Esdras

Antiguo Testamento | 10 capítulos | 280 versículos

Esd

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Capítulo 5 de 10

Capítulo 5

1 Los profetas Ageo y Zacarías, hijo de Iddó, empezaron a profetizar a los judíos de Judá y de Jerusalén, en nombre del Dios de Israel que velaba sobre ellos.

2 Con esto, Zorobabel, hijo de Sealtiel, y Josué, hijo de Yosadaq, se decidieron a reanudar la construcción de la Casa de Dios en Jerusalén: los profetas de Dios estaban con ellos, apoyándoles.

3 Por entonces, Tattenay, sátrapa de Transeufratina, Setar Boznay y sus colegas vinieron donde ellos y les preguntaron: «¿Quién os ha autorizado a construir esta Casa y a rematar este santuario?

4 ¿Cómo se llaman los hombres que construyen este edificio?»

5 Pero los ojos de su Dios velaban sobre los ancianos de los judíos, y no se les obligó a suspender la obra en espera de que llegase un informe a Darío y volviera un decreto oficial sobre el particular.

6 Copia de la carta que Tattenay, sátrapa de Transeufratina, Setar Boznay y sus colegas, las autoridades de Transeufratina, remitieron al rey Darío.

7 Le enviaron un escrito de este tenor: «Al rey Darío, paz completa.

8 Sepa el rey que nosotros hemos ido a la provincia de Judá, a la Casa del gran Dios: se está reconstruyendo con piedras sillares; se recubren de madera las paredes; la obra se ejecuta cuidadosamente y adelanta en sus manos.

9 Preguntando, pues, a estos ancianos, les hemos dicho: "¿Quién os ha autorizado a construir esta Casa y a rematar este santuario?"

10 Les hemos preguntado además sus nombres para informarte de ello; y así te damos por escrito los nombres de los hombres que están al frente de ellos.

11 «Ellos nos han dado esta respuesta: "Nosotros somos servidores del Dios del cielo y de la tierra; estamos reconstruyendo una Casa que estuvo en pie anteriormente durante muchos años y que un gran rey de Israel construyó y acabó.

12 Pero nuestros padres irritaron al Dios del cielo, y él los entregó en manos de Nabucodonosor, el caldeo, rey de Babilonia.

13 Sin embargo, el año primero de Ciro, rey de Babilonia, el rey Ciro dio autorización para reconstruir esta Casa de Dios;

14 además los utensilios de oro y plata de la Casa de Dios que Nabucodonosor había quitado al santuario de Jerusalén y había llevado al santuario de Babilonia, el rey Ciro los mandó sacar del santuario de Babilonia, y entregar a un hombre llamado Sesbassar, a quien constituyó sátrapa;

15 y le dijo: Toma estos utensilios; vete a llevarlos al santuario de Jerusalén y que sea reconstruida la Casa de Dios en su emplazamiento;

16 vino, pues, este Sesbassar y echó los cimientos de la Casa de Dios en Jerusalén, y desde entonces hasta el presente se viene reconstruyendo, pero no está acabada."

17 «Ahora, pues, si le place al rey, investíguese en el departamento del tesoro del rey de Babilonia si es verdad que el rey Ciro dio autorización para reconstruir esta Casa de Dios en Jerusalén. Y que se nos remita la decisión del rey sobre este asunto.»

Reflexión del capítulo 5

Con el reinado de Darío, el profeta Ageo y Zacarías impulsan la reanudación de la obra, y Zorobabel con Josué retoman la construcción del templo. Entonces aparece Tatnai, gobernador de la región, y le pregunta a los judíos quién les ha autorizado. Ellos responden con serena franqueza, y Tatnai no los reprime, sino que escribe a Darío relatando los hechos y adjuntando la reivindicación de los repatriados: el decreto de Ciro. El capítulo muestra una dinámica preciosa: la obra avanza apoyada en la profecía y la autoridad legítima. Los gobernantes paganos ya no son obstáculo, sino testigos ante los que hay que dar razón de la esperanza. La actitud de los constructores, que prosiguen mientras se aclara la situación, enseña a no paralizarse ante la burocracia ni ante el temor al poder. La Iglesia ha de saber rendir cuentas a la autoridad civil cuando esta es justa, sin traicionar su misión. El relato nos recuerda que la verdad histórica y los documentos de Dios terminan por abrir paso a su plan, incluso a través de cancillerías humanas.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Practica hoy la franqueza evangélica: da razón serena y respetuosa de tus convicciones cuando alguien te pregunte, sin caer ni en la agresividad ni en la cobardía. Y no te paralices ante la lentitud de los trámites humanos; continúa haciendo el bien con constancia mientras se aclaran las circunstancias a tu alrededor. La verdad de Dios termina abriendo paso.

Oración

Señor, danos la valentía de profesar tu verdad con humildad y la prudencia de colaborar con las autoridades justas. Que tu obra avance en nosotros pase lo que pase, y que nuestra vida dé testimonio fiel de tu Evangelio. Amén.

Acerca del libro de Esdras

Esdras, también llamado Ezra, ocupa un lugar central entre los libros históricos del Antiguo Testamento porque narra el regreso del pueblo elegido del cautiverio babilónico y la reconstrucción de su identidad religiosa en Jerusalén. La tradición atribuye la obra al propio Esdras, sacerdote y escriba versado en la Ley de Moisés, figura que encarna el ideal de hombre entregado a la Palabra. La redacción definitiva se gestó en la comunidad judía postexílica, probablemente hacia el siglo IV a.C., sobre la base de memorias, listas y decretos reales.

El telón de fondo es el año 538 a.C., cuando Ciro de Persia conquista Babilonia y promulga un edicto que autoriza a los israelitas a volver a su tierra y a reedificar el templo. Desde el punto de vista literario, el libro entrelaza relato histórico, genealogías y documentos oficiales, cartas de reyes persas, para demostrar que el Dios de Israel guía incluso a los imperios paganos hacia sus designios de salvación.

Sus temas son la fidelidad de Dios a la alianza, la primacía del culto y la obediencia a la Ley, y la santidad de un pueblo llamado a ser luz de las naciones. En la historia de la salvación, Esdras tiende un puente hacia el Nuevo Testamento: la restauración del templo y la renovación de la alianza preparan el camino para Cristo, el verdadero templo y sumo sacerdote.

Para leerlo hoy con piedad, conviene contemplar a Esdras como un laico y ministro de la Palabra que ayuna, confiesa los pecados del pueblo y renueva la alianza con temor y alegría. Su testimonio nos urge a reconstruir nuestra vida interior sobre la Escritura, a reconciliarnos con Dios y a edificar comunidad desde la gratitud. Aun después del fracaso y el destierro, el Señor abre caminos de esperanza y santidad. La figura de Esdras, hombre de la Palabra y reformador paciente, sigue siendo para la Iglesia un modelo de cómo la Escritura renueva al pueblo y sostiene la esperanza en tiempos de reconstrucción.

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