Gálatas

Nuevo Testamento | 6 capítulos | 149 versículos

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Capítulo 2 de 6

Capítulo 2

1 Luego, al cabo de catorce años, subí nuevamente a Jerusalén con Bernabé, llevando conmigo también a Tito.

2 Subí movido por una revelación y les expuse el Evangelio que proclamo entre los gentiles - tomando aparte a los notables - para saber si corría o había corrido en vano.

3 Pues bien, ni siquiera Tito que estaba conmigo, con ser griego, fue obligado a circuncidarse.

4 Pero, a causa de los intrusos, los falsos hermanos que solapadamente se infiltraron para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, con el fin de reducirnos a esclavitud,

5 a quienes ni por un instante cedimos, sometiéndonos, a fin de salvaguardar para vosotros la verdad del Evangelio...

6 Y de parte de los que eran tenidos por notables - ¡qué me importa lo que fuesen!: en Dios no hay acepción de personas - en todo caso, los notables nada nuevo me impusieron.

7 Antes al contrario, viendo que me había sido confiada la evangelización de los incircuncisos, al igual que a Pedro la de los circuncisos,

8 - pues el que actuó en Pedro para hacer de él un apóstol de los circuncisos, actuó también en mí para hacerme apóstol de los gentiles -

9 y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos;

10 sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero.

11 Mas, cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión.

12 Pues antes que llegaran algunos del grupo de Santiago, comía en compañía de los gentiles; pero una vez que aquéllos llegaron, se le vio recatarse y separarse por temor de los circuncisos.

13 Y los demás judíos le imitaron en su simulación, hasta el punto de que el mismo Bernabé se vio arrastrado por la simulación de ellos.

14 Pero en cuanto vi que no procedían con rectitud, según la verdad del Evangelio, dije a Cefas en presencia de todos: «Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?»

15 Nosotros somos judíos de nacimiento y no gentiles pecadores; a pesar de todo,

16 conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado.

17 Ahora bien, si buscando nuestra justificación en Cristo, resulta que también nosotros somos pecadores, ¿estará Cristo al servicio del pecado? ¡De ningún modo!

18 Pues si vuelvo a edificar lo que una vez destruí, a mí mismo me declaro transgresor.

19 En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado:

20 y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí.

21 No tengo por inútil la gracia de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justificación, entonces hubiese muerto Cristo en vano.

Reflexión del capítulo 2

El capítulo segundo nos lleva al corazón del conflicto. Pablo sube a Jerusalén con Bernabé y Tito y expone el Evangelio que predica a los gentiles. Los que eran tenidos por columnas —Santiago, Cefas y Juan— le tienden la mano en señal de comunión: reconocen que a Pablo se le ha confiado la evangelización de los incircuncisos, como a Pedro la de los circuncisos. Solo le piden tener presentes a los pobres.

Pero el momento más intenso ocurre en Antioquía. Cefas, que comía con los gentiles, se recata y se separa cuando llegan algunos del grupo de Santiago, arrastrando en su simulación incluso a Bernabé. Pablo lo enfrenta cara a cara, porque no se procedía con rectitud según la verdad del Evangelio. La corrección no niega la comunión: la defiende, pues el testimonio del Evangelio estaba en juego.

De ahí brota la afirmación central de la carta: el hombre no se justifica por las obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo. Pablo no desprecia la Ley; afirma que su tiempo de pedagogo ha terminado en Cristo. Y confiesa el misterio que sostiene su vida: con Cristo estoy crucificado, y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. La vida presente la vive en la fe del Hijo de Dios que lo amó y se entregó por él.

Es la página donde la gracia deja de ser una idea y se vuelve biografía: Cristo vive en el creyente, y por eso la salvación es relación antes que mérito.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy puedo revisar mis incoherencias: ¿cambio mi conducta según quién me mira? Elijo una situación concreta en la que haya cedido a la presión del grupo y decido actuar con rectitud, aunque incomode. Y haré un acto de fe: recordar que soy justificado por Cristo, no por mi rendimiento, para servir desde la libertad y no desde el miedo.

Oración

Señor Jesucristo, que me amaste y te entregaste por mí, haz que ya no viva yo, sino tú en mí. Dame libertad para no acomodarme por miedo y valentía para defender la verdad del Evangelio con caridad. Que mi vida sea tu vida. Amén.

Acerca del libro de Gálatas

La Carta a los Gálatas es uno de los escritos más ardientes de san Pablo, redactado probablemente entre los años 54 y 57 d.C. para unas comunidades que él mismo había fundado en la región de Galacia, en Asia Menor. El apóstol se presenta como enviado «no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos», porque su autoridad y su Evangelio le vinieron por revelación directa y no por mediación humana.

La ocasión de la carta es una crisis grave. Unos predicadores venidos del judaísmo, llamados judaizantes, sostenían que los paganos convertidos debían circuncidarse y observar la Ley de Moisés para salvarse; con ello perturbaban a los creyentes y deformaban el Evangelio de Cristo. Pablo reacciona con una vehemencia que no aparece en ninguna otra de sus cartas, porque no discute un punto secundario: defiende la verdad misma de la salvación. Si esta dependiera de las obras de la Ley, Cristo habría muerto en vano.

De ahí brota la enseñanza central de la carta: el hombre no se justifica por las obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo, y todos los que creen son hijos de Abraham y herederos de la Promesa. La Ley fue un pedagogo que condujo hasta Cristo; una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo. La carta no se queda en la doctrina, sino que la lleva a la vida: la libertad cristiana no es licencia para la carne, sino vocación al amor, pues toda la Ley se cumple en el mandamiento de amar al prójimo. Frente a las obras de la carne, Pablo describe el fruto del Espíritu —amor, alegría, paz, paciencia, bondad— como el verdadero signo de quien pertenece a Cristo.

Para la fe católica, Gálatas es una escuela de gracia y de libertad responsable. Nos recuerda que la salvación es don antes que conquista y que la respuesta del creyente es la fe que actúa por la caridad. Leída en la tradición de la Iglesia, ilumina el lugar de la Ley, de los sacramentos y de las obras en la vida cristiana, y conduce siempre a Cristo crucificado, único mediador de la salvación.

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