Esdras

Antiguo Testamento | 10 capítulos | 280 versículos

Esd

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Capítulo 9 de 10

Capítulo 9

1 Concluido esto, se me presentaron los jefes diciendo: «El pueblo de Israel, los sacerdotes y los levitas no se han separado de las gentes del país, hundidas en sus abominaciones - cananeos, hititas, perizitas, jebuseos, ammonitas, moabitas, egipcios y amorreos -,

2 sino que han tomado para ellos y para sus hijos mujeres de entre las hijas de ellos: la raza santa se ha mezclado con las gentes del país; los jefes y los consejeros han sido los primeros en esta rebeldía.»

3 Al oír esto rasgué mis vestiduras y mi manto, me arranqué los pelos de la cabeza y de la barba, y me senté desolado.

4 Todos los temerosos de las palabras del Dios de Israel se reunieron en torno a mí, a causa de esta rebeldía de los deportados. Yo permanecí sentado, desolado, hasta la oblación de la tarde.

5 A la hora de la oblación de la tarde salí de mi postración y, con las vestiduras y el manto rasgados, caí de rodillas, extendí las manos hacia Yahveh mi Dios,

6 y dije: «Dios mío, harta vergüenza y confusión tengo para levantar mi rostro hacia ti, Dios mío. Porque nuestros crímenes se han multiplicado hasta sobrepasar nuestra cabeza, y nuestro delito ha crecido hasta el cielo.

7 Desde los días de nuestros padres hasta el día de hoy nos hemos hecho muy culpables: por nuestros crímenes fuimos entregados, nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes, en manos de los reyes de los países, a la espada, al cautiverio, al saqueo y al oprobio, como todavía hoy sucede.

8 Mas ahora, en un instante, Yahveh nuestro Dios nos ha concedido la gracia de dejarnos un Resto y de darnos una liberación en su lugar santo: nuestro Dios ha iluminado así nuestros ojos y nos ha reanimado en medio de nuestra esclavitud.

9 Porque esclavos fuimos nosotros, pero en nuestra esclavitud nuestro Dios no nos ha abandonado; nos ha granjeado el favor de los reyes de Persia, dándonos ánimos para levantar de nuevo la Casa de nuestro Dios y restaurar sus ruinas y procurándonos un valladar seguro en Judá y Jerusalén.

10 Pero ahora, Dios nuestro, ¿qué vamos a decir, si, después de todo esto, hemos abandonado tus mandamientos,

11 que por medio de tus siervos los profetas tú habías prescrito en estos términos: "La tierra en cuya posesión vais a entrar es una tierra manchada por la inmundicia de las gentes de la tierra, por las abominaciones con que la han llenado de un extremo a otro con su impureza?

12 Así pues, no deis vuestras hijas a sus hijos ni toméis sus hijas para vuestros hijos; no busquéis nunca su paz ni su bienestar, a fin de que podáis haceros fuertes, comáis los mejores frutos de la tierra y la dejéis en herencia a vuestros hijos para siempre."

13 «Mas después de todo lo que nos ha sobrevenido por nuestras malas acciones y nuestras culpas - y eso que tú, Dios nuestro, has disminuido nuestros crímenes y nos has concedido esta liberación -

14 ¿hemos de volver a violar tus mandamientos, emparentándonos con estas gentes abominables? ¿No te irritarías tú contra nosotros hasta exterminarnos sin que quedara Resto ni salvación?

15 Yahveh, Dios de Israel, justo eres, pues un Resto nos hemos salvado, como en el caso presente: aquí estamos ante ti, con nuestro delito. Pues por su causa nadie resiste en tu presencia.»

Reflexión del capítulo 9

Al instalarse en la tierra, Esdras recibe una noticia devastadora: el pueblo, incluidos jefes y sacerdotes, se ha mezclado con las naciones vecinas y adoptado sus costumbres, quebrantando la santidad exigida en la Ley. Su reacción es violenta y visceral: rasga sus vestiduras, arranca los cabellos, se sienta letárgico hasta el sacrificio de la tarde. Luego se postra y eleva una oración de confesión que es una de las más bellas del Antiguo Testamento. No acusa a otros, sino que se identifica con el pecado común: ¡Dios mío, estoy confundido y avergonzado! Reconoce la justicia de Dios tras el castigo y la gratuidad de su misericordia al haber dejado un resto. Esdras comprende que la identidad del pueblo se juega en la fidelidad a la alianza. Su dolor no es farisaico, sino compasivo y solidario. Para nosotros es un modelo de verdadera contrición: arrepentirse no solo de los pecados propios, sino cargar con los de la comunidad, intercediendo como Cristo, que lloró sobre Jerusalén y se entregó por los pecados de todos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy examina tu vida a la luz de la alianza y, si descubres complicidad con actitudes mundanas o tibias, no la justifiques ni la minimices. Imita a Esdras: expresa un arrepentimiento concreto y reza también por los pecados de tu familia y de tu comunidad, asumiendo una responsabilidad solidaria y no solo individual ante el Señor.

Oración

Señor, llenos de confusión y vergüenza por nuestras infidelidades, reconocemos tu justicia y tu misericordia. Purifica a tu pueblo y concédenos un corazón contrito que se comprometa de nuevo contigo, intercediendo unos por otros con amor. Amén.

Acerca del libro de Esdras

Esdras, también llamado Ezra, ocupa un lugar central entre los libros históricos del Antiguo Testamento porque narra el regreso del pueblo elegido del cautiverio babilónico y la reconstrucción de su identidad religiosa en Jerusalén. La tradición atribuye la obra al propio Esdras, sacerdote y escriba versado en la Ley de Moisés, figura que encarna el ideal de hombre entregado a la Palabra. La redacción definitiva se gestó en la comunidad judía postexílica, probablemente hacia el siglo IV a.C., sobre la base de memorias, listas y decretos reales.

El telón de fondo es el año 538 a.C., cuando Ciro de Persia conquista Babilonia y promulga un edicto que autoriza a los israelitas a volver a su tierra y a reedificar el templo. Desde el punto de vista literario, el libro entrelaza relato histórico, genealogías y documentos oficiales, cartas de reyes persas, para demostrar que el Dios de Israel guía incluso a los imperios paganos hacia sus designios de salvación.

Sus temas son la fidelidad de Dios a la alianza, la primacía del culto y la obediencia a la Ley, y la santidad de un pueblo llamado a ser luz de las naciones. En la historia de la salvación, Esdras tiende un puente hacia el Nuevo Testamento: la restauración del templo y la renovación de la alianza preparan el camino para Cristo, el verdadero templo y sumo sacerdote.

Para leerlo hoy con piedad, conviene contemplar a Esdras como un laico y ministro de la Palabra que ayuna, confiesa los pecados del pueblo y renueva la alianza con temor y alegría. Su testimonio nos urge a reconstruir nuestra vida interior sobre la Escritura, a reconciliarnos con Dios y a edificar comunidad desde la gratitud. Aun después del fracaso y el destierro, el Señor abre caminos de esperanza y santidad. La figura de Esdras, hombre de la Palabra y reformador paciente, sigue siendo para la Iglesia un modelo de cómo la Escritura renueva al pueblo y sostiene la esperanza en tiempos de reconstrucción.

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