Gálatas

Nuevo Testamento | 6 capítulos | 149 versículos

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Capítulo 4 de 6

Capítulo 4

1 Pues yo digo: Mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia de un esclavo, con ser dueño de todo;

2 sino que está bajo tutores y administradores hasta el tiempo fijado por el padre.

3 De igual manera, también nosotros, cuando éramos menores de edad, vivíamos como esclavos bajo los elementos del mundo.

4 Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley,

5 para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva.

6 La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!

7 De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios.

8 Pero en otro tiempo, cuando no conocíais a Dios, servíais a los que en realidad no son dioses.

9 Mas, ahora que habéis conocido a Dios, o mejor, que él os ha conocido, ¿cómo retornáis a esos elementos sin fuerza ni valor, a los cuales queréis volver a servir de nuevo?

10 Andáis observando los días, los meses, las estaciones, los años.

11 Me hacéis temer no haya sido en vano todo mi afán por vosotros.

12 Os ruego que os hagáis como yo, pues yo me hice como vosotros. Ningún agravio me hicisteis.

13 Pero bien sabéis que una enfermedad me dio ocasión para evangelizaros por primera vez;

14 y, no obstante la prueba que suponía para vosotros mi cuerpo, no me mostrasteis desprecio ni repulsa, sino que me recibisteis como a un ángel de Dios: como a Cristo Jesús.

15 ¿Dónde están ahora los parabienes que os dabais? Pues yo mismo puedo atestiguaros que os hubierais arrancado los ojos, de haber sido posible, para dármelos.

16 ¿Es que me he vuelto enemigo vuestro diciéndoos la verdad?

17 El celo que ésos muestran por vosotros no es bueno; quieren alejaros de mí para que mostréis celo por ellos.

18 Bien está procurarse el celo de otros para el bien, siempre, y no sólo cuando yo estoy entre vosotros,

19 ¡hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros.

20 Quisiera hallarme ahora en medio de vosotros para poder acomodar el tono de mi voz, pues no sé cómo habérmelas con vosotros.

21 Decidme vosotros, los que queréis estar sometidos a la ley: ¿No oís la ley?.

22 Pues dice la Escritura que Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava y otro de la libre.

23 Pero el de la esclava nació según la naturaleza; el de la libre, en virtud de la Promesa.

24 Hay en ello una alegoría: estas mujeres representan dos alianzas; la primera, la del monte Sinaí, madre de los esclavos, es Agar,

25 (pues el monte Sinaí está en Arabia) y corresponde a la Jerusalén actual, que es esclava, y lo mismo sus hijos.

26 Pero la Jerusalén de arriba es libre; ésa es nuestra madre,

27 pues dice la Escritura: Regocíjate estéril, la que no das hijos; rompe en gritos de júbilo, la que no conoces los dolores de parto, que más son los hijos de la abandonada que los de la casada.

28 Y vosotros, hermanos, a la manera de Isaac, sois hijos de la Promesa.

29 Pero, así como entonces el nacido según la naturaleza perseguía al nacido según el espíritu, así también ahora.

30 Pero ¿qué dice la Escritura? Despide a la esclava y a su hijo, pues no ha de heredar el hijo de la esclava juntamente con el hijo de la libre.

31 Así que, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre.

Reflexión del capítulo 4

El capítulo cuarto contempla la historia de la salvación como un crecimiento hacia la madurez. Mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia de un esclavo, aunque sea dueño de todo; también nosotros vivíamos como esclavos bajo los elementos del mundo. Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva.

La prueba de esa filiación es el Espíritu de su Hijo, que clama en nuestros corazones: ¡Abbá, Padre! Ya no somos esclavos, sino hijos, y si hijos, también herederos. Pablo se duele de que los gálatas, habiendo conocido a Dios, quieran volver a elementos sin fuerza ni valor, observando días, meses y estaciones. Su amor de padre se desborda: hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros.

El capítulo cierra con la alegoría de Agar y Sara, las dos alianzas: la del Sinaí, que engendra esclavos, y la de la Jerusalén de arriba, que es libre y es nuestra madre. Nosotros, como Isaac, somos hijos de la Promesa. No somos hijos de la esclava, sino de la libre.

Es una página de esperanza: la libertad cristiana nace de saberse hijo amado, no siervo temeroso.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy puedo dejar de vivir como esclavo que teme y empezar a vivir como hijo que confía. Concreto: cuando me asalte la angustia o una culpa estéril, diré despacio «Abbá, Padre», entregándole lo que me pesa. Y renunciaré a una práctica que me ata —una rutina vacía o una superstición— para sustituirla por un gesto libre de amor.

Oración

Abbá, Padre, que en la plenitud de los tiempos enviaste a tu Hijo nacido de mujer, gracias por hacerme hijo tuyo. Líbrame de volver a la esclavitud y haz que Cristo se forme en mí. Que viva como heredero de tu Promesa. Amén.

Acerca del libro de Gálatas

La Carta a los Gálatas es uno de los escritos más ardientes de san Pablo, redactado probablemente entre los años 54 y 57 d.C. para unas comunidades que él mismo había fundado en la región de Galacia, en Asia Menor. El apóstol se presenta como enviado «no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos», porque su autoridad y su Evangelio le vinieron por revelación directa y no por mediación humana.

La ocasión de la carta es una crisis grave. Unos predicadores venidos del judaísmo, llamados judaizantes, sostenían que los paganos convertidos debían circuncidarse y observar la Ley de Moisés para salvarse; con ello perturbaban a los creyentes y deformaban el Evangelio de Cristo. Pablo reacciona con una vehemencia que no aparece en ninguna otra de sus cartas, porque no discute un punto secundario: defiende la verdad misma de la salvación. Si esta dependiera de las obras de la Ley, Cristo habría muerto en vano.

De ahí brota la enseñanza central de la carta: el hombre no se justifica por las obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo, y todos los que creen son hijos de Abraham y herederos de la Promesa. La Ley fue un pedagogo que condujo hasta Cristo; una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo. La carta no se queda en la doctrina, sino que la lleva a la vida: la libertad cristiana no es licencia para la carne, sino vocación al amor, pues toda la Ley se cumple en el mandamiento de amar al prójimo. Frente a las obras de la carne, Pablo describe el fruto del Espíritu —amor, alegría, paz, paciencia, bondad— como el verdadero signo de quien pertenece a Cristo.

Para la fe católica, Gálatas es una escuela de gracia y de libertad responsable. Nos recuerda que la salvación es don antes que conquista y que la respuesta del creyente es la fe que actúa por la caridad. Leída en la tradición de la Iglesia, ilumina el lugar de la Ley, de los sacramentos y de las obras en la vida cristiana, y conduce siempre a Cristo crucificado, único mediador de la salvación.

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