Oseas

Antiguo Testamento | 14 capítulos | 197 versículos

Os

Capítulo 7

1 Cuando yo quiero sanar a Israel, se descubre la culpa de Efraím y las maldades de Samaria; porque practican la mentira, y mientras el ladrón entra dentro se despliega la pandilla afuera.

2 Y no se dicen en su corazón que yo me acuerdo de toda su maldad. Ahora les envuelven sus obras, ante mi rostro están.

3 Con su maldad recrean al rey, con sus mentiras a los príncipes.

4 Todos ellos, adúlteros, son como un horno ardiente, que el panadero deja de atizar desde que amasa la pasta hasta que fermenta.

5 En el día de nuestro rey los príncipes enferman por el ardor del vino, ¡y aquél tiende la mano a chocarreros!

6 Cuando acechan, su corazón es como un horno en sus intrigas: toda la noche duerme el panadero, y a la mañana él quema con fuego llameante.

7 Todos están calientes como un horno, y devoran a sus propios jueces. Todos sus reyes han caído, y ninguno entre ellos clama a mí.

8 Efraím se mezcla con los pueblos, Efraím es una torta a la que no se ha dado vuelta.

9 Extranjeros devoran su fuerza, ¡y él no lo sabe! Ya las canas blanquean en él, ¡y él no lo sabe!

10 El orgullo de Israel testifica contra él, pero no se vuelven a Yahveh su Dios, con todo esto, no le buscan.

11 Efraím es cual ingenua paloma, sin cordura; llaman a Egipto, acuden a Asiria.

12 Dondequiera que vayan, yo echaré mi red sobre ellos, como ave del cielo los haré caer y los visitaré por su maldad.

13 ¡Ay de ellos, que de mí se han alejado! ¡Ruina sobre ellos por haberse rebelado contra mí! Yo los rescataría, pero ellos dicen contra mí mentiras.

14 Y no claman a mí de corazón cuando gimen en sus lechos; por el trigo y el mosto se hacen incisiones se rebelan contra mí.

15 Yo fortalecí su brazo, ¡y ellos contra mí maquinan el mal!

16 Se vuelven a lo que no es nada, son como un arco engañoso. Caerán a espada sus príncipes, por la iracundia de su lengua: ¡tal será su escarnio en el país de Egipto!

Reflexión del capítulo 7

El profeta acumula imágenes domésticas y comerciales para describir la corrupción de Efraín. La más memorable es la del horno que arde toda la noche sin que nadie lo atice, señal de una pasión que se consume a sí misma sin dar calor a nadie. Luego aparece la del pan a medio cocer: un pueblo que no pertenece del todo a Dios ni del todo al mundo, que ha mezclado su vida con las naciones, ha buscado alianzas en Egipto y en Asiria, y ha quedado tibio, inservible por ambos lados. La tibieza es presentada como una enfermedad mortal, más peligrosa que la franca rebeldía, porque se disfraza de prudencia. El capítulo muestra también la tristeza de Dios: quiso curarlos y no se dejaron, quiso rescatarlos y lo ignoraron. Hay una mezcla de ironía y de dolor en el modo en que el Señor describe a un pueblo que se cree astuto y va camino de la ruina. La advertencia sigue vigente: quien intenta servir a dos señores acaba sin servir a ninguno.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Identifica en tu vida esa zona tibia donde intentas contentar a la vez a Dios y a las exigencias del ambiente. Puede ser una amistad, un hábito, una forma de gastar, una decisión que llevas tiempo postergando. Toma hoy una determinación clara, aunque sea pequeña, y sosténla sin buscar la aprobación de todos lados. La tibieza se vence con decisiones concretas, no con buenos deseos.

Oración

Señor, líbrame de la tibieza que lo disfraza todo y me deja sin rumbo. Prefiero tu verdad exigente a una vida cómoda y vacía. Dame decisión para elegirte sin reservas, sin cálculos y sin miedo a quedarme solo. Amén.

Acerca del libro de Oseas

Oseas, hijo de Beeri, profetizó en el reino del norte durante el siglo VIII antes de Cristo, en las décadas que precedieron a la caída de Samaria en manos de Asiria el año 722. Es el primero de los Doce Profetas y, quizá, el más desconcertante: Dios le pide no solo que hable en su nombre, sino que entregue su propia vida como signo. Su matrimonio con Gómer y los nombres de sus hijos se convierten en una parábola viviente de la relación entre el Señor e Israel. El libro alterna páginas de acusación durísima con otras de ternura inesperada: la infidelidad del pueblo es descrita como adulterio, y la respuesta de Dios no es el divorcio, sino un amor que persigue, espera y vuelve a seducir. Oseas habla a una sociedad próspera por fuera y corrompida por dentro, que confunde la abundancia material con la bendición divina, que multiplica los altares y los sacrificios mientras olvida la justicia y el conocimiento de Dios. Su lenguaje es el de un esposo celoso y herido, capaz de pasar del reproche al abrazo en pocos versículos. La tradición cristiana lo ha leído siempre como el profeta del amor misericordioso: en su propia experiencia matrimonial reconoce la historia de un Dios que no se resigna a perder a su pueblo. Los Padres de la Iglesia vieron en él un anuncio de Cristo, esposo de la Iglesia, y del perdón ofrecido a todos, incluso a quienes parecen irremediablemente alejados. Leer a Oseas es dejarse sorprender por un amor que no depende de nuestros méritos.

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