueblo de dura cerviz; pero se convertirán en sus corazones en el país de su destierro;
31 y reconocerán entonces que yo soy el Señor su Dios. Yo les daré un corazón y unos oídos que oigan.
32 Y ellos me alabarán en el país de su destierro, se acordarán de mi nombre,
33 desistirán de su dura cerviz y de su perversa conducta acordándose de lo que les sucedió a sus padres que pecaron delante del Señor.
34 Yo les volveré a la tierra que bajo juramento prometí a sus padres, a Abraham, Isaac y Jacob, y tomarán posesión de ella. Los multiplicaré y ya no menguarán.
35 Y estableceré con ellos una alianza eterna de ser yo su Dios y ser ellos mi pueblo, y no volveré a arrojar ya a mi pueblo Israel de la tierra que les di.»
Reflexión del capítulo 2
El capítulo segundo continúa la oración penitencial, pero se detiene a contemplar el cumplimiento de lo que Dios había advertido por sus profetas. Los desterrados reconocen que los males anunciados les han sobrevenido, que han pasado «a estar debajo y no encima», y que el Señor «es justo en todas las obras que nos ordenó». No se trata de un Dios vengativo, sino de un Padre que había advertido con paciencia y cuyo pueblo no escuchó. En el corazón del capítulo está la súplica: «que tu furor se retire de nosotros», junto a una razón humilde para ser escuchados: no son los muertos del seol los que pueden dar gloria a Dios, sino «el alma consumida de aflicción, el que camina encorvado y extenuado». El orante no se apoya en las obras justas de sus padres, sino que derrama su plegaria confiando solo en la misericordia. Y Dios responde con la promesa más tierna del libro: aunque el pueblo tenga dura cerviz, «se convertirán en sus corazones en el país de su destierro», y Él les dará «un corazón y unos oídos que oigan», los reunirá de nuevo y establecerá con ellos «una alianza eterna». Baruc nos muestra que el exilio puede convertirse en el lugar donde Dios mismo transforma el corazón.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Piensa en una prueba que estés viviendo lejos de lo que esperabas —una enfermedad, un traslado, una etapa difícil— y pregúntate qué quiere Dios enseñarte en ella. Escribe una oración breve pidiéndole «un corazón y unos oídos que oigan», y agradece que ninguna situación queda fuera de su alianza.
Oración
Señor, tú eres justo y misericordioso. Retira tu furor y dame un corazón nuevo que sepa escucharte. No me apoyo en mis obras, sino en tu compasión; reúneme contigo y sé mi Dios para siempre. Amén.
Acerca del libro de Baruc
El libro de Baruc lleva el nombre del discípulo y secretario del profeta Jeremías, y la tradición lo presenta como el autor que recogió y transmitió estas páginas desde el destierro. La obra se sitúa en Babilonia, el año quinto después de la destrucción de Jerusalén por los caldeos, cuando el rey Jeconías y buena parte del pueblo vivían deportados a orillas del río Sud. Aunque el texto fue reunido y redactado en su forma final más tarde, refleja la fe de una comunidad que, lejos de su tierra y sin Templo, aprendió a orar, a confesar su pecado y a convertirse.
El libro reúne géneros muy distintos: una oración penitencial, una súplica por la restauración de Sión, un poema sobre la Sabiduría y un cántico de consuelo a Jerusalén; el capítulo sexto es la llamada «carta de Jeremías», una sátira contra la idolatría de Babilonia. En el centro de todo late la convicción de que el destierro no es el final: el mismo Dios que permitió la prueba promete reunir a sus hijos y devolverles la paz.
Los temas centrales son la confesión del pecado, la esperanza del perdón, la Sabiduría que se identifica con la Ley dada a Israel y la certeza de que la fidelidad de Dios es más fuerte que la infidelidad del pueblo. Baruc enseña a una comunidad humillada que la conversión sincera abre la puerta a la misericordia. La liturgia y la tradición católica han leído estas páginas en clave mesiánica: la Sabiduría que «apareció en la tierra y entre los hombres convivió» y el consuelo de la ciudad que se viste de gloria apuntan a Cristo, Sabiduría del Padre, que se hizo hombre para reunir a los hijos dispersos.
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