Esdras
Antiguo Testamento | 10 capítulos | 280 versículos
Capítulo 1
1 En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra de Yahveh, por boca de Jeremías, movió Yahveh el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino:
2 «Así habla Ciro, rey de Persia: Yahveh, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. El me ha encargado que le edifique una Casa en Jerusalén, en Judá.
3 Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, sea su Dios con él. Suba a Jerusalén, en Judá, a edificar la Casa de Yahveh, Dios de Israel, el Dios que está en Jerusalén.
4 A todo el resto del pueblo, donde residan, que las gentes del lugar les ayuden proporcionándoles plata, oro, hacienda y ganado, así como ofrendas voluntarias para la Casa de Dios que está en Jerusalén.»
5 Entonces los cabezas de familia de Judá y Benjamín, los sacerdotes y los levitas, todos aquellos cuyo ánimo había movido Dios, se pusieron en marcha para subir a edificar la Casa de Yahveh en Jerusalén;
6 y todos sus vecinos les proporcionaron toda clase de ayuda: plata, oro, hacienda, ganado, objetos preciosos en cantidad, además de toda clase de ofrendas voluntarias.
7 El rey Ciro mandó tomar los utensilios de la Casa de Yahveh que Nabucodonosor se había llevado de Jerusalén y había depositado en el templo de su dios.
8 Ciro, rey de Persia, los puso en manos del tesorero Mitrídates, el cual los contó para entregárselos a Sesbassar, el príncipe de Judá.
9 Este es el inventario: fuentes de oro: 30; fuentes de plata: 1.000; reparadas: 29;
10 copas de oro: 30; copas de plata: 1.000; estropeadas: 410; otros utensilios: 1.000.
11 Total de los utensilios de oro y plata: 5.400. Todo esto se lo llevó Sesbassar cuando se permitió a los deportados volver de Babilonia a Jerusalén.
Reflexión del capítulo 1
El primer capítulo de Esdras abre con una nota asombrosa: el Señor despierta el espíritu de Ciro, rey pagano de Persia, para que proclame la libertad de los desterrados y ordene reconstruir el templo de Jerusalén. Lo que a los ojos humanos parece una decisión política es, para la fe, la mano providente de Dios que cumple la profecía de Jeremías sobre los setenta años de desolación. El relato subraya que los vasos sagrados, profanados y llevados a Babilonia por Nabucodonosor, son devueltos íntegramente, como signo de que nada de lo consagrado al Señor perece definitivamente. Junto al decreto real aparece la respuesta del pueblo: las cabezas de familia de Judá, Benjamín, los sacerdotes y los levitas se disponen a subir y emprender la obra. Este capítulo nos recuerda que la libertad verdadera es don de Dios, pero exige nuestra disponibilidad para ponernos en camino. La historia de la salvación no avanza sin personas concretas que acogen la llamada y se comprometen con la restauración. Contemplar el regreso de la cautividad invita a reconocer las liberaciones que el Señor obra en nuestra propia vida y a corresponder con gratitud y acción.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy puedes reconocer una señal providencial, como el decreto de Ciro, en una circunstancia inesperada que el Señor usa para abrirte camino. Responde con la actitud de los jefes de familia de Judá y Benjamín: disponte a colaborar concretamente en la obra de reconstrucción de tu hogar o de tu comunidad, poniendo a disposición lo poco que tienes. No esperes a tenerlo todo resuelto; comienza ya, con disponibilidad y confianza, el camino de vuelta hacia Dios.
Oración
Señor, tú despiertas el corazón de los poderosos y vuelves a levantar a los que yacen en el destierro. Concédenos reconocer tu mano providente en los acontecimientos cotidianos y responder con generosidad a tu llamada de libertad, confiando en que ningún don tuyo es perdido para siempre. Amén.
Acerca del libro de Esdras
Esdras, también llamado Ezra, ocupa un lugar central entre los libros históricos del Antiguo Testamento porque narra el regreso del pueblo elegido del cautiverio babilónico y la reconstrucción de su identidad religiosa en Jerusalén. La tradición atribuye la obra al propio Esdras, sacerdote y escriba versado en la Ley de Moisés, figura que encarna el ideal de hombre entregado a la Palabra. La redacción definitiva se gestó en la comunidad judía postexílica, probablemente hacia el siglo IV a.C., sobre la base de memorias, listas y decretos reales.
El telón de fondo es el año 538 a.C., cuando Ciro de Persia conquista Babilonia y promulga un edicto que autoriza a los israelitas a volver a su tierra y a reedificar el templo. Desde el punto de vista literario, el libro entrelaza relato histórico, genealogías y documentos oficiales, cartas de reyes persas, para demostrar que el Dios de Israel guía incluso a los imperios paganos hacia sus designios de salvación.
Sus temas son la fidelidad de Dios a la alianza, la primacía del culto y la obediencia a la Ley, y la santidad de un pueblo llamado a ser luz de las naciones. En la historia de la salvación, Esdras tiende un puente hacia el Nuevo Testamento: la restauración del templo y la renovación de la alianza preparan el camino para Cristo, el verdadero templo y sumo sacerdote.
Para leerlo hoy con piedad, conviene contemplar a Esdras como un laico y ministro de la Palabra que ayuna, confiesa los pecados del pueblo y renueva la alianza con temor y alegría. Su testimonio nos urge a reconstruir nuestra vida interior sobre la Escritura, a reconciliarnos con Dios y a edificar comunidad desde la gratitud. Aun después del fracaso y el destierro, el Señor abre caminos de esperanza y santidad. La figura de Esdras, hombre de la Palabra y reformador paciente, sigue siendo para la Iglesia un modelo de cómo la Escritura renueva al pueblo y sostiene la esperanza en tiempos de reconstrucción.
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