Gálatas
Nuevo Testamento | 6 capítulos | 149 versículos
Capítulo 3
1 ¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, a cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado?
2 Quiero saber de vosotros una sola cosa: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por la fe en la predicación?
3 ¿Tan insensatos sois? Comenzando por espíritu, ¿termináis ahora en carne?
4 ¿Habéis pasado en vano por tales experiencias? ¡Pues bien en vano sería!
5 El que os otorga, pues, el Espíritu y obra milagros entre vosotros, ¿lo hace porque observáis la ley o porque tenéis fe en la predicación?
6 Así Abraham creyó en Dios y le fue reputado como justicia.
7 Tened, pues, entendido que los que viven de la fe, ésos son los hijos de Abraham.
8 La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, anunció con antelación a Abraham esta buena nueva: En ti serán bendecidas todas las naciones.
9 Así pues, los que viven de la fe son bendecidos con Abraham el creyente.
10 Porque todos los que viven de las obras de la ley incurren en maldición. Pues dice la Escritura: Maldito todo el que no se mantenga en la práctica de todos los preceptos escritos en el libro de la Ley.
11 - Y que la ley no justifica a nadie ante Dios es cosa evidente, pues el justo vivirá por la fe;
12 pero la ley no procede de la fe, sino que quien practique sus preceptos, vivirá por ellos -
13 Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: Maldito todo el que está colgado de un madero,
14 a fin de que llegara a los gentiles, en Cristo Jesús, la bendición de Abraham, y por la fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa.
15 Hermanos, voy a explicarme al modo humano: aun entre los hombres, nadie anula ni añade nada a un testamento hecho en regla.
16 Pues bien, las promesas fueron dirigidas a Abraham y a su descendencia. No dice: «y a los descendientes», como si fueran muchos, sino a uno solo, a tu descendencia, es decir, a Cristo.
17 Y digo yo: Un testamento ya hecho por Dios en debida forma, no puede ser anulado por la ley, que llega 430 años más tarde, de tal modo que la promesa quede anulada.
18 Pues si la herencia dependiera de la ley, ya no procedería de la promesa, y sin embargo, Dios otorgó a Abraham su favor en forma de promesa.
19 Entonces, ¿para qué la ley? Fue añadida en razón de las transgresiones hasta que llegase la descendencia, a quien iba destinada la promesa, ley que fue promulgada por los ángeles y con la intervención de un mediador.
20 Ahora bien, cuando hay uno solo no hay mediador, y Dios es uno solo.
21 Según eso, ¿la ley se opone a las promesas de Dios? ¡De ningún modo! Si de hecho se nos hubiera otorgado una ley capaz de vivificar, en ese caso la justicia vendría realmente de la ley.
22 Pero, de hecho, la Escritura encerró todo bajo el pecado, a fin de que la Promesa fuera otorgada a los creyentes mediante la fe en Jesucristo.
23 Y así, antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia de la ley, en espera de la fe que debía manifestarse.
24 De manera que la ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados por la fe.
25 Mas, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo.
26 Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.
27 En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo:
28 ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.
29 Y si sois de Cristo, ya sois descendencia de Abraham, herederos según la Promesa.
Reflexión del capítulo 3
El tercer capítulo responde a una pregunta decisiva: ¿cómo se recibe el Espíritu, por las obras de la Ley o por la fe? Pablo llama insensatos a los gálatas, no por desprecio, sino por asombro: ante sus ojos fue presentado Jesucristo crucificado, y ahora pretenden terminar en la carne lo que comenzó por el Espíritu.
El apóstol vuelve a Abraham, padre de los creyentes. Abraham creyó en Dios y le fue reputado como justicia; por eso los que viven de la fe son sus hijos. La Escritura misma anunció de antemano que en él serían bendecidas todas las naciones. En cambio, todos los que viven de las obras de la Ley incurren en maldición, porque nadie puede cumplirla entera. Cristo nos rescató de esa maldición haciéndose él mismo maldición por nosotros, colgado del madero.
Pablo explica después el sentido de la Ley: fue añadida a causa de las transgresiones y sirvió de pedagogo hasta Cristo, para que fuéramos justificados por la fe. Una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo. Y aquí aparece la maravilla: todos somos hijos de Dios por la fe, y los bautizados nos hemos revestido de Cristo, de modo que ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos somos uno en Cristo Jesús.
El capítulo nos invita a dejar de medirnos por cumplimientos para vivir como hijos, herederos de la Promesa.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy puedo dejar de tratar mi vida cristiana como una lista de méritos que me da derecho ante Dios. Concretamente, elegiré un momento para orar como hijo y no como empleado: presentaré al Padre mis límites sin disimularlos y confiaré en su promesa. Y trataré con igual dignidad a alguien a quien suelo clasificar por su origen, cultura o condición.
Oración
Dios de Abraham, Padre de todos los que creen, gracias por hacerme hijo tuyo en el Bautismo. Líbrame de buscarme en las obras y enséñame a vivir de la fe. Que, revestidos de Cristo, seamos uno en él. Amén.
Acerca del libro de Gálatas
La Carta a los Gálatas es uno de los escritos más ardientes de san Pablo, redactado probablemente entre los años 54 y 57 d.C. para unas comunidades que él mismo había fundado en la región de Galacia, en Asia Menor. El apóstol se presenta como enviado «no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos», porque su autoridad y su Evangelio le vinieron por revelación directa y no por mediación humana.
La ocasión de la carta es una crisis grave. Unos predicadores venidos del judaísmo, llamados judaizantes, sostenían que los paganos convertidos debían circuncidarse y observar la Ley de Moisés para salvarse; con ello perturbaban a los creyentes y deformaban el Evangelio de Cristo. Pablo reacciona con una vehemencia que no aparece en ninguna otra de sus cartas, porque no discute un punto secundario: defiende la verdad misma de la salvación. Si esta dependiera de las obras de la Ley, Cristo habría muerto en vano.
De ahí brota la enseñanza central de la carta: el hombre no se justifica por las obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo, y todos los que creen son hijos de Abraham y herederos de la Promesa. La Ley fue un pedagogo que condujo hasta Cristo; una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo. La carta no se queda en la doctrina, sino que la lleva a la vida: la libertad cristiana no es licencia para la carne, sino vocación al amor, pues toda la Ley se cumple en el mandamiento de amar al prójimo. Frente a las obras de la carne, Pablo describe el fruto del Espíritu —amor, alegría, paz, paciencia, bondad— como el verdadero signo de quien pertenece a Cristo.
Para la fe católica, Gálatas es una escuela de gracia y de libertad responsable. Nos recuerda que la salvación es don antes que conquista y que la respuesta del creyente es la fe que actúa por la caridad. Leída en la tradición de la Iglesia, ilumina el lugar de la Ley, de los sacramentos y de las obras en la vida cristiana, y conduce siempre a Cristo crucificado, único mediador de la salvación.
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