Gálatas
Nuevo Testamento | 6 capítulos | 149 versículos
Capítulo 6
1 Hermanos, aun cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado.
2 Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo.
3 Porque si alguno se imagina ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo.
4 Examine cada cual su propia conducta y entonces tendrá en sí solo, y no en otros, motivo para glorificarse,
5 pues cada uno tiene que llevar su propia carga.
6 Que el discípulo haga partícipe en toda suerte de bienes al que le instruye en la Palabra.
7 No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará:
8 el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna.
9 No nos cansemos de obrar el bien; que a su tiempo nos vendrá la cosecha si no desfallecemos.
10 Así que, mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe.
11 Mirad con qué letras tan grandes os escribo de mi propio puño.
12 Los que quieren ser bien vistos en lo humano, ésos os fuerzan a circuncidaros, con el único fin de evitar la persecución por la cruz de Cristo.
13 Pues ni siquiera esos mismos que se circuncidan cumplen la ley; sólo desean veros circuncidados para gloriarse en vuestra carne.
14 En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si nos es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!
15 Porque nada cuenta ni la circuncisión, ni la incircuncisión, sino la creación nueva.
16 Y para todos los que se sometan a esta regla, paz y misericordia, lo mismo que para el Israel de Dios.
17 En adelante nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús.
18 Hermanos, que la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén.
Reflexión del capítulo 6
El capítulo final de Gálatas reúne consejos muy concretos para la vida fraterna. Si alguno incurre en una falta, los espirituales deben corregirlo con espíritu de mansedumbre, cuidándose de sí mismos, pues también ellos pueden ser tentados. La comunidad se sostiene cuando unos ayudan a otros a llevar sus cargas, y así se cumple la ley de Cristo. Nadie se engañe pensando ser algo cuando no es nada; cada uno examine su propia conducta y lleve su propia carga.
Pablo insiste en la generosidad con quien instruye en la Palabra y recuerda una ley de vida: de Dios nadie se burla, pues lo que uno siembra, eso cosechará. Quien siembra en la carne cosechará corrupción; quien siembra en el espíritu, vida eterna. De ahí la exhortación a no cansarse de obrar el bien, porque a su tiempo vendrá la cosecha si no desfallecemos, y a hacer el bien a todos, especialmente a los hermanos en la fe.
El capítulo termina con una confesión personal: Pablo escribe de su propio puño con letras grandes y declara que solo quiere gloriarse en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para él y él para el mundo. Lo único que cuenta es la creación nueva, y sobre quienes siguen esta regla reposa paz y misericordia.
Es una página que une realismo y esperanza: la santidad se edifica con paciencia, sembrando cada día.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy puedo practicar la corrección fraterna con mansedumbre: si alguien cercano se equivoca, hablaré en privado, con respeto y sin juzgar su corazón. También elegiré una carga ajena —una tarea, un enfermo, un hermano agobiado— y la llevaré concretamente. Y sembraré un bien pequeño aunque no vea resultados, confiando en que la cosecha llega a su tiempo.
Oración
Señor, que no me canse de obrar el bien y que sepa llevar las cargas de mis hermanos. Guárdame de la vanagloria y enséñame a gloriarme solo en tu cruz. Haz de mí una creación nueva. Amén.
Acerca del libro de Gálatas
La Carta a los Gálatas es uno de los escritos más ardientes de san Pablo, redactado probablemente entre los años 54 y 57 d.C. para unas comunidades que él mismo había fundado en la región de Galacia, en Asia Menor. El apóstol se presenta como enviado «no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos», porque su autoridad y su Evangelio le vinieron por revelación directa y no por mediación humana.
La ocasión de la carta es una crisis grave. Unos predicadores venidos del judaísmo, llamados judaizantes, sostenían que los paganos convertidos debían circuncidarse y observar la Ley de Moisés para salvarse; con ello perturbaban a los creyentes y deformaban el Evangelio de Cristo. Pablo reacciona con una vehemencia que no aparece en ninguna otra de sus cartas, porque no discute un punto secundario: defiende la verdad misma de la salvación. Si esta dependiera de las obras de la Ley, Cristo habría muerto en vano.
De ahí brota la enseñanza central de la carta: el hombre no se justifica por las obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo, y todos los que creen son hijos de Abraham y herederos de la Promesa. La Ley fue un pedagogo que condujo hasta Cristo; una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo. La carta no se queda en la doctrina, sino que la lleva a la vida: la libertad cristiana no es licencia para la carne, sino vocación al amor, pues toda la Ley se cumple en el mandamiento de amar al prójimo. Frente a las obras de la carne, Pablo describe el fruto del Espíritu —amor, alegría, paz, paciencia, bondad— como el verdadero signo de quien pertenece a Cristo.
Para la fe católica, Gálatas es una escuela de gracia y de libertad responsable. Nos recuerda que la salvación es don antes que conquista y que la respuesta del creyente es la fe que actúa por la caridad. Leída en la tradición de la Iglesia, ilumina el lugar de la Ley, de los sacramentos y de las obras en la vida cristiana, y conduce siempre a Cristo crucificado, único mediador de la salvación.
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