Esdras
Antiguo Testamento | 10 capítulos | 280 versículos
Capítulo 8
1 Estos son, con su genealogía, los cabezas de familia que subieron conmigo de Babilonia en el reinado del rey Artajerjes:
2 De los hijos de Pinjás: Guersom; de los hijos de Itamar: Daniel; de los hijos de David: Jattús,
3 hijo de Sekanías; de los hijos de Pardós: Zacarías, con el que fueron registrados 150 varones;
4 de los hijos de Pajat Moab: Elyehoenay, hijo de Zerajías, y con él doscientos varones;
5 de los hijos de Zattú: Sekanías, hijo de Yajaziel, y con él trescientos varones;
6 de los hijos de Adín: Ebed, hijo de Jonatán, y con él cincuenta varones;
7 de los hijos de Elam: Isaías, hijo de Atalías, y con él setenta varones;
8 de los hijos de Sefatías: Zebadías, hijo de Miguel, y con él ochenta varones;
9 de los hijos de Joab: Abdías, hijo de Yejiel y con él 218 varones;
10 de los hijos de Baní: Selomit, hijo de Yosifías, y con él 160 varones;
11 de los hijos de Bebay: Zacarías, hijo de Bebay, y con él veintiocho varones;
12 de los hijos de Azgad: Yojanán, hijo de Haqcadán, y con él 110 varones;
13 de los hijos de Adonicam: los últimos, cuyos nombres son: Elifélet, Yeiel y Semaías, y con ellos sesenta varones;
14 y de los hijos de Bigvay: Utay, hijo de Zabud, y con él setenta varones.
15 Yo los reuní junto al río que corre hacia Ahavá. Allí acampamos tres días. Observé que había laicos y sacerdotes, pero no encontré ningún levita.
16 Entonces llamé a Eliezer, Ariel, Semaías, Elnatán, Yarib, Elnatán, Natán, Zacarías, y Mesullam, hombres discretos,
17 y les mandé donde Iddó, jefe de la localidad de Kasifías; puse en su boca las palabras que habían de decir a Iddó y a sus hermanos, establecidos en la localidad de Kasifías, para que nos proporcionaran ministros para la Casa de nuestro Dios.
18 Y gracias a la mano bondadosa de nuestro Dios que estaba con nosotros, nos trajeron a un hombre experto, de los hijos de Majlí, hijo de Leví, hijo de Israel: a Serebías, con sus hijos y hermanos: dieciocho hombres;
19 además a Jasabías, y con él a su hermano Isaías, de los hijos de Merarí, y sus hijos: veinte hombres.
20 Y de los donados que David y los jefes habían destinado al servicio de los levitas: 220 donados. Todos ellos fueron designados nominalmente.
21 Allí, a orillas del río Ahavá, proclamé un ayuno para humillarnos delante de nuestro Dios y pedirle un viaje feliz para nosotros, nuestros hijos y nestros bienes.
22 Pues me daba vergüenza solicitar del rey tropa y gente de a caballo para protegernos del enemigo en el camino; por el contrario, habíamos declarado al rey: «La mano de nuestro Dios está, para bien, con todos los que le buscan; y su poder y su cólera sobre todos los que le abandonan.»
23 Ayunamos, pues, buscando a nuestro Dios por esta intención, y él nos atendió.
24 Elegí a doce jefes de los sacerdotes, y además a Serebías y Jasabías, y con ellos a diez de sus hermanos;
25 les pesé la plata, el oro y los utensilios, ofrendas que el rey, sus consejeros, sus jefes y todos los israelitas que se encontraban allí habían reservado para la Casa de nuestro Dios.
26 Pesé y les entregué 650 talentos de plata, cien utensilios de plata de dos talentos, cien talentos de oro,
27 veinte copas de oro de mil dáricos y dos objetos de hermoso bronce dorado, preciosos como el oro.
28 Y les dije: «Vosotros estáis consagrados a Yahveh; estos utensilios son sagrados; esta plata y este oro son una ofrenda voluntaria a Yahveh, Dios de nuestros padres.
29 Vigilad y guardadlos hasta que los peséis ante los jefes de los sacerdotes y de los levitas y los cabezas de familia de Israel, en Jerusalén, en las cámaras de la Casa de Yahveh.»
30 Los sacerdotes y levitas tomaron entonces la plata, todo lo que había sido pesado, el oro y los utensilios, para llevarlos a Jerusalén, a la Casa de nuestro Dios.
31 El día doce del primer mes partimos del río Ahavá para ir a Jerusalén: la mano de nuestro Dios estaba con nosotros y nos salvó en el camino de la mano de enemigos y salteadores.
32 Llegamos a Jerusalén y descansamos allí tres días.
33 El cuarto día, la plata, el oro y los utensilios fueron pesados en la Casa de nuestro Dios y entregados al sacerdote Meremot, hijo de Urías, con quien estaba Eleazar, hijo de Pinjás; les acompañaban los levitas Yozabad, hijo de Josué, y Noadías, hijo de Binnuy.
34 Todo se contó y se pesó, y se registró su peso total. En aquel tiempo,
35 los deportados que volvían del cautiverio ofrecieron holocaustos al Dios de Israel: doce novillos por todo Israel, 96 carneros, 77 corderos y doce machos cabríos por el pecado: todo en holocausto a Yahveh.
36 Y se entregaron los decretos del rey a los sátrapas del rey y a los gobernadores de Transeufratina, los cuales favorecieron al pueblo y la Casa de Dios.
Reflexión del capítulo 8
Esdras reúne a un grupo de familias sacerdotales y levitas para acompañarle en el viaje, consciente de que la obra necesita ministros consagrados. Al llegar al río Ahava, proclama un ayuno para humillarse ante Dios y pedir camino seguro, pues se ha negado a pedir escolta armada al rey: habíamos dicho al rey que la mano de nuestro Dios está sobre los que le buscan. Confía en la protección divina, no en la espada. Enumera luego el oro, la plata y los vasos sagrados entregados al templo, todo bajo custodia, y al llegar a Jerusalén entrega el tesoro y ofrece holocaustos. Este capítulo respira confianza orante: la obra de Dios se sostiene con ayuno, vigilia y responsabilidad, no con fuerza humana. El detalle del pesaje de los dones recuerda que nada de lo ofrecido al Señor es insignificante; Él quiere que administremos con honradez sus bienes. Esdras nos enseña a emprender toda empresa importante poniéndola primero en manos de Dios y rodeándola de oración, para que el éxito no se atribuya a nuestra astucia, sino a su bondad.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Antes de una empresa importante hoy, imita a Esdras: no confíes solo en tu fuerza ni en medios puramente humanos, sino proclama un pequeño ayuno o silencio y encomienda el resultado a Dios, administrando con honradez lo que Él te confía. El éxito de la obra buena se debe a su bondad, no a nuestra astucia ni a nuestra prisa.
Oración
Dios fiel, tú guías el camino de los que te buscan y proteges lo que se entrega a tu culto. Enséñanos a confiar en tu mano providente y a administrar con honestidad cuanto recibimos de ti, para tu gloria y el bien de todos. Amén.
Acerca del libro de Esdras
Esdras, también llamado Ezra, ocupa un lugar central entre los libros históricos del Antiguo Testamento porque narra el regreso del pueblo elegido del cautiverio babilónico y la reconstrucción de su identidad religiosa en Jerusalén. La tradición atribuye la obra al propio Esdras, sacerdote y escriba versado en la Ley de Moisés, figura que encarna el ideal de hombre entregado a la Palabra. La redacción definitiva se gestó en la comunidad judía postexílica, probablemente hacia el siglo IV a.C., sobre la base de memorias, listas y decretos reales.
El telón de fondo es el año 538 a.C., cuando Ciro de Persia conquista Babilonia y promulga un edicto que autoriza a los israelitas a volver a su tierra y a reedificar el templo. Desde el punto de vista literario, el libro entrelaza relato histórico, genealogías y documentos oficiales, cartas de reyes persas, para demostrar que el Dios de Israel guía incluso a los imperios paganos hacia sus designios de salvación.
Sus temas son la fidelidad de Dios a la alianza, la primacía del culto y la obediencia a la Ley, y la santidad de un pueblo llamado a ser luz de las naciones. En la historia de la salvación, Esdras tiende un puente hacia el Nuevo Testamento: la restauración del templo y la renovación de la alianza preparan el camino para Cristo, el verdadero templo y sumo sacerdote.
Para leerlo hoy con piedad, conviene contemplar a Esdras como un laico y ministro de la Palabra que ayuna, confiesa los pecados del pueblo y renueva la alianza con temor y alegría. Su testimonio nos urge a reconstruir nuestra vida interior sobre la Escritura, a reconciliarnos con Dios y a edificar comunidad desde la gratitud. Aun después del fracaso y el destierro, el Señor abre caminos de esperanza y santidad. La figura de Esdras, hombre de la Palabra y reformador paciente, sigue siendo para la Iglesia un modelo de cómo la Escritura renueva al pueblo y sostiene la esperanza en tiempos de reconstrucción.
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