Oseas
Antiguo Testamento | 14 capítulos | 197 versículos
Capítulo 2
1 El número de los hijos de Israel será como la arena del mar, que no se mide ni se cuenta. Y en el lugar mismo donde se les decía «Nomipueblo», se les dirá: «Hijosde-Diosvivo.»
2 Se juntarán los hijos de Judá y los hijos de Israel en uno, se pondrán un solo jefe, y desbordarán de la tierra, porque será grande el día de Yizreel.
3 Decid a vuestros hermanos: «Mi pueblo», y a vuestras hermanas: «Compadecida».
4 ¡Pleitead con vuestra madre, pleitead, porque ella ya no es mi mujer, y yo no soy su marido! ¡Que quite de su rostro sus prostituciones y de entre sus pechos sus adulterios;
5 no sea que yo la desnude toda entera, y la deje como el día en que nació, la ponga hecha un desierto, la reduzca a tierra árida, y la haga morir de sed!
6 Ni de sus hijos me compadeceré, porque son hijos de prostitución.
7 Pues su madre se ha prostituido, se ha deshonrado la que los concibió, cuando decía: «Me iré detrás de mis amantes, los que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mis bebidas.»
8 Por eso, yo cercaré su camino con espinos, la cercaré con seto y no encontrará más sus senderos;
9 perseguirá a sus amantes y no los alcanzará, los buscará y no los hallará. Entonces dirá: «Voy a volver a mi primer marido, que entonces me iba mejor que ahora.»
10 No había conocido ella que era yo quien le daba el trigo, el mosto y el aceite virgen, ¡la plata yo se la multiplicaba, y el oro lo empleaban en Baal!
11 Por eso volveré a tomar mi trigo a su tiempo y mi mosto a su estación, retiraré mi lana y mi lino que habían de cubrir su desnudez.
12 Y ahora descubriré su vergüenza a los ojos de sus amantes, y nadie la librará de mi mano.
13 Haré cesar todo su regocijo, sus fiestas, sus novilunios, sus sábados, y todas sus solemnidades.
14 Arrasaré su viñedo y su higuera, de los que decía: «Ellos son mi salario, que me han dado mis amantes»; en matorral los convertiré, y la bestia del campo los devorará.
15 La visitaré por los días de los Baales, cuando les quemaba incienso, cuando se adornaba con su anillo y su collar y se iba detrás de sus amantes, olvidándose de mí, - oráculo de Yahveh.
16 Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón.
17 Allí le daré sus viñas, el valle de Akor lo haré puerta de esperanza; y ella responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto.
18 Y sucederá aquel día - oráculo de Yahveh - que ella me llamará: «Marido mío», y no me llamará más: «Baal mío.»
19 Yo quitaré de su boca los nombres de los Baales, y no se mentarán más por su nombre.
20 Haré en su favor un pacto el día aquel con la bestia del campo, con el ave del cielo, con el reptil del suelo; arco, espada y guerra los quebraré lejos de esta tierra, y haré que ellos reposen en seguro.
21 Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho en amor y en compasión,
22 te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahveh.
23 Y sucederá aquel día que yo responderé - oráculo de Yahveh - responderé a los cielos, y ellos responderán a la tierra;
24 la tierra responderá al trigo, al mosto y al aceite virgen, y ellos responderán a Yizreel.
25 Yo la sembraré para mí en esta tierra, me compadeceré de «Nocompadecida», y diré a «Nomipueblo»: Tú «Mi pueblo», y él dirá: «¡Mi Dios!»
Reflexión del capítulo 2
El capítulo describe un juicio matrimonial. La esposa infiel es acusada, despojada de sus regalos y llevada al desierto, y precisamente allí, en el lugar de la prueba, sucede lo impensable: el esposo vuelve a hablarle al corazón y la seduce de nuevo. El desierto, que en la historia de Israel es memoria del primer amor, se convierte en el escenario de una segunda oportunidad. Dios no quiere recuperar a su pueblo por la fuerza ni mediante el castigo, sino mediante el atractivo de un amor que vuelve a empezar. El texto habla de quitar de sus labios los nombres de los falsos dioses y de desposarla para siempre en justicia, en derecho, en amor y en fidelidad. La imagen culmina en una relación nueva, en la que ya no se invoca al Señor desde el miedo, sino desde la confianza de quien se sabe amado. Es una de las páginas más hermosas del Antiguo Testamento sobre la misericordia: el pasado no se borra, pero tampoco decide el futuro. Dios apuesta por un corazón nuevo.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Dedica un tiempo de silencio a recordar tu primer amor a Dios: aquella primera comunión, la primera oración sincera, el primer perdón recibido, la primera vez que te sentiste llamado. Si la rutina lo ha apagado, no te castigues ni te resignes; deja que el Señor te lleve de nuevo al desierto de la oración, donde Él habla al corazón. Empieza hoy por un rato breve y fiel, y vuelve mañana.
Oración
Señor, llévame al desierto para hablarme al corazón. Despoja mi vida de los ídolos que me distraen y desposa mi voluntad contigo en fidelidad y en justicia. Devuélveme la alegría de saberme amado sin condiciones y enséñame a amarte como al principio. Amén.
Acerca del libro de Oseas
Oseas, hijo de Beeri, profetizó en el reino del norte durante el siglo VIII antes de Cristo, en las décadas que precedieron a la caída de Samaria en manos de Asiria el año 722. Es el primero de los Doce Profetas y, quizá, el más desconcertante: Dios le pide no solo que hable en su nombre, sino que entregue su propia vida como signo. Su matrimonio con Gómer y los nombres de sus hijos se convierten en una parábola viviente de la relación entre el Señor e Israel. El libro alterna páginas de acusación durísima con otras de ternura inesperada: la infidelidad del pueblo es descrita como adulterio, y la respuesta de Dios no es el divorcio, sino un amor que persigue, espera y vuelve a seducir. Oseas habla a una sociedad próspera por fuera y corrompida por dentro, que confunde la abundancia material con la bendición divina, que multiplica los altares y los sacrificios mientras olvida la justicia y el conocimiento de Dios. Su lenguaje es el de un esposo celoso y herido, capaz de pasar del reproche al abrazo en pocos versículos. La tradición cristiana lo ha leído siempre como el profeta del amor misericordioso: en su propia experiencia matrimonial reconoce la historia de un Dios que no se resigna a perder a su pueblo. Los Padres de la Iglesia vieron en él un anuncio de Cristo, esposo de la Iglesia, y del perdón ofrecido a todos, incluso a quienes parecen irremediablemente alejados. Leer a Oseas es dejarse sorprender por un amor que no depende de nuestros méritos.
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