Efesios
Nuevo Testamento | 6 capítulos | 155 versículos
Capítulo 5
1 Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos,
2 y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma.
3 La fornicación, y toda impureza o codicia, ni siquiera se mencione entre vosotros, como conviene a los santos.
4 Lo mismo de la grosería, las necedades o las chocarrerías, cosas que no están bien; sino más bien, acciones de gracias.
5 Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso - que es ser idólatra - participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios.
6 Que nadie os engañe con vanas razones, pues por eso viene le cólera de Dios sobre los rebeldes.
7 No tengáis parte con ellos.
8 Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz;
9 pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad.
10 Examinad qué es lo que agrada al Señor,
11 y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas.
12 Cierto que ya sólo el mencionar las cosas que hacen ocultamente da vergüenza;
13 pero, al ser denunciadas, se manifiestan a la luz.
14 Pues todo lo que queda manifiesto es luz. Por eso se dice: Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo.
15 Así pues, mirad atentamente cómo vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes;
16 aprovechando bien el tiempo presente, porque los días son malos.
17 Por tanto, no seáis insensatos, sino comprended cuál es la voluntad de Señor.
18 No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu.
19 Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor,
20 dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.
21 Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo.
22 Las mujeres a sus maridos, como al Señor,
23 porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo.
24 Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.
25 Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella,
26 para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra,
27 y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada.
28 Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo.
29 Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia,
30 pues somos miembros de su Cuerpo.
31 Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne.
32 Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.
33 En todo caso, en cuanto a vosotros, que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete al marido.
Reflexión del capítulo 5
El capítulo comienza con una invitación sencilla y exigente: sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y caminad en el amor, como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros. De ahí se derivan varias consecuencias. Primero, dejar atrás todo lo que pertenece a las tinieblas: la impureza, la codicia, las palabras groseras, la embriaguez. El autor contrapone la embriaguez del vino con una embriaguez distinta: sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor de corazón. La vida cristiana se presenta como una fiesta sobria, llena de música interior. Después el texto recomienda vivir con sabiduría, aprovechando el tiempo presente, que es malo. La segunda mitad del capítulo trata las relaciones familiares: las esposas y los esposos, con la referencia central al amor de Cristo por la Iglesia, que se entregó por ella para santificarla. El pasaje, leído correctamente, no consagra el dominio de nadie, sino una entrega mutua que tiene como medida el sacrificio de Cristo. Es una página exigente para todos, no solo para una parte.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Revisa tus conversaciones y tu consumo de entretenimiento: ¿te acercan o te alejan de Dios? Sustituye hoy una costumbre que te dispersa por algo que te recoge, como un salmo rezado, un canto o un rato de silencio. Y en casa, elige un gesto de entrega concreta hacia los tuyos: escuchar sin interrumpir, ayudar sin que te lo pidan, renunciar a tener razón.
Oración
Señor, hazme imitador tuyo y enséñame a caminar en el amor. Lléname de tu Espíritu para que mi vida sea alabanza y no rutina. Purifica mis palabras y mis afectos, y hazme capaz de entregarme por los demás. Amén.
Acerca del libro de Efesios
La carta a los Efesios es una de las páginas más elevadas del Nuevo Testamento. La tradición la atribuye a san Pablo, que la escribió desde la prisión, probablemente en Roma hacia los años 60 al 62, y por eso se la cuenta entre las cartas de la cautividad. Más que una respuesta a un problema concreto de una comunidad, parece una meditación sobre el designio de Dios realizado en Cristo: un texto que se lee bien en voz alta, casi como una plegaria. Su tema central es la Iglesia entendida como cuerpo de Cristo, edificio santo, esposa amada, y el misterio largamente escondido y ahora revelado de que también los paganos están llamados a formar parte del mismo pueblo. La primera mitad de la carta es contemplativa: describe las bendiciones espirituales recibidas, la salvación por pura gracia, la reconciliación de judíos y gentiles en un solo hombre nuevo. La segunda mitad es exhortativa: cómo debe vivir quien ha sido alcanzado por esa gracia, con una moral doméstica y una llamada final a revestirse de la armadura de Dios frente al mal. Para el católico, Efesios es escuela de identidad: dice quién es la Iglesia, qué la une y de qué debe defenderse. En un tiempo de fragmentación, su insistencia en la unidad y en la dignidad de cada bautizado sigue siendo una luz imprescindible.
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