II Macabeos
Antiguo Testamento | 15 capítulos | 556 versículos
Capítulo 15
1 Supo Nicanor que los hombres de Judas se hallaban en la región de Samaría y decidió atacarlos sin riesgo en el día del descanso.
2 Los judíos, que le acompañaban a la fuerza, le dijeron: «No mates así de modo tan salvaje y bárbaro; respeta y honra más bien el día que con preferencia ha sido santificado por Aquél que todo lo ve.»
3 Aquel hombre tres veces malvado preguntó si en el cielo había un Soberano que hubiera prescrito celebrar el día del sábado.
4 Ellos le replicaron: «Es el mismo Señor que vive como Soberano en el cielo el que mandó observar el día séptimo.»
5 Entonces el otro dijo: «También yo soy soberano en la tierra: el que ordena tomar las armas y prestar servicio al rey.» Sin embargo no pudo realizar su malvado designio.
6 Nicanor, jactándose con altivez, deliberaba erigir un trofeo común con los despojos de los hombres de Judas.
7 Macabeo, por su parte, mantenía incesantemente su confianza, con la entera esperanza de recibir ayuda de parte del Señor,
8 y exhortaba a los que le acompañaban a no temer el ataque de los gentiles, teniendo presentes en la mente los auxilios que antes les habían venido del Cielo, y a esperar también entonces la victoria que les habría de venir de parte del Todopoderoso.
9 Les animaba citando la Ley y los Profetas, y les recordaba los combates que habían llevado a cabo; así les infundía mayor ardor.
10 Después de haber levantado sus ánimos, les puso además de manifiesto la perfidia de los gentiles y la violación de sus juramentos.
11 Armó a cada uno de ellos, no tanto con la seguridad de los escudos y las lanzas, como con la confianza de sus buenas palabras. Les refirió además un sueño digno de crédito, una especie de visión, que alegró a todos.
12 Su visión fue tal como sigue: Onías, que había sido sumo sacerdote, hombre bueno y bondadoso, afable, de suaves maneras, distinguido en su conversación, preocupado desde la niñez por la práctica de la virtud, suplicaba con las manos tendidas por toda la comunidad de los judíos.
13 Luego se apareció también un hombre que se distinguía por sus blancos cabellos y su dignidad, rodeado de admirable y majestuosa soberanía.
14 Onías había dicho: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo y por la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios.»
15 Jeremías, tendiendo su diestra, había entregado a Judas una espada de oro, y al dársela había pronunciado estas palabras:
16 «Recibe, como regalo de parte de Dios, esta espada sagrada, con la que destrozarás a los enemigos.»
17 Animados por estas bellísimas palabras de Judas, capaces de estimular al valor y de robustecer las almas jóvenes, decidieron no resguardarse en la defensa, sino lanzarse valerosamente a la ofensiva y que, en un cuerpo a cuerpo, la fortuna decidiera, porque peligraban la ciudad, la religión y el Templo.
18 En verdad que el cuidado por sus mujeres e hijos, por sus hermanos y parientes quedaba en segundo término; el primero y principal era por el Templo consagrado.
19 Igualmente para los que habían quedado en la ciudad no era menor la ansiedad, preocupados como estaban por el ataque en campo raso.
20 Todos aguardaban la decisión inmimente. Los enemigos se habían concentrado y el ejército se había alineado en orden de batalla. Los elefantes se habían situado en lugar apropiado y la caballería estaba dispuesta en las alas.
21 Entonces Macabeo, al observar la presencia de las tropas, la variedad de las armas preparadas y el fiero aspecto de los elefantes, extendió las manos al cielo e invocó al Señor que hace prodigios, pues bien sabía que, no por medio de las armas, sino según su decisión, concede él la victoria a los que la merecen.
22 Decía su invocación de la siguiente forma: «Tú, Soberano, enviaste tu ángel a Ezequías, rey de Judá, que dio muerte a cerca de 185.000 hombres del ejército de Senaquerib;
23 ahora también, Señor de los cielos, envía un ángel bueno delante de nosotros para infundir el temor y el espanto.
24 ¡Que el poder de tu brazo hiera a los que han venido blasfemando a atacar a tu pueblo santo!» Así terminó sus palabras.
25 Mientras la gente de Nicanor avanzaba al son de trompetas y cantos de guerra,
26 los hombres de Judas entablaron combate con el enemigo entre invocaciones y plegarias.
27 Luchando con las manos, pero orando a Dios en su corazón, abatieron no menos de 35.000 hombres, regocijándose mucho por la manifestación de Dios.
28 Al volver de su empresa, en gozoso retorno, reconocieron a Nicanor caído, con su armadura.
29 Entre clamores y tumulto, bendecían al Señor en su lengua patria.
30 Entonces, el que en primera fila se había entregado, en cuerpo y alma, al bien de sus conciudadanos, el que había guardado hacia sus compatriotas los buenos sentimientos de su juventud, mandó cortar la cabeza de Nicanor y su brazo, hasta el hombro, y llevarlos a Jerusalén.
31 Llegado allí convocó a sus compatriotas, puso a los sacerdotes ante el altar y mandó buscar a los de la Ciudadela.
32 Les mostró la cabeza del abominable Nicanor y la mano que aquel infame había tendido insolentemente hacia la santa Casa del Todopoderoso;
33 y después de haber cortado la lengua del impío Nicanor, ordenó que se diera en trozos a los pájaros y que se colgara frente al santuario la paga de su insensatez.
34 Todos entonces levantaron hacia el cielo sus bendiciones en honor del Señor que se les había manifestado, diciendo: «Bendito el que ha conservado puro su Lugar Santo.»
35 La cabeza de Nicanor fue colgada de la Ciudadela, como señal manifiesta y visible para todos del auxilio del Señor.
36 Decretaron todos por público edicto no dejar pasar aquel día sin solemnizarlo, y celebrarlo el día trece del duodécino mes, llamado Adar en arameo, la víspera del Día de Mardoqueo.
37 Así pasaron los acontecimientos relacionados con Nicanor. Como desde aquella época la ciudad quedó en poder de los hebreos, yo también terminaré aquí mismo mi relato.
38 Si ha quedado bello y logrado en su composición, eso es lo que yo pretendía; si imperfecto y mediocre, he hecho cuanto me era posible.
39 Como el beber vino solo o sola agua es dañoso, y en cambio, el vino mezclado con agua es agradable y de un gusto delicioso, igualmente la disposición grata del relato encanta los oídos de los que dan en leer la obra. Y aquí pongamos fin.
Reflexión del capítulo 15
El decimoquinto y último capítulo narra la victoria de Judas sobre Nicanor, tras una solemne oración del pueblo y la aparición en sueños de Onías y Jeremías entregando una espada dorada. Judas anima a sus hombres con la visión y obtiene un triunfo total; la cabeza y la mano de Nicanor, quien había blasfemado contra el templo, son expuestas como prueba del juicio de Dios. El pueblo instituye entonces la conmemoración de la victoria, el día trece del duodécimo mes, como fiesta de alegría. El autor cierra su obra celebrando la protección divina y la fidelidad de Judas. Este final nos enseña que la oración precede y acompaña la victoria, y que Dios mismo entrega la «espada» al que confía en Él. La exposición del enemigo vencido es signo de que la blasfemia no prevalece. Para nosotros, Nicanor representa todo poder que se levanta contra Dios, y su caída es garantía de que, al final, la verdad triunfa. El libro termina invitándonos a la alegría pascual: el Señor pelea por su pueblo y convierte el llanto en fiesta.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy encomienda a Dios una batalla concreta de tu vida (pecado, situación difícil) con oración confiada, como Judas. Al ver alguna pequeña victoria, date un momento de acción de gracias. Vive con alegría pascual.
Oración
Dios de las victorias, que entregaste la espada a Judas contra Nicanor, pelea tú por mí y danos el triunfo de tu gracia. Que mi vida sea fiesta de tu liberación. Amén.
Acerca del libro de II Macabeos
El libro de II Macabeos, junto con I Macabeos, narra la heroica resistencia del pueblo judío frente a la violenta helenización impulsada por Antíoco IV Epífanes en el siglo II antes de Cristo. A diferencia de I Macabeos, este segundo relato no es una crónica militar continua, sino una obra de carácter más teológico y didáctico, compuesta originariamente en griego por un autor desconocido que resume la obra mayor de Jason de Cirene. La Iglesia Católica venera II Macabeos como parte integrante del canon deuterocanónico, inspirado por el Espíritu Santo, y así lo confirmaron los concilios de Hipona y Cartago y, de modo definitivo, el Concilio de Trento. Su valor no reside solo en los hechos, sino en la luz con la que los interpreta: la fidelidad a la Ley, el poder de la oración, el sacrificio expiatorio por los difuntos y la certeza de la resurrección. El libro sitúa la persecución dentro del designio de Dios, que permite la prueba para purificar a su pueblo, pero nunca lo abandona. Los martirios de Eleazar y de la madre con sus siete hijos, así como las victorias de Judas, muestran que la fuerza verdadera nace de la confianza en el Señor y no de la superioridad militar. Para nosotros hoy, II Macabeos es una invitación a la coherencia de vida: creer en la resurrección comporta vivir con esperanza incluso en el sufrimiento, honrar a quienes nos precedieron en la fe y entender el dolor como ocasión de santificación. Leerlo con oración nos ayuda a descubrir que Dios escribe recto sobre los renglones torcidos de la historia.
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